© Mª Teresa Martín González
domingo, 30 de noviembre de 2008
La victoria sabe a luto, la derrota a sangre
sábado, 22 de noviembre de 2008
Al que acompaña
Y siempre te tengo a mi lado, incondicional a mis desganas y fugaces huidas a esa tierra que nadie se atreve a atravesar conmigo.
Que me digan que el mundo se sume en el desastre, yo estaré allí para verlo desde mi atril de obstinación.
© Mª Teresa Martín González
domingo, 9 de noviembre de 2008
Un bicho en el escenario
© Mª Teresa Martín González
domingo, 2 de noviembre de 2008
El Cielo Blanco
−Elisa, vamos, no te quedes ahí parada –susurró la señorita Olvido cogiéndole de la mano-. Son las doce y aún nos quedan muchos más cuadros que ver.
Las dos caminaron por el largo pasillo dedicado a la artista Julia Martín.
−Fue una pintora un tanto loca –susurró despectivamente la institutriz notando la reticencia de su pupila en abandonar la sección. No hay duda que le faltaba más de un tornillo cuando pintó “El cielo blanco”.
−¿El cielo blanco? –repitió Elisa logrando que ambas se detuviesen.
La señorita Olvido miró a su alrededor, entrecerrando los ojos. Una vez que se quedaron solas se colocó las gafas que constantemente resbalaban por su nariz y suspiró.
−Julia Martín fue una gran pintora de su época, hasta que… -la institutriz se detuvo, sorprendida por el rostro de Elisa, la joven nunca había puesto tanta atención en ninguna de sus lecciones-. Fue una gran artista, decía, hasta que su hija murió. Durante años se dedicó a destrozar todo aquello que pintaba. No existía lienzo que sobreviviese a su desesperación y angustia. Un día, más de veinte años después y siendo ella una anciana creó El Cielo Blanco. Cuentan los eruditos, grandes entendidos en el tema, que la figura que se aprecia en la ventana es la imagen de su hija. Otros, menos dados a la realidad y creo yo que profundamente perturbados, han sembrado el rumor de que de vez en cuando el espíritu de Julia se reúne con su hija en el cuadro.
Elisa retrocedió corriendo dejando atónita a la señorita Olvido. Observó de nuevo a través del marco, de las calles, de las casas, y allí, dónde hacía unos minutos había una silueta, ahora se reunían dos en un agradable abrazo. “Intentaste crear un paraíso para estar con tu hija, y al final lo lograste”. El cielo pareció tomar otro cariz permitiendo que las grisáceas nubes mostrasen un sol, aunque pálido, reconfortante, haciendo que la elevada cruz y aquella solitaria ventana brillasen con una inexplicable pureza.
© Mª Teresa Martín González
viernes, 24 de octubre de 2008
A los amores que nunca se olvidan
—Parece más joven –le susurró un muchacho a su lado, desprendiéndose restos de un chicle de la solapa.
—No lo sé –musitó percibiendo el nerviosismos de los dedos de su acompañante que se afanaban en ocultar el agujero realizado al traje-. Son muchos años los que me separan de la última vez que le vi. En aquel entonces mostraba una gran melena. Sus cabellos siempre estaban revueltos y era bastante descuidado y torpe. Pero eso me fascinaba de él. Ahora parece un gran señor, sereno, altivo y con un gran porte.
El muchacho rió mientras golpeaba ligeramente en la madera chapada.
—Tantos años y le aseguro que no cambió ni un ápice. No me equivoco cuando digo que durante este tiempo siempre la tuvo en su memoria.
—Lo dudo. La última vez que hablamos fui muy cruel con él. Nos queríamos, pero cada uno teníamos intereses y perspectivas del futuro bastante distintas.
—Insisto, la tuvo en sus pensamientos mientras ese delicado corazón le falló por última vez –el joven siguió golpeando la madera en un ritmo conocido, mientras que con la otra rozaba la suave seda del interior de la caja.
—Le echaré de menos -sollozó la dama escuchando el repiquetear que comenzaba a convertirse en una melodía,una canción que alguna vez bailó-. Echaré de menos esa mirada, esos ojos azules.
