viernes, 24 de octubre de 2008
A los amores que nunca se olvidan
—Parece más joven –le susurró un muchacho a su lado, desprendiéndose restos de un chicle de la solapa.
—No lo sé –musitó percibiendo el nerviosismos de los dedos de su acompañante que se afanaban en ocultar el agujero realizado al traje-. Son muchos años los que me separan de la última vez que le vi. En aquel entonces mostraba una gran melena. Sus cabellos siempre estaban revueltos y era bastante descuidado y torpe. Pero eso me fascinaba de él. Ahora parece un gran señor, sereno, altivo y con un gran porte.
El muchacho rió mientras golpeaba ligeramente en la madera chapada.
—Tantos años y le aseguro que no cambió ni un ápice. No me equivoco cuando digo que durante este tiempo siempre la tuvo en su memoria.
—Lo dudo. La última vez que hablamos fui muy cruel con él. Nos queríamos, pero cada uno teníamos intereses y perspectivas del futuro bastante distintas.
—Insisto, la tuvo en sus pensamientos mientras ese delicado corazón le falló por última vez –el joven siguió golpeando la madera en un ritmo conocido, mientras que con la otra rozaba la suave seda del interior de la caja.
—Le echaré de menos -sollozó la dama escuchando el repiquetear que comenzaba a convertirse en una melodía,una canción que alguna vez bailó-. Echaré de menos esa mirada, esos ojos azules.
Entonces el muchacho, por primera vez levantó la cabeza mostrándole el rostro. Ello notó una cara conocida, y unos ojos, unos ojos que nunca había olvidado.
domingo, 31 de agosto de 2008
LILITH 4 FINAL
El día llenó el horizonte dando calor a los cuerpos cansados de nuestros aliados. Mis ojos lloraron, una acción tan olvidada como impropia para un vampiro como yo. Pero aquella recompensa que se me brindaba, aunque fuese por una vez, me abrigaría cuando mi cuerpo tuviese que caminar de nuevo entre las tinieblas.
Las voces de los hombres oraron por los caídos y se alzaron para proclamar una nueva era. Vagué entre los amigos yacidos en el suelo, notando en mi piel la sangre derramada, mientras que la vertida en mis ropajes desaparecía con cada paso. Tomé la mano de Kain, fiel compañero y adalid de mi propio destino. Él descansó su lacerado cuerpo sobre mi hombro, levantándose y sonriendo pese a la mueca de dolor.
El cuerpo del demonio desapareció llevándose consigo toda la maldad. Iselor alzó la espada Verjum, que poco a poco se desvaneció entre sus manos en un adiós que le condujo al campo del reposo eterno de los héroes. Pude sentir la congoja que invadía a mi amigo. Nos miró sin embargo posando un puño libre de duda o temblor alguno sobre su pecho y entonces lo entendí. Entendí los sueños, los designios, los cruces del camino y las profecías milenarias, viendo en aquel joven el rostro de la esperanza y el futuro.
En la despedida un aliento, una brisa que remueve mis cabellos meciendo una melodía, una cajita de música, mi alma.
domingo, 20 de julio de 2008
Hoy he soñado...
Hoy he soñado que las piedras inundaban mi hogar. Multitud de escombros dificultaban mi paso y alguien me murmuraba en la distancia frases que no alcanzaba a comprender. He soñado que era un príncipe con un destino, una obligación que cargaba mis hombros. Mientras ese otro yo escribía constantemente en un cuaderno sus sueños, las voces no dejaban de rozarme, empujarme, rindiéndome pleitesía pero a la vez aislándome de mi verdadero espíritu. Y entonces vi sus figuras, sus labios, sus ojos y sus cuerpos rodeándome. De sus bocas salían palabras que al alcanzarme se transformaban en las rocas que poco a poco cubrían todo, que poco a poco me lapidaban en un sepulcro sin salida.Hoy he soñado con un horizonte cargado de dificultades, un mañana que despierta nublado, una pluma que se queda sin tinta cuando llega el final del cuento, mientras aquellos que consideraba aliados encadenan mis pies a este lugar sin esperanza, en esta prisión de olvido y sinrazón.
domingo, 13 de julio de 2008
En esta estación...
Temo que los sonidos a óxido y metal provienen ahora de mi interior. No hay más complice junto a mi asiento, no hay ventanilla en la que marcar nuestros nombres.
