© Mª Teresa Martín González
sábado, 7 de marzo de 2009
El momento crítico
viernes, 20 de febrero de 2009
CONDENADO
En la lejanía escucha los pasos, como cada noche, como cada momento de angustia. Poco a poco lo intuye y acurruca su miedo sobre el ajado colchón. Respira, porque se lo permiten; llora, porque es un delirio factible para expulsar sus demonios; vive, porque la soga aún pende sin nombre ni fecha. En el patio, sin embargo, se construye su pesadilla, ahogándole en la incertidumbre. En el pasillo persiste el avance de esas botas de suela ruidosa, cuya cercanía interrumpe su sueño en la madrugada. Los pasos se detienen y después continúan regalándole unas horas más de inquietud. Pero ella está al pie del lecho, sabe que le sonríe sin ver su rostro, y que sus ojos son relojes que marcan su fin al mismo loco ritmo de su respiración.
Sus párpados se abren, apesadumbrados, sedientos de luz y de una cara amable. No hay más que hierro y cemento, y ese sudor que le baña. Debajo de la puerta se ha deslizado una carta. Con cuidado la abre, desprendiendo el sello oficial del sobre. El papel resbala de sus manos. "Siento comunicarle..." caen las letras al suelo.
En un despacho lleno de libros de justicia e hipocresía, un hombre de pluma ligera firma el destino de un condenado.
© Mª Teresa Martín González
sábado, 24 de enero de 2009
Clasificados por palabras
Se necesita bastón, que soporte dura carga y mantenga mi dolido cuerpo. Se requiere de madera noble. Evítese de sauce llorón.
© Mª Teresa Martín González
viernes, 9 de enero de 2009
NUESTRA ÚLTIMA FOTO JUNTAS
© Mª Teresa Martín González
domingo, 21 de diciembre de 2008
Copos de Nieve
Tres mil quinientas una partículas de nieve se deslizaban hacia el alfeizar de la ventana. A través de los cristales vestidos de escarcha, las diminutas briznas blancas podían observar el colorido interior. Multitud de tonalidades lucían en paredes, puerta y muebles. Varias cintas brillantes rodeaban el fogón colmado de leña, que permanecía encendido desde el ocaso de aquella tarde de Nochebuena.
Dos mil partículas más de la esperada nevada navideña planearon desde el gran abeto del exterior, uniéndose al grupo de fisgonas. Un singular olor les llegaba desde la cercana chimenea que despuntaba a duras penas en el cubierto tejado. Pero algo les llamó la atención en aquella acogedora postal. Un niño corría saltando y brincando alrededor de un rechoncho árbol que llegaba hasta el techo de la estancia. Un abeto, no tan impetuoso y majestuoso como el del exterior cubierto de abrigo blanco, pero más elegante y virtuoso, coronado por una radiante estrella. La cara de felicidad del niño no podía compararse con ninguna otra sensación observada durante aquel invierno, sus ojos lucían de una forma particular.
Las motas de nieve se pegaron a la ventana con envidia del pequeño abeto que captaba toda la atención y devoción del infante. Se acercaron más y más al cristal, revoltosas, subiéndose unas sobre otras para mirar al objetivo de sus celos. Ya los humanos no salían a disfrutar de la nieve, a rendirles honor y dejar que los copos acariciasen sus rostros. Las partículas se juntaron, nerviosas, traviesas, formando sin querer una masa blanquecina a la que se fueron uniendo más de sus hermanas. Las de más atrás apretaban a las primeras, y las recién llegadas no querían quedarse sin ver lo que tanto murmuraban las demás. El alfeizar se hizo demasiado pequeño para tanta concentración de curiosidad, por lo que la bola creada cayó al blando manto del suelo.
Durante horas la bola fue creciendo un poco más hasta que les fue imposible moverse. La ventana estaba lejos, las luces se habían apagado y apenas se veía el cambio de iluminación que se colaba al exterior en brillantes impulsos producida por el raro abeto. Tras un largo silencio, las partículas comenzaron a elaborar una nueva esfera encima de la anterior, lo que les llevó aún más tiempo dado el desorden de sus movimientos. Finalmente consiguieron erigir otra bola, pero no fue suficiente para alcanzar la ventana.
