Nos quejamos sin razón de que su lodo inunde nuestros hogares, ¿pero qué otra cosa puede hacer para defenderse de nuestra ineptitud?
© Mª Teresa Martín González
Las ideas son sueños que se cobijan en nuestra mente hasta que las convertimos en palabras.©
Nos quejamos sin razón de que su lodo inunde nuestros hogares, ¿pero qué otra cosa puede hacer para defenderse de nuestra ineptitud?
© Mª Teresa Martín González
Recuerdo la imagen como si todos los días fuesen aquella especial tarde de octubre. El sol se había marchado pero mi reloj aún se resistía a marcar el inicio de la noche. Las hojas reverenciaban mi paso, ocultando mis zapatos de charol y parte de mis enaguas, que en aquella época eran elemento imprescindible para una dama. Miré de un lado para otro buscando el libro perdido con cierta desesperación, disimulada no sin cierta dificultad. Podía imaginarme a Nana preparándome el traje para una fiesta a la que llegaría con retraso, y al tío Emilio refunfuñando frente a la chimenea removiendo el interior de su pipa, diseñando un discurso ejemplar que dar a su sobrina.
Los bancos ya se habían desprendido del calor humano, los sonidos del entorno cambiaban y el parque comenzaba a parecerme enormemente extenso. Las luces de las farolas, el color de la hierba bajo ese tono único que surge cuando el sol se ha ocultado completamente, el viento que planeaba hasta mis cabellos, mi respiración entrecortada, todo tomó un cariz nuevo cuando escuché su voz. Aún hoy me cuesta describir el tono que desprendían aquellas palabras, el sosiego que transmitía, y el don que poseía para hechizarme.
Caminé, reconociendo entre las frases los párrafos tantas veces leídos bajo la sombra del cerezo rojo. Finalmente le encontré, portando mi libro y acariciando con su especial forma de leer cada vocablo de aquél volumen que parecía tomar un nuevo sentido.
No me negué a recuperar mi preciada obra de Tolstoy, pero cierta parte de mí rechazaba el silencio que nuevamente me embargaba. Pese a que durante cincuenta años he podido disfrutar de la encantadora voz de Eduardo, aquellos lejanos minutos intermedios entre la tarde y el anochecer otoñal me descubrieron una nueva forma de viajar, una nueva forma de sentir.
© Mª Teresa Martín González
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Hoy, por primera vez en mucho tiempo he visto salir el sol. No lo he hecho a través de esa ventana que siempre evita que entren sus rayos, no; he notado el calor de la mañana en mi piel desde lo alto de la colina. Mis mejillas se han sonrojado ligeramente, ahuyentando ese nácar de mi rostro que persistía durante meses. Mis ojos aún se están acostumbrando a la luz, y no han llorado de emoción porque hace semanas que se agotaron las reservas de lágrimas. Sé que tú estás conmigo, acompañándome y acariciando mi mano como entonces, susurrándome con tu sonrisa sin necesidad de decir nada. Percibo tu aliento cuando el viento gira y remueve suavemente mi cabello; pero aún siento el miedo de que al caer la noche vuelvan los temores, la añoranza y el tormento.
Me haré una promesa, puesto que no puedo cumplir la que te hice antes de tu marcha, y es que cuando la desazón me vuelva a invadir, arrinconaré la soledad, esas ideas de acompañarte que como raíces se enganchan a mi corazón y han estado poco a poco seduciéndome. Caminaré con los ojos cerrados hasta la colina e imaginaré que vuelves a darme aquél primer beso, imaginaré que tu esencia permanece en este mundo sólo para mí.
© Mª Teresa Martín González

Cae la lluvia. Huele a muerte. La sábana que cubría mi cuerpo se ha desprendido sin ningún cuidado. La delicadeza ha mudado a palabras injuriosas. El frío se hace incipiente y la llama que candente aún sobrevive entre las cenizas, baila débil, sabiéndose perdida. Avanzan las noches eternas. Garabatean los niños rostros imposibles. El barro ensucia los lienzos que antes fueron pulcros. Mis manos no se resisten al tiempo que las arrastra. El segundo marca el ritmo y mi corazón le sigue aún saboreando la traición. Cae la lluvia. Huele a muerte.
© Mª Teresa Martín González
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Si el viento me lleva lejos me dejaré mecer. Susurraré con él melodías de un "nunca jamás", de un "me voy " y un severo "olvídame". Si el viento me lleva lejos viajaré vestida con las ilusiones rescatadas y las palabras arrinconadas que saben a despertar. Si el viento me lleva lejos prepararé mi cuerpo al dulce del nuevo día, para que mis recuerdos abandonen el sabor salado de las lágrimas. Si el viento me lleva lejos dejaré caer el dolor y el tiempo perdido, arrojaré en el vaivén los miedos y las llamadas a media noche con voz rota. Si el viento me lleva lejos transformaré mi mano temblorosa en firme cimiento de una nueva vida, mi sonrisa ocultada a base de puño y odio en base de mi esperanza. Pero mientras cierres esta ventana no respiraré, mantendré los monstruos en mi alcoba y lloraré como cada noche mientras me anulas, soñando por una ventana que deje entrar al viento que me lleve lejos.
© Mª Teresa Martín González
Si el viento me lleva lejos me dejaré mecer. Susurraré con él melodías de un "nunca jamás", de un "me voy " y un severo "olvídame". Si el viento me lleva lejos viajaré vestida con las ilusiones rescatadas y las palabras arrinconadas que saben a despertar. Si el viento me lleva lejos prepararé mi cuerpo al dulce del nuevo día, para que mis recuerdos abandonen el sabor salado de las lágrimas. Si el viento me lleva lejos dejaré caer el dolor y el tiempo perdido, arrojaré en el vaivén los miedos y las llamadas a media noche con voz rota. Si el viento me lleva lejos transformaré mi mano temblorosa en firme cimiento de una nueva vida, mi sonrisa ocultada a base de puño y odio en base de mi esperanza. Pero mientras cierres esta ventana no respiraré, mantendré los monstruos en mi alcoba y lloraré como cada noche mientras me anulas, soñando por una ventana que deje entrar al viento que me lleve lejos.©