miércoles, 25 de noviembre de 2009

Agua de río

Surge de las entrañas, frío, cortante, formado por las diminutas gotas que lo invaden y corroen la roca que lo guarda. Riega los pastos en los que caminamos y los árboles que nos han visto crecer. Mientras nosotros le escupimos burlándonos de su pureza, pretendiendo que se vicie con nuestra insensibilidad, pudriendo la vida que cobija en su larga extensión, utilizándolo más allá de sus posibilidades.

Nos quejamos sin razón de que su lodo inunde nuestros hogares, ¿pero qué otra cosa puede hacer para defenderse de nuestra ineptitud?


© Mª Teresa Martín González

viernes, 2 de octubre de 2009

El recuerdo de una voz

Recuerdo la imagen como si todos los días fuesen aquella especial tarde de octubre. El sol se había marchado pero mi reloj aún se resistía a marcar el inicio de la noche. Las hojas reverenciaban mi paso, ocultando mis zapatos de charol y parte de mis enaguas, que en aquella época eran elemento imprescindible para una dama. Miré de un lado para otro buscando el libro perdido con cierta desesperación, disimulada no sin cierta dificultad. Podía imaginarme a Nana preparándome el traje para una fiesta a la que llegaría con retraso, y al tío Emilio refunfuñando frente a la chimenea removiendo el interior de su pipa, diseñando un discurso ejemplar que dar a su sobrina.
Los bancos ya se habían desprendido del calor humano, los sonidos del entorno cambiaban y el parque comenzaba a parecerme enormemente extenso. Las luces de las farolas, el color de la hierba bajo ese tono único que surge cuando el sol se ha ocultado completamente, el viento que planeaba hasta mis cabellos, mi respiración entrecortada, todo tomó un cariz nuevo cuando escuché su voz. Aún hoy me cuesta describir el tono que desprendían aquellas palabras, el sosiego que transmitía, y el don que poseía para hechizarme.
Caminé, reconociendo entre las frases los párrafos tantas veces leídos bajo la sombra del cerezo rojo. Finalmente le encontré, portando mi libro y acariciando con su especial forma de leer cada vocablo de aquél volumen que parecía tomar un nuevo sentido.
No me negué a recuperar mi preciada obra de Tolstoy, pero cierta parte de mí rechazaba el silencio que nuevamente me embargaba. Pese a que durante cincuenta años he podido disfrutar de la encantadora voz de Eduardo, aquellos lejanos minutos intermedios entre la tarde y el anochecer otoñal me descubrieron una nueva forma de viajar, una nueva forma de sentir.


© Mª Teresa Martín González


lunes, 7 de septiembre de 2009

Soy un libro frente al mar

Que no me lleve el viento que surge del imposible, porque estaré aquí esperando el aliento de tus palabras. Mientras las olas sigan golpeando esta roca que soporta mi cuerpo miraré al horizonte. Seré acariciado por la respiración del ahora y perpetuando esas frases que va borrando el tiempo sin duda ni remedio. Aguardaré el regreso de la tinta, de la mano que marcará el ritmo de mis versos, deseando que estos espacios blancos que perturban mi alma sean llenados por ti.

© Mª Teresa Martín González


domingo, 5 de julio de 2009

Hoy no es ayer

Hoy, por primera vez en mucho tiempo he visto salir el sol. No lo he hecho a través de esa ventana que siempre evita que entren sus rayos, no; he notado el calor de la mañana en mi piel desde lo alto de la colina. Mis mejillas se han sonrojado ligeramente, ahuyentando ese nácar de mi rostro que persistía durante meses. Mis ojos aún se están acostumbrando a la luz, y no han llorado de emoción porque hace semanas que se agotaron las reservas de lágrimas. Sé que tú estás conmigo, acompañándome y acariciando mi mano como entonces, susurrándome con tu sonrisa sin necesidad de decir nada. Percibo tu aliento cuando el viento gira y remueve suavemente mi cabello; pero aún siento el miedo de que al caer la noche vuelvan los temores, la añoranza y el tormento.