Entonces el muchacho, por primera vez levantó la cabeza mostrándole el rostro. Ello notó una cara conocida, y unos ojos, unos ojos que nunca había olvidado.
domingo, 31 de agosto de 2008
LILITH 4 FINAL
El día llenó el horizonte dando calor a los cuerpos cansados de nuestros aliados. Mis ojos lloraron, una acción tan olvidada como impropia para un vampiro como yo. Pero aquella recompensa que se me brindaba, aunque fuese por una vez, me abrigaría cuando mi cuerpo tuviese que caminar de nuevo entre las tinieblas.
Las voces de los hombres oraron por los caídos y se alzaron para proclamar una nueva era. Vagué entre los amigos yacidos en el suelo, notando en mi piel la sangre derramada, mientras que la vertida en mis ropajes desaparecía con cada paso. Tomé la mano de Kain, fiel compañero y adalid de mi propio destino. Él descansó su lacerado cuerpo sobre mi hombro, levantándose y sonriendo pese a la mueca de dolor.
El cuerpo del demonio desapareció llevándose consigo toda la maldad. Iselor alzó la espada Verjum, que poco a poco se desvaneció entre sus manos en un adiós que le condujo al campo del reposo eterno de los héroes. Pude sentir la congoja que invadía a mi amigo. Nos miró sin embargo posando un puño libre de duda o temblor alguno sobre su pecho y entonces lo entendí. Entendí los sueños, los designios, los cruces del camino y las profecías milenarias, viendo en aquel joven el rostro de la esperanza y el futuro.
En la despedida un aliento, una brisa que remueve mis cabellos meciendo una melodía, una cajita de música, mi alma.
domingo, 20 de julio de 2008
Hoy he soñado...
Hoy he soñado que las piedras inundaban mi hogar. Multitud de escombros dificultaban mi paso y alguien me murmuraba en la distancia frases que no alcanzaba a comprender. He soñado que era un príncipe con un destino, una obligación que cargaba mis hombros. Mientras ese otro yo escribía constantemente en un cuaderno sus sueños, las voces no dejaban de rozarme, empujarme, rindiéndome pleitesía pero a la vez aislándome de mi verdadero espíritu. Y entonces vi sus figuras, sus labios, sus ojos y sus cuerpos rodeándome. De sus bocas salían palabras que al alcanzarme se transformaban en las rocas que poco a poco cubrían todo, que poco a poco me lapidaban en un sepulcro sin salida.Hoy he soñado con un horizonte cargado de dificultades, un mañana que despierta nublado, una pluma que se queda sin tinta cuando llega el final del cuento, mientras aquellos que consideraba aliados encadenan mis pies a este lugar sin esperanza, en esta prisión de olvido y sinrazón.
domingo, 13 de julio de 2008
En esta estación...
Temo que los sonidos a óxido y metal provienen ahora de mi interior. No hay más complice junto a mi asiento, no hay ventanilla en la que marcar nuestros nombres.
En la lejanía oigo ese silvido constante que avisa la llegada de mi transporte, pero nunca acaba de pararse junto a mi. Cuándo, ¿cuándo valdrá ese billete lo suficiente para canjearlo por mi vida?
domingo, 29 de junio de 2008
EL CREADOR DE SUEÑOS
Siempre supinos que la carga que su corazón soportaba, iba más allá de lo que cualquiera de nosotros hubiese podido resistir, pero no de lo que nos podríamos imaginar. Sobrellevaba con altanería su cargo, elegante en la austeridad del oscuro rincón de su despacho, vigilante, astuto y sagaz, dispuesto a hundirnos en la miseria con un simple toque de su pluma, llevarnos a la horca, o alzarnos como reyes en nuestro pequeño trono de Su nombre, patrimonio de risas y chistes en aquel entonces, acabó olvidándose de nuestras mentes, no así su rostro aguileño ni sus claros ojos. Su sombrero de ala ancha había ocultado un bonito rostro antaño, según confesaban las ancianas de
―Sois aquel que sembré y vengo a recoger mi fruto ―Dios sabe que desconocía el trasfondo de aquellas palabras, y menos que se pudiese referir a mi insignificante persona.