Con el amanecer llegaron desde el interior de la vivienda las impresionantes risas y gritos del pequeño niño. Las partículas se desesperaron, nerviosas, provocando el peligroso desequilibrio de la construcción. Tras la puerta de entrada se escuchó ruido, unos sonidos que alertaron a las revoltosas motas de nieve que intentaron aferrarse unas a otras para no caer, logrando tras varios minutos mantenerse inmóviles, justo cuando la puerta se abrió.
El niño salió corriendo arrastrando varios juguetes, disfrutando de los mismos bajo la mirada de sus padres. No tardó en darse cuenta de la extraña formación de nieve y por primera vez, las partículas notaron con gran emoción la mirada del jovencito. Pero el menor corrió hacia la casa abandonando sus juguetes en la apresurada huída para a continuación regresar con varios objetos a simple vista inservibles para jugar. Una zanahoria, que colocó en el centro de la bola más alta, dos ramitas que colgó a cada lado de la inferior, dos botones que situó encima de la anaranjada hortaliza. El chiquillo miró su obra, se desprendió de la bufanda y la enrolló entre las dos esferas. Sonrió, de tal manera que las partículas estallaron de emoción. El infante comenzó a bailar alrededor de su nuevo juguete de nieve, como lo había hecho la noche anterior junto al abeto, pero a él se unieron nuevos niños del vecindario sorprendidos por la curiosa formación.
Aquella mañana de Navidad, las más de tres mil millones de partículas de nieve fueron felices, creando el primer Muñeco de Nieve.
© Mª Teresa Martín González
viernes, 5 de diciembre de 2008
Una habitación en mi interior

© Mª Teresa Martín González
domingo, 30 de noviembre de 2008
La victoria sabe a luto, la derrota a sangre
© Mª Teresa Martín González
sábado, 22 de noviembre de 2008
Al que acompaña
Y siempre te tengo a mi lado, incondicional a mis desganas y fugaces huidas a esa tierra que nadie se atreve a atravesar conmigo.
Que me digan que el mundo se sume en el desastre, yo estaré allí para verlo desde mi atril de obstinación.
© Mª Teresa Martín González
domingo, 9 de noviembre de 2008
Un bicho en el escenario
© Mª Teresa Martín González
domingo, 2 de noviembre de 2008
El Cielo Blanco
−Elisa, vamos, no te quedes ahí parada –susurró la señorita Olvido cogiéndole de la mano-. Son las doce y aún nos quedan muchos más cuadros que ver.
Las dos caminaron por el largo pasillo dedicado a la artista Julia Martín.
−Fue una pintora un tanto loca –susurró despectivamente la institutriz notando la reticencia de su pupila en abandonar la sección. No hay duda que le faltaba más de un tornillo cuando pintó “El cielo blanco”.
−¿El cielo blanco? –repitió Elisa logrando que ambas se detuviesen.
La señorita Olvido miró a su alrededor, entrecerrando los ojos. Una vez que se quedaron solas se colocó las gafas que constantemente resbalaban por su nariz y suspiró.
−Julia Martín fue una gran pintora de su época, hasta que… -la institutriz se detuvo, sorprendida por el rostro de Elisa, la joven nunca había puesto tanta atención en ninguna de sus lecciones-. Fue una gran artista, decía, hasta que su hija murió. Durante años se dedicó a destrozar todo aquello que pintaba. No existía lienzo que sobreviviese a su desesperación y angustia. Un día, más de veinte años después y siendo ella una anciana creó El Cielo Blanco. Cuentan los eruditos, grandes entendidos en el tema, que la figura que se aprecia en la ventana es la imagen de su hija. Otros, menos dados a la realidad y creo yo que profundamente perturbados, han sembrado el rumor de que de vez en cuando el espíritu de Julia se reúne con su hija en el cuadro.
Elisa retrocedió corriendo dejando atónita a la señorita Olvido. Observó de nuevo a través del marco, de las calles, de las casas, y allí, dónde hacía unos minutos había una silueta, ahora se reunían dos en un agradable abrazo. “Intentaste crear un paraíso para estar con tu hija, y al final lo lograste”. El cielo pareció tomar otro cariz permitiendo que las grisáceas nubes mostrasen un sol, aunque pálido, reconfortante, haciendo que la elevada cruz y aquella solitaria ventana brillasen con una inexplicable pureza.
© Mª Teresa Martín González
