sábado, 7 de marzo de 2009

El momento crítico

Di un paso atrás, observando cómo él alzaba la mano con rapidez. Con una delicadeza absoluta movió el instrumento, cuyo metal reflejó el brillo de las lámparas durante un instante. Los gritos de la mujer no le detenían, todo lo contrario, le hacían apresurarse hacia su objetivo. Su rostro no mostraba cambio alguno al apreciar la intensa respiración de ella. Tuve la sensación desde mi posición de que aquello se había convertido en algo mecánico para él, no había sentimiento, lastima o satisfacción. La sangre surgió, manchando sus guantes. Soltó el instrumento afilado y entonces, por primera vez su boca se torció ligeramente formando una mueca de hastío.
Los gritos eran tan constantes que parecían surgir como un lamento único que rebotaba en las frías baldosas de la pared. La mujer respiraba ya si aliento, intentando aguantar la insoportable situación. Me acerqué, oliendo la sangre y el sudor. Un último grito, un llanto final que dio paso a otro totalmente distinto. “Bienvenido a la vida”, susurró él, acercando el bebe al pecho de su madre.

© Mª Teresa Martín González


viernes, 20 de febrero de 2009

CONDENADO

En la lejanía escucha los pasos, como cada noche, como cada momento de angustia. Poco a poco lo intuye y acurruca su miedo sobre el ajado colchón. Respira, porque se lo permiten; llora, porque es un delirio factible para expulsar sus demonios; vive, porque la soga aún pende sin nombre ni fecha. En el patio, sin embargo, se construye su pesadilla, ahogándole en la incertidumbre. En el pasillo persiste el avance de esas botas de suela ruidosa, cuya cercanía interrumpe su sueño en la madrugada. Los pasos se detienen y después continúan regalándole unas horas más de inquietud. Pero ella está al pie del lecho, sabe que le sonríe sin ver su rostro, y que sus ojos son relojes que marcan su fin al mismo loco ritmo de su respiración.

Sus párpados se abren, apesadumbrados, sedientos de luz y de una cara amable. No hay más que hierro y cemento, y ese sudor que le baña. Debajo de la puerta se ha deslizado una carta. Con cuidado la abre, desprendiendo el sello oficial del sobre. El papel resbala de sus manos. "Siento comunicarle..." caen las letras al suelo.


En un despacho lleno de libros de justicia e hipocresía, un hombre de pluma ligera firma el destino de un condenado.

© Mª Teresa Martín González


sábado, 24 de enero de 2009

Clasificados por palabras

Se busca almohada vieja, mojada de verter mi llanto en las noches solitarias, cosida con los retales de esas historias rotas. Urgente. Se perdió y desde entonces no hay lágrima que surja de mi sonriente rostro.


Se necesita bastón, que soporte dura carga y mantenga mi dolido cuerpo. Se requiere de madera noble. Evítese de sauce llorón.

© Mª Teresa Martín González


viernes, 9 de enero de 2009

NUESTRA ÚLTIMA FOTO JUNTAS



Pareces pálida en esa foto sin color, cuando según relatan los que también te amaron, tus mejillas siempre lucían un rosado tono, un aspecto risueño y saludable. No se me ve, allí recogida en tu regazo, rodeada por tu maternal cariño, pero los dos nos sentíamos, mientras me mostrabas ante la cámara a través de esos grandes ojos castaños.Quizás yo era demasiado reboltosa para mantenerme abrigada bajo tu suave piel, provocando que soltaras un pequeño hipo cuando desde mi cómoda cuna estiraba con ahínco la pierna. Ocho meses te escuché madre, ocho meses respiré a través tu boca y me alimenté con tu dulzura, ocho meses ansié conocer tu rostro. Ahora acaricio mi vientre bendecido por una nueva vida, después de años mirando tu foto y esa sonrisa, riñendo con el destino y odiando el viejo automóvil que compartía contigo esa imagen y que sería aquel día tu perdición.

© Mª Teresa Martín González


domingo, 21 de diciembre de 2008

Copos de Nieve

Cuento integrante del libro "Copos de Nieve" realizado por los alumnos del Taller de Escritura Guadalfeo (Motril)

Tres mil quinientas una partículas de nieve se deslizaban hacia el alfeizar de la ventana. A través de los cristales vestidos de escarcha, las diminutas briznas blancas podían observar el colorido interior. Multitud de tonalidades lucían en paredes, puerta y muebles. Varias cintas brillantes rodeaban el fogón colmado de leña, que permanecía encendido desde el ocaso de aquella tarde de Nochebuena.