―¿Queréis probar? ―iluso de mí pensaba que querría comprarnos alguna de las frutas salvajes. Por aquella época estival, los niños de lugar solíamos recoger vallas en el bosque y venderlas por unas cuantas monedas en un rincón de la plaza. Jadón “el marino”, el dueño del mesón, nos dejaba llevarnos una de las mesas a cambio de no molestar a la clientela más selecta en la terraza. Nadie supo decirme nunca de la razón del seudónimo del mesonero. Jadón nunca cogió barco alguno ni se alzó a la mar, de hecho, a mi corta edad, aún no conocía a nadie que hubiese viajado a otras tierras. Quizás debido a ello y a mi desmesurado interés por las cosas desconocidas, siempre tuve una capacidad innata para la imaginación―. Cualquiera de vuestras monedas será bien recibida por nuestra bolsa.
El hombre sonrió, o al menos el rictus reflejado bajo el ala de su sombrero, podría haberle parecido a un niño inocente como yo, algo distinto a lo que realmente formaban sus cansadas facciones.
Aún recuerdo perfectamente ese día, el único en el que se dignó a pasear bajo el cielo azul. Varias horas después me encontraba en una de sus sobrias habitaciones de invitados, sorprendido, emocionado y un tanto asustado, aquel hombre tan atrayente y extraño me había elegido como aprendiz, pero, ¿aprendiz de qué?
Los años pasaron con la misma rapidez que yo arrancaba las hojas del almanaque. Mi maestro dormía prácticamente todo el día encerrado en su habitación y en las noches se introducía en aquel habitáculo que él llamaba despacho.
El tiempo transcurrió de igual modo para mí, convirtiéndome en un joven apuesto y bien vestido, alimentado y educado, galán de las jovencitas de mi edad y líder de mi grupo de amigos. Sin embargo, en todo este tiempo ninguna enseñanza especial recibí de aquel hombre que pagaba mi sustento. Cada vez me cruzaba menos con él en los pasillos de aquella vetusta mansión, y mis salidas se fueron reduciendo por orden suya. El aburrimiento hizo mella en mí, así que comencé a fijarme más en el lugar que me rodeaba. Numerosos cuadros adornaban las descoloridas paredes, en la mayoría de ellos se mostraba una mujer de hermoso rostro, en otros, la infantil imagen de una niña en jardines utópicos. Las pinturas eran de gran calidad, pero parecían demasiado descuidadas y polvorientas, de hecho, las cortinas parecían polvorientas, la chimenea parecía polvorienta, mi habitación parecía polvorienta, toda la casa parecía haberse sumido en pocas semanas en el olvido y la dejadez, o quizás siempre se mantuvo así. Jamás me había preguntado antes quien se encargaba de la limpieza, de plancharme los trajes o de preparar la comida. Él seguro que no, pero entonces fui consciente de algo, que durante aquella larga década junto a mi maestro, nunca vi a nadie más en aquella casa.
Una terrible curiosidad me invadió. Mientras mi maestro dormía, me introduje en una de las habitaciones prohibidas, su despacho. Multitud de papeles consumían la estancia. El suelo, las estanterías, los armarios y los sillones, todo mobiliario aparecía cubierto de papeles escritos en una tinta negra que brillaba con los rayos solares, centellas que penetraban en la estancia a través del ventanal. Me acerqué con intención de tocar el escritorio, sin embargo, rehice mis pasos cuando en uno de los papeles cercanos visualicé un nombre, “Rosalín”. El nombre de la muchacha más hermosa y dulce de
Rocé con mis manos cuidando de no estropear el fino papel y comencé a leer. Aquellos escritos hablaban de la misma Rosalín que caminaba conmigo los domingos a misa, y me sonreía tras su abanico en los festejos. Agarré otro papel a mí cercano, Lastax, Hujin, Marlenio, Jadón, todos ellos tenían su reflejo en los escritos y en todos ellos se relataba algo de sus vidas.
La ventana se abrió de manera brusca y el viento voló algunos papeles. Tras la colina se retiraba el sol, tardaría poco en anochecer y la decisión de continuar allí no parecía mejor que la de volver en otro momento.
