ABRIÓ EL HORIZONTE
Ella se asomó por la ventana colocando sus codos en el alfeizar con las manos sujetando su rostro, tal y como lo hacía cada mañana. Esta vez no era distinto, el sol al fondo intentando hacerse paso desde el Este desde detrás de las montañas, los olivos estratégicamente colocados en el jardín de en frente, y los tejados de los cortijos lejanos. Olía sin embargo aquella mañana, a la lluvia caída horas antes. Pero esta vez su aroma no le agradó, sino que le infundió un sentimiento de añoranza, melancolía y tristeza. El reflejo de la aflicción que cargaba sobre sus hombros desde tiempo atrás, agudizado, que intentaba, como ella, gritar pero acababa ahogado en la garganta.
El horizonte quedaba detrás de aquellas “emes” rotas por el hombre en algunas partes, cubiertas por vestimentas de plástico. Aquella mañana necesitaba ver más allá, expandir su mirada, respirar, por lo que abandonó el cómodo rincón diario y subió a la planta más alta de aquella casa que caía ladrillo a ladrillo, piedra y piedra, sobre cada uno de sus huéspedes. Desde allí podía mirar al sur, donde el azul del mar se perdía en el horizonte. Colocó sus manos para evitar ver los tejados cercanos y los edificios lejanos que rompían la reconfortante vista. Gritó, gritó y gritó, pero esta vez sin enfado, sin frustración ni enojo, como lo había estado haciendo este último año, pensando quizás que las pocas nubes que aún quedaban, la escucharan antes de desaparecer. Puede, presintió, que como siempre, sus gritos, sus palabras y susurros se quedasen en nada, bailando alrededor de sus receptores como una danza loca sin fin que no apreciaba nadie. Daba igual.
El teléfono sonó en alguna estancia de la vivienda. Lo ignoró, no sin gran esfuerzo y haciendo el gesto inconsciente de llevarse la mano al bolsillo trasero del pantalón para cogerlo. Pero allí no estaba. Comenzaba a rechazar aquél aparato endiosado que la esclavizaba, un paso del que era consciente, como también lo era de que aquello no quedaba allí. Quizás su voz no se escuchase y rebotase como eco entre paredes en ruina, al igual que sus llantos, su desesperanza. No obstante, ella prescindía poco a poco de la niebla interior, atendiendo a su yo, sabiendo que aquello no tenía más que una solución.
Ni las atenciones, ni las caricias, los besos ocasionales ni el amor sincero podía acomodar la irritante situación que la violentaba, molestaba, pero especialmente la cansaba con la constante carga de nunca ser tomada en serio.
El estridente sonido del teléfono volvió a intentar devolverle a la ventana con sus codos clavados bajo el dintel. Esta vez se escuchaba más lejos. Sonrió. Sí, quizás era el momento de cubrirse, prepararse, amortiguar cada dolor, cada desagradable día en aquél lugar, para girar su mente y quizás pronto, su cuerpo, hacia ese horizonte libre.
©Mª Teresa Martín González


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