viernes, 26 de diciembre de 2025

ABRIÓ EL HORIZONTE

 

ABRIÓ EL HORIZONTE


Ella se asomó por la ventana colocando sus codos en el alfeizar con las manos sujetando su rostro, tal y como lo hacía cada mañana. Esta vez no era distinto, el sol al fondo intentando hacerse paso desde el Este desde detrás de las montañas, los olivos estratégicamente colocados en el jardín de en frente, y los tejados de los cortijos lejanos. Olía sin embargo aquella mañana, a la lluvia caída horas antes. Pero esta vez su aroma no le agradó, sino que le infundió un sentimiento de añoranza, melancolía y tristeza. El reflejo de la aflicción que cargaba sobre sus hombros desde tiempo atrás, agudizado, que intentaba, como ella, gritar pero acababa ahogado en la garganta.


El horizonte quedaba detrás de aquellas “emes” rotas por el hombre en algunas partes, cubiertas por vestimentas de plástico. Aquella mañana necesitaba ver más allá, expandir su mirada, respirar, por lo que abandonó el cómodo rincón diario y subió a la planta más alta de aquella casa que caía ladrillo a ladrillo, piedra y piedra, sobre cada uno de sus huéspedes. Desde allí podía mirar al sur, donde el azul del mar se perdía en el horizonte. Colocó sus manos para evitar ver los tejados cercanos y los edificios lejanos que rompían la reconfortante vista. Gritó, gritó y gritó, pero esta vez sin enfado, sin frustración ni enojo, como lo había estado haciendo este último año, pensando quizás que las pocas nubes que aún quedaban, la escucharan antes de desaparecer. Puede, presintió, que como siempre, sus gritos, sus palabras y susurros se quedasen en nada, bailando alrededor de sus receptores como una danza loca sin fin que no apreciaba nadie. Daba igual.


El teléfono sonó en alguna estancia de la vivienda. Lo ignoró, no sin gran esfuerzo y haciendo el gesto inconsciente de llevarse la mano al bolsillo trasero del pantalón para cogerlo. Pero allí no estaba. Comenzaba a rechazar aquél aparato endiosado que la esclavizaba, un paso del que era consciente, como también lo era de que aquello no quedaba allí. Quizás su voz no se escuchase y rebotase como eco entre paredes en ruina, al igual que sus llantos, su desesperanza. No obstante, ella prescindía poco a poco de la niebla interior, atendiendo a su yo, sabiendo que aquello no tenía más que una solución.


Ni las atenciones, ni las caricias, los besos ocasionales ni el amor sincero podía acomodar la irritante situación que la violentaba, molestaba, pero especialmente la cansaba con la constante carga de nunca ser tomada en serio.


El estridente sonido del teléfono volvió a intentar devolverle a la ventana con sus codos clavados bajo el dintel. Esta vez se escuchaba más lejos. Sonrió. Sí, quizás era el momento de cubrirse, prepararse, amortiguar cada dolor, cada desagradable día en aquél lugar, para girar su mente y quizás pronto, su cuerpo, hacia ese horizonte libre.

©Mª Teresa Martín González

martes, 19 de octubre de 2021

 Había aprendido a perpetuar aquella sensación en su interior, tanto que la tenía clavada en aquel alma cada vez más oscura. Se congraciaba con su pasado y estudiaba los momentos para aprender más de cada acto realizado, todo para alcanzar la perfección deseada. El sabor a culpabilidad hacía tiempo que había mutado y el amargor ya no rondaba su boca, sino un dulzor que agradaba a su paladar. La única lección aún no controlada era la prudencia, le gustaba, no, le encantaba admirar su obra aunque ello supusiera un riesgo y una deuda moralmente inasumible. Cuanto más se acercaban los pasos, más temblaba su ojo derecho, un tic que se acentuaba cada noche, pero la adrenalina agregaba otro ingrediente deseado al menú y el peligro crecía con tal intensidad que generaba pequeños y gratos calambres en su piel. Le atraparían alguna noche, acabaría entre las sombras, vencido por el acero y con su sangre desparramada por el suelo, probablemente confundida con su última victima. Vendrían a por él los brazos negros procedentes de ese infierno que él recreaba en su mundo, entonces les mostraría sus manos llenas de vidas arrancadas y lágrimas vertidas, ellos le escucharían con entusiasmo y en el clamor de las almas perdidas le conducirían al trono de fuego..