Dos mil partículas más de la esperada nevada navideña planearon desde el gran abeto del exterior, uniéndose al grupo de fisgonas. Un singular olor les llegaba desde la cercana chimenea que despuntaba a duras penas en el cubierto tejado. Pero algo les llamó la atención en aquella acogedora postal. Un niño corría saltando y brincando alrededor de un rechoncho árbol que llegaba hasta el techo de la estancia. Un abeto, no tan impetuoso y majestuoso como el del exterior cubierto de abrigo blanco, pero más elegante y virtuoso, coronado por una radiante estrella. La cara de felicidad del niño no podía compararse con ninguna otra sensación observada durante aquel invierno, sus ojos lucían de una forma particular.

Las motas de nieve se pegaron a la ventana con envidia del pequeño abeto que captaba toda la atención y devoción del infante. Se acercaron más y más al cristal, revoltosas, subiéndose unas sobre otras para mirar al objetivo de sus celos. Ya los humanos no salían a disfrutar de la nieve, a rendirles honor y dejar que los copos acariciasen sus rostros. Las partículas se juntaron, nerviosas, traviesas, formando sin querer una masa blanquecina a la que se fueron uniendo más de sus hermanas. Las de más atrás apretaban a las primeras, y las recién llegadas no querían quedarse sin ver lo que tanto murmuraban las demás. El alfeizar se hizo demasiado pequeño para tanta concentración de curiosidad, por lo que la bola creada cayó al blando manto del suelo.

Durante horas la bola fue creciendo un poco más hasta que les fue imposible moverse. La ventana estaba lejos, las luces se habían apagado y apenas se veía el cambio de iluminación que se colaba al exterior en brillantes impulsos producida por el raro abeto. Tras un largo silencio, las partículas comenzaron a elaborar una nueva esfera encima de la anterior, lo que les llevó aún más tiempo dado el desorden de sus movimientos. Finalmente consiguieron erigir otra bola, pero no fue suficiente para alcanzar la ventana.

Con el amanecer llegaron desde el interior de la vivienda las impresionantes risas y gritos del pequeño niño. Las partículas se desesperaron, nerviosas, provocando el peligroso desequilibrio de la construcción. Tras la puerta de entrada se escuchó ruido, unos sonidos que alertaron a las revoltosas motas de nieve que intentaron aferrarse unas a otras para no caer, logrando tras varios minutos mantenerse inmóviles, justo cuando la puerta se abrió.

El niño salió corriendo arrastrando varios juguetes, disfrutando de los mismos bajo la mirada de sus padres. No tardó en darse cuenta de la extraña formación de nieve y por primera vez, las partículas notaron con gran emoción la mirada del jovencito. Pero el menor corrió hacia la casa abandonando sus juguetes en la apresurada huída para a continuación regresar con varios objetos a simple vista inservibles para jugar. Una zanahoria, que colocó en el centro de la bola más alta, dos ramitas que colgó a cada lado de la inferior, dos botones que situó encima de la anaranjada hortaliza. El chiquillo miró su obra, se desprendió de la bufanda y la enrolló entre las dos esferas. Sonrió, de tal manera que las partículas estallaron de emoción. El infante comenzó a bailar alrededor de su nuevo juguete de nieve, como lo había hecho la noche anterior junto al abeto, pero a él se unieron nuevos niños del vecindario sorprendidos por la curiosa formación.

Aquella mañana de Navidad, las más de tres mil millones de partículas de nieve fueron felices, creando el primer Muñeco de Nieve.