En la lejanía oigo ese silvido constante que avisa la llegada de mi transporte, pero nunca acaba de pararse junto a mi. Cuándo, ¿cuándo valdrá ese billete lo suficiente para canjearlo por mi vida?
domingo, 29 de junio de 2008
EL CREADOR DE SUEÑOS
Siempre supinos que la carga que su corazón soportaba, iba más allá de lo que cualquiera de nosotros hubiese podido resistir, pero no de lo que nos podríamos imaginar. Sobrellevaba con altanería su cargo, elegante en la austeridad del oscuro rincón de su despacho, vigilante, astuto y sagaz, dispuesto a hundirnos en la miseria con un simple toque de su pluma, llevarnos a la horca, o alzarnos como reyes en nuestro pequeño trono de Su nombre, patrimonio de risas y chistes en aquel entonces, acabó olvidándose de nuestras mentes, no así su rostro aguileño ni sus claros ojos. Su sombrero de ala ancha había ocultado un bonito rostro antaño, según confesaban las ancianas de
―Sois aquel que sembré y vengo a recoger mi fruto ―Dios sabe que desconocía el trasfondo de aquellas palabras, y menos que se pudiese referir a mi insignificante persona.
―¿Queréis probar? ―iluso de mí pensaba que querría comprarnos alguna de las frutas salvajes. Por aquella época estival, los niños de lugar solíamos recoger vallas en el bosque y venderlas por unas cuantas monedas en un rincón de la plaza. Jadón “el marino”, el dueño del mesón, nos dejaba llevarnos una de las mesas a cambio de no molestar a la clientela más selecta en la terraza. Nadie supo decirme nunca de la razón del seudónimo del mesonero. Jadón nunca cogió barco alguno ni se alzó a la mar, de hecho, a mi corta edad, aún no conocía a nadie que hubiese viajado a otras tierras. Quizás debido a ello y a mi desmesurado interés por las cosas desconocidas, siempre tuve una capacidad innata para la imaginación―. Cualquiera de vuestras monedas será bien recibida por nuestra bolsa.
El hombre sonrió, o al menos el rictus reflejado bajo el ala de su sombrero, podría haberle parecido a un niño inocente como yo, algo distinto a lo que realmente formaban sus cansadas facciones.
Aún recuerdo perfectamente ese día, el único en el que se dignó a pasear bajo el cielo azul. Varias horas después me encontraba en una de sus sobrias habitaciones de invitados, sorprendido, emocionado y un tanto asustado, aquel hombre tan atrayente y extraño me había elegido como aprendiz, pero, ¿aprendiz de qué?
Los años pasaron con la misma rapidez que yo arrancaba las hojas del almanaque. Mi maestro dormía prácticamente todo el día encerrado en su habitación y en las noches se introducía en aquel habitáculo que él llamaba despacho.
El tiempo transcurrió de igual modo para mí, convirtiéndome en un joven apuesto y bien vestido, alimentado y educado, galán de las jovencitas de mi edad y líder de mi grupo de amigos. Sin embargo, en todo este tiempo ninguna enseñanza especial recibí de aquel hombre que pagaba mi sustento. Cada vez me cruzaba menos con él en los pasillos de aquella vetusta mansión, y mis salidas se fueron reduciendo por orden suya. El aburrimiento hizo mella en mí, así que comencé a fijarme más en el lugar que me rodeaba. Numerosos cuadros adornaban las descoloridas paredes, en la mayoría de ellos se mostraba una mujer de hermoso rostro, en otros, la infantil imagen de una niña en jardines utópicos. Las pinturas eran de gran calidad, pero parecían demasiado descuidadas y polvorientas, de hecho, las cortinas parecían polvorientas, la chimenea parecía polvorienta, mi habitación parecía polvorienta, toda la casa parecía haberse sumido en pocas semanas en el olvido y la dejadez, o quizás siempre se mantuvo así. Jamás me había preguntado antes quien se encargaba de la limpieza, de plancharme los trajes o de preparar la comida. Él seguro que no, pero entonces fui consciente de algo, que durante aquella larga década junto a mi maestro, nunca vi a nadie más en aquella casa.