Me haré una promesa, puesto que no puedo cumplir la que te hice antes de tu marcha, y es que cuando la desazón me vuelva a invadir, arrinconaré la soledad, esas ideas de acompañarte que como raíces se enganchan a mi corazón y han estado poco a poco seduciéndome. Caminaré con los ojos cerrados hasta la colina e imaginaré que vuelves a darme aquél primer beso, imaginaré que tu esencia permanece en este mundo sólo para mí.


© Mª Teresa Martín González

sábado, 6 de junio de 2009

Cae la lluvia


Cae la lluvia. Huele a muerte. La sábana que cubría mi cuerpo se ha desprendido sin ningún cuidado. La delicadeza ha mudado a palabras injuriosas. El frío se hace incipiente y la llama que candente aún sobrevive entre las cenizas, baila débil, sabiéndose perdida. Avanzan las noches eternas. Garabatean los niños rostros imposibles. El barro ensucia los lienzos que antes fueron pulcros. Mis manos no se resisten al tiempo que las arrastra. El segundo marca el ritmo y mi corazón le sigue aún saboreando la traición. Cae la lluvia. Huele a muerte.


© Mª Teresa Martín González

viernes, 1 de mayo de 2009

Mi ángel salvador

Sequé mis lágrimas en su pañuelo bordado, mientras su figura se perdía entre los pasajeros del tren 515, dirección a ninguna parte, pero en ninguna parte jamás la volvería a ver. Oí tranquilo el silbato de la máquina, esa máquina que me separaba de ella cobijándole con su metal y hierro. Suspiré, me coloqué el sombrero, encendí un cigarrillo, y giré, manteniendo para siempre la imagen de sus rizos rubios en mi mente.

La gente, esos individuos que caminan si mirar a donde y se quedan perplejos cuando la vida les arrincona en sus insignificantes existencias. Siempre me he preguntado el porqué yo era unos de esos agentes civilizados de la prosperidad, que nada cuentan porque nada sienten. Y ahora lo sé, no la conocía a ella.

Fue una tarde de otoño. Deambulaba de banco en banco incómodo en aquel parque, extrañado por la soledad que me embargaba aquellos días, hasta que la oí, aunque podría jurar que antes de eso la sentí. Estaba sola, mirando algo fijamente con unos ojos que mas tarde fueron mi perdición. Sonrió cuando me acerqué con curiosidad, y sin mediar saludo musitó “solo no puede bajar y empieza a hacer frío”. Se refería a un gatito, que intentaba en vano bajar de una gruesa rama a poco más de un metro de nuestras cabezas. Probablemente, si ella no se hubiese encontrado allí, el gato continuaría ejerciendo de ave sobre esa rama días después.

Me sorprendí a mi mismo agazapándome al tronco musgoso y trepando hasta agarrar al minino. Su sonrisa fue la mejor recompensa cuando lo abrazó entre sus brazos.

Jamás conocí a nadie como ella. En estos tiempos en que ya nada importa, y lo que es peor, nadie importa, mi querida, mi amada, mi amiga y salvadora, se desvivía y preocupaba por todo aquello que le rodeaba. Sin embargo, eso fue mi perdición. Jamás volveré a verte mi ángel, pero sabré que mucha gente en algún lejano lugar, tendrá tus cuidados.

© Mª Teresa Martín González


jueves, 9 de abril de 2009

Si el viento me lleva lejos me dejaré mecer. Susurraré con él melodías de un "nunca jamás", de un "me voy " y un severo "olvídame". Si el viento me lleva lejos viajaré vestida con las ilusiones rescatadas y las palabras arrinconadas que saben a despertar. Si el viento me lleva lejos prepararé mi cuerpo al dulce del nuevo día, para que mis recuerdos abandonen el sabor salado de las lágrimas. Si el viento me lleva lejos dejaré caer el dolor y el tiempo perdido, arrojaré en el vaivén los miedos y las llamadas a media noche con voz rota. Si el viento me lleva lejos transformaré mi mano temblorosa en firme cimiento de una nueva vida, mi sonrisa ocultada a base de puño y odio en base de mi esperanza. Pero mientras cierres esta ventana no respiraré, mantendré los monstruos en mi alcoba y lloraré como cada noche mientras me anulas, soñando por una ventana que deje entrar al viento que me lleve lejos.

© Mª Teresa Martín González