© Mª Teresa Martín González


viernes, 5 de diciembre de 2008

Una habitación en mi interior


Quizás se hayan acumulado ya demasiados libros sobre las baldas y estas soporten un peso superior para el que alguna vez fueron construidas. El ordenador está encendido, la pantalla muestra un fondo parpadeante y el teclado viste una ligera capa de polvo excepto en varias de sus teclas, desgastadas e invisibles. Queda un poco de café en esa taza tantas veces usada en los largos momentos de inspiración. Un murmullo, parecido a un zumbido resuena desde la lámpara que intenta por todos los medios mantenerse encendida. Desde el interior se aprecia el olor fresco y nocturno que a veces embarga el cuarto, ocultando el hedor a rancio y cerrado. Las cortinas se mueven al ritmo del viento que trae esa sensación de libertad que llega desde el jardín, y la única muñeca que aún resiste en las agotadas baldas se deja acariciar por las sedas que cuelgan revoltosas y reflejan sus colores en el cristal de las ventanas.


© Mª Teresa Martín González


domingo, 30 de noviembre de 2008

La victoria sabe a luto, la derrota a sangre

Ella frente a mí, impoluta, como nunca la había visto. Admiré su rostro y por primera vez supe que no lograría fundirme con su sonrisa. Las sombras proyectadas por las lápidas no parecían poder contrarrestar el esplendor de sus blancas vestimentas. Caminaba danzante, rozando con sus delicados dedos la piedra añeja, alejándose sin dejar de mirarme. ¿A dónde vas?, le grité. ¿A dónde vas que os retiráis de mi sin piedad, abandonándome?

Allí, hundido en mi propia derrota, rodeado de mis gloriosos antepasados y asediado por multitud de cuervos la vi marchar. ¡Victoria!, grité ahuyentando el ahogado sentimiento de fracaso. ¡Victoria! Repetí deseando verme de nuevo bajo su amparo, pero ella desapareció, mientras la tierra de mis ancestros resbalaba de entre mis manos y mi cuerpo vencido caía sobre la hojarasca, sin honor, sin nombre que recordara mi alma, sin más testigo de mi vergüenza que la sangrienta luna.

© Mª Teresa Martín González


sábado, 22 de noviembre de 2008

Al que acompaña

Que me digan que el viento no ha variado su rumbo, que el suelo se abra a cada paso indeciso, que las rosas pierdan su olor en el jardín que rodea mi hogar y que los sueños se borren de esta mente irracional. Yo susurro, conduciendo palabras sin sentido a quien quiera escuchar lágrimas surcando un rostro, yo camino a través de los pasillos que se hacen interminables laberintos, yo me alzo y me niego a ser devorada por la incertidumbre y la apatía.

Y siempre te tengo a mi lado, incondicional a mis desganas y fugaces huidas a esa tierra que nadie se atreve a atravesar conmigo.

Que me digan que el mundo se sume en el desastre, yo estaré allí para verlo desde mi atril de obstinación.

© Mª Teresa Martín González

domingo, 9 de noviembre de 2008

Un bicho en el escenario

Levantó la mejilla del atril sintiendo el pómulo izquierdo totalmente adormecido. Sobre las partituras observó un ligero rastro de lo que parecían ser sus babas, cogió el pañuelo bordado de su solapa y limpió con cuidado el texto musical. Se incorporó. Cerró de nuevo los ojos intentando evitar los ligeros pinchazos que comenzaban a recorrer su dolorido cuerpo, captando los sonidos de aquel auditorio, el olor de la madera vieja y de la cera de pino. Abrió los ojos, dispuesto a admitir en su mente la curiosa imagen que le rodeaba. Los instrumentos aparecían esparcidos por todo el escenario, algunos con graves daños, los músicos dormitaban –presos de la inconsciencia- junto a sus preciados tesoros, desordenados, con los trajes desgarrados y en posiciones difíciles de recrear en un cuadro de Picasso. Durante un instante caviló sobre lo ocurrido, hasta que una mueca transformó su rostro. Recordó con ironía lo sucedido: el ensayo iba perfectamente, la música embargaba cada uno de los asientos vacíos y los palcos adornados para el concierto nocturno. De repente el director de la banda convirtió sus delicados movimientos en incontrolables aspavientos. Entonces alguien gritó: “Un bicho” (debió de ser el tercer flautista, algo cegato y provisto de voz chillona), provocando la histeria. Los taburetes volaron, los instrumentos fueron usados de improvisadas armas y el piano de refugio para los más rápidos, los cuerpos se confundieron y algún infeliz colocó su violín en la cabeza de otro, desatando una gran pelea de una crueldad brutal y la dantesca escena resultante.