Así lo hice, todos los días atravesaba como un ladrón a hurtadillas la ruidosa puerta de roble que me separaba de aquel cúmulo de historias. Comprendí entonces que mi maestro relataba las experiencias de mis vecinos, algunas demasiado íntimas como para que él las conociese. Seguí rebuscando, incluso hallé la narración del día que mi maestro me acogió en su hogar, pero no sólo eso, mi nacimiento, mi cumpleaños, mi primer beso a escondidas, todo aquello se había plasmado por su mano en aquellas hojas. Entonces un atardecer lo vi. La tinta aún permanecía fresca, leí asombrado y susurré las últimas palabras plasmadas, “La esperanza no es más que un vano intento de mendigar paz.”
Mi curiosidad se transformó en una enfermiza desconfianza. Una noche me decidí a entrar en su habitación mientras él escribía en el despacho. Las sombras cubrían todos los pasillos, pero no me atreví a encender vela alguna que descubriera mis intenciones. Escuché tras la puerta del despachó. Silencio. Continué. La habitación se encontraba en el ala oeste de la mansión. Caminé sigiloso, ansioso e imprudente hacia la alcoba de mi maestro.
Me introduje. Dos candelabros presenciaban la estancia sobre un enorme escritorio de madera reluciente. Ninguna cama sobre la pared, o armario que guardase ropa. Allí no había más que un mueble en el centro y multitud de más papeles junto a uno de los pies de la mesa y otro montoncito encima de la tabla. Algo más llamó mi atención, el retrato de una familia enmarcado en nácar destacando entre los dos grupos de velas. En la imagen sobre el satén, un hombre apuesto y de ojos claros rodeaba con sus brazos a una mujer y a una niña, parecían muy felices.
Bajo una extraordinaria pluma, cuya punta artesanal aún permanecía manchada de tinta, halle su secreto. Leí las paginas, sorprendido, asustado y nervioso. Cada párrafo narraba acontecimientos de un futuro cercano, pareciese como si cada uno de los ciudadanos de aquella Villa tuviese su destino allí plasmado. El próximo catarro de uno, la boda de otro,…
Tiré las hojas, no logrando comprender que macabra diversión ocupaba el tiempo de mi maestro.
―No te asustes por lo que ven tus ojos ―la voz de mi maestro sonaba cansada y lejana, distinta.
El se acercó. Avergonzado por mi intrusión y su inesperada aparición, retrocedí por instinto, sintiéndome ridículo ante aquel individuo al que sacaba dos cuartas.
―No siempre fue así ―confesó mientras cogía el pequeño retrato―. Todo cambió cuando ella…
Su voz se apagó por instantes.
―Decidme, explicadme qué es toda esta absurda historia ―quería enfadarme, pero la congoja me atrapaba―. Quiero saber….
―Y sabrás ―me interrumpió con voz cansada.
Pasaron varios minutos hasta que se atrevió a comenzar, tiempo suficiente para que yo me relajara.
―Son los sueños lo que nos hace vivir. Las metas suponen un lazo entre la vida y la desesperación. El abandono no es más que la huella que deja la falta de estímulos, el hueco que deja el olvido de uno mismo, la sinrazón. Sembramos una semilla y la regamos, deseando que ésta crezca y florezca, pero cuando pasa ese instante, dejamos de alimentarla, porque nada cambia, nada es más bonito que ayer.
―No sé qué diablos me estáis contando ―protesté.
―Yo la amaba ―gimió mientras rozaba con su esquelético dedo el rostro dibujado de la mujer―. A ella siempre le habían gustado mis poemas, mis cuentos y novelas. Decía que llegaría muy lejos. Una noche de luna plena y baile de estrellas, le grité…gritamos. Yo quería viajar, tenía aspiraciones, sueños que cumplir, lugares que visitar y gente a la que conocer. ¿Cómo iba a ser un buen escritor si no conocía nada del mundo? Pero ella no lo comprendía, adoraba
»Una madrugada marché, demasiado temprano para el canto del gallo y demasiado tarde para que nadie pudiese interrumpir mis pretensiones. Pronto, el deseo de verla se calmó con la visión del mar y el suave traqueteo de los carruajes, de las enormes extensiones de llanura verde y los formidables edificios de la gran ciudad. Me olvidé, he de reconocer, me olvidé que la amaba, y que ella era y siempre había sido mi principal sueño, mi principal ilusión, mi fuente de inspiración.