miércoles, 21 de marzo de 2018




Entre las esmeraldas nació el sol, que las envidió. Se alzó alto para evitar competir con ellas. Se negó a mirarlas, omitiendo su existencia, pero entonces explotó en luz por la rabia de no ser tan linda piedra, haciendo que los miles de rayos reflectasen el color de los verdes minerales. Entonces un felino secuestró en su avance los millones de destellos que se desplegaban por el aire, pequeñas virutas de esmeraldas bailando en el espacio. Le dijo entonces al sol: "no te escondas de su cristalina hermosura, que yo las guardaré como si joyas tuyas se tratasen. A cambio tú me darás calor todos los días desde lo más alto del cielo, y serás mi faro por la noche para permitirme ver". Así, el gato mantuvo su promesa durante la infinidad de los tiempos, y en los ojos de sus descendientes el gran astro puede ver su preciado tesoro.


©Mª Teresa Martín González

domingo, 4 de diciembre de 2016

Un trozo de arcoíris

Parecía una nube sobre la chimenea, o un trozo de arcoíris desprendido. Me negaba a darle un nombre mientras lo observaba flotar, primero sobre los sauces del jardín y después ascender rebotando de tres en tres tejas. Noté el empujón de mi hermano pequeño para que me acercase a la escalera que había colocado mi padre aquella mañana para quitar los adornos de Navidad. Aunque reticente al principio, no podía negar el interés que aquél objeto causaba en los dos niños que con ojos curiosos lo examinábamos.
No más de diez pasos me separaban de la escalera plegable, pero suponía una tentación demasiado peligrosa, no por la inestabilidad de la misma, sino porque quedaba demasiado a la vista y mi acto sería duramente reprendido. Subimos al desván, desde allí parecía una mejor opción salir al tejado y acercarme, aunque el objeto flotaba de un lado para otro e inspeccionaba en ese momento la veleta con forma de gallo. Puse el primer pie sobre el alfeizar, no permitiéndome un solo paso en falso, aunque no me preocupaba demasiado y mi único interés seguía siendo los colores cada vez más intensos a los que me iba acercando.
Dos pasos, tres, descanso, uno, agarrarse bien, no mirar hacia abajo, y mi meta cada vez más próxima. Y entonces el viento comenzó a mover las ramas de los árboles y pronto se empeñó en jugar con lo que ya consideraba mi regalo tardío de navidad. No, no se me escaparía. Corrí sujetándome en la endeble vaya decorativa y llegué. Las sensaciones que me embargaron fueron muchas, decepción, asombro y alegría por ese orden. Ya junto a mi objeto, parecía un globo, con su pequeña cuerda incluida, con la que se había mantenido sujeto los últimos minutos junto a la veleta, enredada, pese a que el viento empujaba cada vez más fuerte. Pero su tacto, sus colores, ese brillo, no, seguía perteneciendo a esa clase de piezas extraordinarias y mágicas que de vez en cuando se dejaban ver en nuestro mundo. Sin miedo me apoderé de su cuerpo, lo abracé, impregnándome de su luz, de las diminutas partículas de brillo que surgían de su interior. Cerré los ojos cuando el viento quiso arrebatármelo con furia. Y nuevas sensaciones me invadieron, la soledad, la desesperación, la tristeza. Quería, no, amaba ese objeto, mi objeto, mi pequeño trozo de arcoiris, por lo que cuando ya se estaba alejando, sin atender al peligro de mis actos salté, salté tan alto que la Señoríta Emilita me hubiese puesto matrícula de honor en gimnasia. Tome entre mis manos la cuerda y ascendí, ascendí, asombrado y emocionado, sin darme cuenta que sobrevolábamos el pueblo, los tejados nevados y el campanario, que huíamos llevados por un huracán de emociones a algún lugar maravilloso.


©Mª Teresa Martín González


domingo, 27 de noviembre de 2016

Que me haces llorar, lo sabes. Que me haces girar y agarrarme a la valla que acompaña mis pasos, lo sabes. Que me revuelves los cabellos con furia  y deslizas mis recados por la avenida, lo sabes. Con brío sales cuando quieres y muestras tu poder, sin pensar en nada, sin estimar si merece estudio tu enfurecimiento o es un mero juego. Me causas enfado, me atormentas, alargas tus manos y me refugias en tus brazos nerviosos. Y después abandonas, llevando tu energía, dejando calma y huella.


©Mª Teresa Martín González

domingo, 21 de agosto de 2016

Soy fuego

No lo ví venir mientras se encendían las bengalas del rencor y el dolor iba consumiendo el aire que respiramos. Pero no importa, porque soy fuego, llama que consume, que no se apaga.

Arrastro mis palabras y acabo impregnada con la sal de mis lágrimas, ascendiendo a la locura. Pero no importa, porque soy fuego, calor que arde, que no se enfría.