Con sigilo guardó su violonchelo, bajó las diminutas escaleras del escenario y se dirigió hacia la entrada a través del pasillo principal. Detrás algunos de los compañeros comenzaban a despertarse, lo notaba por los intensos quejidos que llegaban hasta él. Caminó rozando con sus manos el terciopelo de los sillones, sonriendo, acariciando la idea de ver los rostros de los señoritos y damas, fundidos en sus mejores galas y rizados bigotes, al quedarse sin su concierto de octubre en honor a ellos mismos, a su fatua vida y a la lujosa ignorancia que les vestía. Pisó las hojas secas que se habían introducido por la puerta de servicio, siendo arrastradas hasta la fastuosa entrada. Las miró, hermosas en sus colores otoñales aunque caídas de sus altares. Entonces se paró frente a un grupo de ellas. Allí la vio. Una iguana rechoncha, de un verde imposible y con unos ojos desorbitados retozaba sobre el cómodo colchón. Una carcajada salió de lo más profundo de su estómago, se agachó, recogió “al bicho” susurrándole amistosamente: “Tu y yo nos vamos a llevar bien. Hoy tengo una comida familiar y son bastante aburridas”.

© Mª Teresa Martín González

domingo, 2 de noviembre de 2008

El Cielo Blanco

La joven miró a través del marco curiosa por las nieves que cubrían la avenida. Podía ver como las fachadas blancas apenas se distinguían y los tejados habían cobrado una considerable altura que peligraba la estructura de todos y cada uno de los hogares. No obstante la Iglesia permanecía altanera, mostrando su brazo desafiante. Sobre sus tejas no había ni una sola partícula de escarcha y eso le llamó la atención, es más, su cruz brillaba como si el sol, desaparecido en toda la escena, reflejase sus rayos sobre el metal. Acercó la nariz. No le resultaba difícil apreciar el olor a invierno, a castañas asadas y a leña. Entonces un escalofrío le recorrió el cuerpo. Desde una de las ventanas de las viviendas más lejanas una pequeña figura observaba a través del cristal, parecía triste, solitaria, pero el contorno que se perfilaba en la distancia parecía lucir con la misma luz que la cruz de la iglesia.
−Elisa, vamos, no te quedes ahí parada –susurró la señorita Olvido cogiéndole de la mano-. Son las doce y aún nos quedan muchos más cuadros que ver.
Las dos caminaron por el largo pasillo dedicado a la artista Julia Martín.
−Fue una pintora un tanto loca –susurró despectivamente la institutriz notando la reticencia de su pupila en abandonar la sección. No hay duda que le faltaba más de un tornillo cuando pintó “El cielo blanco”.
−¿El cielo blanco? –repitió Elisa logrando que ambas se detuviesen.
La señorita Olvido miró a su alrededor, entrecerrando los ojos. Una vez que se quedaron solas se colocó las gafas que constantemente resbalaban por su nariz y suspiró.
−Julia Martín fue una gran pintora de su época, hasta que… -la institutriz se detuvo, sorprendida por el rostro de Elisa, la joven nunca había puesto tanta atención en ninguna de sus lecciones-. Fue una gran artista, decía, hasta que su hija murió. Durante años se dedicó a destrozar todo aquello que pintaba. No existía lienzo que sobreviviese a su desesperación y angustia. Un día, más de veinte años después y siendo ella una anciana creó El Cielo Blanco. Cuentan los eruditos, grandes entendidos en el tema, que la figura que se aprecia en la ventana es la imagen de su hija. Otros, menos dados a la realidad y creo yo que profundamente perturbados, han sembrado el rumor de que de vez en cuando el espíritu de Julia se reúne con su hija en el cuadro.
Elisa retrocedió corriendo dejando atónita a la señorita Olvido. Observó de nuevo a través del marco, de las calles, de las casas, y allí, dónde hacía unos minutos había una silueta, ahora se reunían dos en un agradable abrazo. “Intentaste crear un paraíso para estar con tu hija, y al final lo lograste”. El cielo pareció tomar otro cariz permitiendo que las grisáceas nubes mostrasen un sol, aunque pálido, reconfortante, haciendo que la elevada cruz y aquella solitaria ventana brillasen con una inexplicable pureza.

© Mª Teresa Martín González