»Todos los diarios escribieron sobre el acontecimiento. “Una perturbada incendia un pueblo y después se suicida. No han quedado supervivientes.” Pero ella no era ninguna trastornada. El loco fui yo, ¡yo era el maldito que le había llevado a la muerte! Mi Rosalín.
Rosalín, repetí en mi mente, y entonces me asusté por el asombroso parecido que tenía la mujer del retrato con mi joven amada.
―Tardé varias semanas en llegar a
Aquel hombre estaba delirando. ¿Cómo pretendía que creyese tan absurda historia? Pero aún me quedaba más por escuchar.
―El pueblo seguía como lo había dejado meses atrás. Sus calles limpias y sus gentes sanas y alegres. Pero yo tenía un deber, la obligación de ofrecerles a aquellas personas lo que yo tanto había reivindicado, sueños, motivos por los que despertarse cada mañana. Todo aquello que escribía se cumplía, podía escuchar sus pensamientos y sus conversaciones y corroborar que se plasmaba en sus vidas lo que yo establecía. Y así lo hice durante mucho tiempo, tanto que mis huesos se hallan cansados y mi corazón débil. ―entramos en el despacho y sin soltar la pequeña pintura enmarcada, rebuscó entre los papeles―. Estaba bien jugar a ser Dios, pero me entró una duda, quería saber que soñaban cuando dormían, cuales eran sus inquietudes. Fue entonces cuando supe que había errado en mi conducta, que siempre había estado equivocado.
Se agachó, recogiendo un papel que aparentaba ser muy antiguo.
―Qué es lo que descubrió ―quise saber, un poco más interesado en el imaginario cuento de mi maestro. Si me estaba probando, no iba a conseguir atraparme en su juego. Me resistía a creerme toda aquella historia, sin embargo, reconocía que no existiría relato creíble para explicar lo que yo había descubierto en aquellas habitaciones.
―Sus pesadillas ―esta vez la mueca que realizó si fue un amago de sonrisa, una sonrisa lacónica y triste.
―Las pesadillas ―repetí.
―Sí. Las pesadillas. Descubrí que aquellas gentes que yo iba moldeando a mi antojo tenían sus propias ilusiones, y no precisamente grandes cosas como yo les iba designando, sino pequeños deseos como el ver crecer a un hijo, llevar un bonito vestido a la fiesta de Pascua, compartir un bizcocho con sus amigos o disfrutar de un bien día junto al río. Los sueños que yo les daba, anulaban aquellos que debieron de haber tenido, convirtiendo esos deseos propios en resquicios del subconsciente, mortificándoles cuando dormían.
«Mis visitas nocturnas se hicieron habituales, mientras disimulaba que escribía en el despacho espiaba sus pesadillas, y por la mañana plasmaba su futuro. Sin embargo las pesadillas no cesaban y nunca han cesado, porque ellos están muertos, y jamás cumplirán sus sueños.
Aquello me confundió, si es que no lo estaba ya por completo. Seguí a aquel hombre que para mí era aún más desconocido de lo que siempre fue. Nos introdujimos nuevamente en la habitación de los dos candelabros.
―Entonces… ―tuve miedo de preguntar―. Yo…. ¿Quien soy?
―Una noche recordé parte de la carta, algo que aún no te he contado ―supuse que mi pregunta se haría esperar-. La tinta, todo el poder estaba en la tinta. La carta establecía que cuando el bote de tinta llegara a la mitad, el que había sembrado debería recorrer el dolor para poder olvidar. Fue cuando llegue a comprender las primeras palabras de Rosalín. Los recuerdos, el dolor, los sueños y la esperanza.
Me miró fijamente, apreciando mi anonadado rostro.
―Rosalín no me ofreció el paraíso, sino su particular venganza. Yo debería sufrir y sentir todos aquellos sueños que les fueron negados a ellos.
Recordé las primeras palabras que escuché de él.
―Tú eres yo.
Era el colmo. Demasiadas sandeces en una sola noche. Caminé hacia la puerta que conducía al pasillo, pero algo, supongo que el deseo de escuchar el final de aquella historia, me detuvo.
―Continuad ―insistí.