Perseguir sueños antiguos no hace revivir las pasiones aunque bebamos de la misma copa. Pero no importa, porque soy fuego, ascuas que resisten, que no perecen.

Y porque soy fuego, cual fenix revivo desde el interior de este corazón desgarrado, liberándome, liberándome.

sábado, 6 de agosto de 2016

Tarde

Y el cielo cayó sobre nosotros, agasajándonos con sus terribles truenos y las mareas de fuego. Pero yo miré con indiferencia sus ojos sin perder de vista el rostro cruel de aquellas palabras que se repetían constantes en mi mente. Adiós le dije, adiós, dejando escapar de mi corazón el único sentimiento que me quedaba.

miércoles, 16 de marzo de 2016

El humor del viento

Simulaba cada movimiento, asimilando el vaivén de las hojas que le acompañaban aquella tarde de otoño en su rítmico baile. La calidez de la mañana le había procurado una agradable temperatura, por lo que rozaba a los viandantes agasajándoles con su suave toque sin que la toscas lanas impidiesen el acto. Tras varios intentos por introducirse en sus casas, fracasó en el deseo de husmear en las instancias, revolver las pertenencias ajenas y dejar huella en su avance, pero centró su atención en una pequeña zona ajardinada, donde una joven recogía sus largos cabellos en una trenza. Corrió, corrió como torbellino pero manteniendo su carácter de brisa cuando se acercó, la abrazó y soltó aquellos mechones rojizos, acariciando las mejillas rosadas y sus largas pestañas. Enredó las vestimentas apretando las curvas de la muchacha, notando entonces el temblor que recorría todo su cuerpo. Temió haberla asustado, por lo que se alejó llevando consigo el aroma de ella, aunque enfurecido por no seguir notando su piel templada.

Dedicado a JR

©Mª Teresa Martín González

sábado, 2 de enero de 2016

PARTIR ENTRE LLAMAS



Ayúdame a que el fuego no consuma mi cuerpo, único vehículo de mi alma condenada. Asegúrate de que los vientos se lleven las llamas y que arrasen con el mal que se refleja en mis pupilas cansadas.  Rogaré entonces entre gritos de agonía mientras se quiebra la tierra que piso, que siga la luz escapándose entre las rendijas de la desidia, que mis cabellos caigan marcando el camino al infierno para que nadie me alcance y que con cada mirada que haga desde mi trono de llanto sea una advertencia.

Ayúdame a mantener los recuerdos inalterables porque es lo que quedará de mi ser. Asegúrate de escribir con líneas de sangre cada retazo de las décadas vividas con amor y sin rasgo de arrepentimiento. Rogaré entonces mientras graban el hierro de las cadenas en mi piel que las espinas de azufre no saqueen vuestros hogares ni el puño del horror llame a vuestras débiles puertas.

Ayúdame a comprender en mi regreso las pasiones de aquellos destinados a yacer bajo mi mano. Asegúrate de alejar cualquier signo de esperanza de los primeros de mi lista porque ellos caerán con lentitud y disfrutaré del desgarro de su carne mortal. Rogaré por evocar tu nombre cuando llegue el turno de los inocentes para que tu trance sea rápido e  indoloro, y que reconozca quién fuiste para mantenerte a mi lado hasta el final de los tiempos.

Siento cada pensamiento puro evaporarse con el calor de las brasas bajo mis pies y las páginas caducas de mi historia quemarse al mismo ritmo que estoy perdiendo la noción de mi misma. Huye de estos brazos que alguna vez te abrazaron, huye ya de estos labios que besaste, huye mientras se disipa el último retazo de mi corazón.


©Mª Teresa Martín González

jueves, 5 de marzo de 2015

No dejo de mirar

No dejo de mirar y sentir que acaba todo. No puedo impedir que mis lágrimas vuelva a viajar donde tantas veces terminaron. No llego a respirar con facilidad cuando necesito seguir adelante. No siento la fuerza para contarle lo que mi corazón pierde con cada palabra.

Sí necesito que los límites queden expuestos a la luz de nuestras intenciones. Sí limpio los capítulos de nuestra historia. Sí acaricio con cierto temor las ilusiones que se abren hacia mí. Sí contesto a la vida con una sonrisa. Sí deseo dejarte atrás, deseo convertir mi vida en millones de tonalidades donde no estás tú. Sí amanezco aún con los ojos llenos de recuerdos.

Pero caminaré, lograré, superaré, venceré, hasta que el susurro de la vida sea mi anfitrión.

©Mª Teresa Martín González