―Como intentaba explicarte, somos la misma persona ―su cansancio aumentaba notablemente―. Aunque en realidad…. ―sonrió―, perdón, he equivocado mis palabras pues ya no se que es realidad y que no. Quise decir, que la verdad es que tú no eres más que el reflejo de lo que yo quise ser, incluso has elegido a la misma mujer que yo.
―¿Rosalín?
Volvió a acariciar el retrato de su mujer.
―Ella siempre ha estado conmigo en este… ¿lugar? En fin, tú eres por eso lo que yo sembré y has de cerrar el ciclo de esta maldita existencia. La tinta hace días que roza su ecuador, ahora te toca a ti lo más difícil.
Le miré interrogante. ¿Yo? Que sabía yo de maldiciones y lugares malditos, además, no se suponía que yo no existía, que era un simple reflejo.
―El olvido es un candado que cierra los corazones humanos. Los recuerdos una llave que habré las heridas del pasado. Te ofrezco el dolor y la puerta a la esperanza, pero también la redención y la paz ―repitió las palabras de su Rosalín―. Yo he cumplido mi parte, tú debes abrir los recuerdos, el dolor del pasado y cerrar cada herida.
Yo estaba perplejo. Aún recuerdo sus palabras, el tono cansino de su voz y aquella mirada incisiva.
―Escribe cada uno de los recuerdos, de los hechos que hemos vivido, experiencias buenas y malas. Cada cosa que escribas se olvidará a continuación para los muertos, pero quedará en la mente de cada uno de aquellos que nos quisieron en vida.
―¿Y que pasa con los muertos? ―quise saber.
―Eso lo descubrirás cuando termines tu tarea ―se acercó. Nunca le había tenido a tan escasa distancia―. El sufrimiento te acuciará en algunos momentos, los recuerdos son dolorosos a veces, pero confío en ti. Además, no estarás solo.
Mi maestro se acercó a una de las esquinas más sombrías y allí quedó, sujetando el retrato de su familia. Cerró los ojos y suspiró, fue entonces cuando por un instante pude ver en su rostro la lozanía del hombre que fue antaño.
Al día siguiente desperté en el suelo de la alcoba transformada. De mi maestro no hallé rastro, salvo una anotación realizada con mano temblorosa y con la tinta especial sobre un pergamino muy antiguo, en la que decía:
“El cenit antecede a la luz, el mar a la tierra.
Para Él fue la última sombra,
pero nadie le vio desembarcar en la noche.”
Sin duda pertenecía a su último designio y también a su despedida.
Agarré con delicadeza la pluma e introduje con ligero nerviosismo la plumilla en la tinta negruzca, eligiendo el primer recuerdo a ser borrado en este lugar maldito, y entonces escribí un nombre, su nombre, el cual fue olvidado para siempre.
martes, 3 de junio de 2008
EL AVE DE NEPAL
Escuché por tercera vez el sonido del gong, mis pasos se aceleraron y los latidos se precipitaron al ritmo de las vibraciones del habitual llamamiento. Corrí, recitando mis oraciones, cerrando los ojos, conociendo perfectamente cada metro, cada rincón y cada piedra de aquel hogar, antiguo pero resistente. Entonces lo escuché bajo mis pensamientos, disimulado por los rezos de los monjes y el murmullo matinal. Me paré sin abrir los párpados, dejándome llevar por aquel sonido, localizándolo, explorando cada sinfonía de sus notas, cada palabra sin ser palabra, y una vez notada su presencia me atreví a mirarlo. El reclamo procedía de una hermosa y extraña ave cuyas plumas grisáceas y marrones no quedaban deslucidas entre los colores del lugar. Silbé aclamando su atención, vergonzoso ante la burda comparación de mi ruido con el canto del nuevo miembro de la comunidad. Alcé mi brazo queriendo rozar su pequeño cuerpo, retenerlo, guardarlo para mí. El ave se giró permitiéndome admirar el pulcro plumaje de su pecho, observó el movimiento de mi mano y emprendió el vuelo ocultándose tras los tejados, perdiéndose en la libertad.
Durante días mantuve la esperanza de volverlo a ver y preguntándome si de no haber querido encerrarlo entre las rejas de mi egoísmo, aún permanecería embargándonos con su magnífica y singular presencia.