Una terrible curiosidad me invadió. Mientras mi maestro dormía, me introduje en una de las habitaciones prohibidas, su despacho. Multitud de papeles consumían la estancia. El suelo, las estanterías, los armarios y los sillones, todo mobiliario aparecía cubierto de papeles escritos en una tinta negra que brillaba con los rayos solares, centellas que penetraban en la estancia a través del ventanal. Me acerqué con intención de tocar el escritorio, sin embargo, rehice mis pasos cuando en uno de los papeles cercanos visualicé un nombre, “Rosalín”. El nombre de la muchacha más hermosa y dulce de
Rocé con mis manos cuidando de no estropear el fino papel y comencé a leer. Aquellos escritos hablaban de la misma Rosalín que caminaba conmigo los domingos a misa, y me sonreía tras su abanico en los festejos. Agarré otro papel a mí cercano, Lastax, Hujin, Marlenio, Jadón, todos ellos tenían su reflejo en los escritos y en todos ellos se relataba algo de sus vidas.
La ventana se abrió de manera brusca y el viento voló algunos papeles. Tras la colina se retiraba el sol, tardaría poco en anochecer y la decisión de continuar allí no parecía mejor que la de volver en otro momento.
Así lo hice, todos los días atravesaba como un ladrón a hurtadillas la ruidosa puerta de roble que me separaba de aquel cúmulo de historias. Comprendí entonces que mi maestro relataba las experiencias de mis vecinos, algunas demasiado íntimas como para que él las conociese. Seguí rebuscando, incluso hallé la narración del día que mi maestro me acogió en su hogar, pero no sólo eso, mi nacimiento, mi cumpleaños, mi primer beso a escondidas, todo aquello se había plasmado por su mano en aquellas hojas. Entonces un atardecer lo vi. La tinta aún permanecía fresca, leí asombrado y susurré las últimas palabras plasmadas, “La esperanza no es más que un vano intento de mendigar paz.”
Mi curiosidad se transformó en una enfermiza desconfianza. Una noche me decidí a entrar en su habitación mientras él escribía en el despacho. Las sombras cubrían todos los pasillos, pero no me atreví a encender vela alguna que descubriera mis intenciones. Escuché tras la puerta del despachó. Silencio. Continué. La habitación se encontraba en el ala oeste de la mansión. Caminé sigiloso, ansioso e imprudente hacia la alcoba de mi maestro.
Me introduje. Dos candelabros presenciaban la estancia sobre un enorme escritorio de madera reluciente. Ninguna cama sobre la pared, o armario que guardase ropa. Allí no había más que un mueble en el centro y multitud de más papeles junto a uno de los pies de la mesa y otro montoncito encima de la tabla. Algo más llamó mi atención, el retrato de una familia enmarcado en nácar destacando entre los dos grupos de velas. En la imagen sobre el satén, un hombre apuesto y de ojos claros rodeaba con sus brazos a una mujer y a una niña, parecían muy felices.
Bajo una extraordinaria pluma, cuya punta artesanal aún permanecía manchada de tinta, halle su secreto. Leí las paginas, sorprendido, asustado y nervioso. Cada párrafo narraba acontecimientos de un futuro cercano, pareciese como si cada uno de los ciudadanos de aquella Villa tuviese su destino allí plasmado. El próximo catarro de uno, la boda de otro,…
Tiré las hojas, no logrando comprender que macabra diversión ocupaba el tiempo de mi maestro.
―No te asustes por lo que ven tus ojos ―la voz de mi maestro sonaba cansada y lejana, distinta.
El se acercó. Avergonzado por mi intrusión y su inesperada aparición, retrocedí por instinto, sintiéndome ridículo ante aquel individuo al que sacaba dos cuartas.
―No siempre fue así ―confesó mientras cogía el pequeño retrato―. Todo cambió cuando ella…
Su voz se apagó por instantes.
―Decidme, explicadme qué es toda esta absurda historia ―quería enfadarme, pero la congoja me atrapaba―. Quiero saber….
―Y sabrás ―me interrumpió con voz cansada.
Pasaron varios minutos hasta que se atrevió a comenzar, tiempo suficiente para que yo me relajara.
―Son los sueños lo que nos hace vivir. Las metas suponen un lazo entre la vida y la desesperación. El abandono no es más que la huella que deja la falta de estímulos, el hueco que deja el olvido de uno mismo, la sinrazón. Sembramos una semilla y la regamos, deseando que ésta crezca y florezca, pero cuando pasa ese instante, dejamos de alimentarla, porque nada cambia, nada es más bonito que ayer.
―No sé qué diablos me estáis contando ―protesté.
―Yo la amaba ―gimió mientras rozaba con su esquelético dedo el rostro dibujado de la mujer―. A ella siempre le habían gustado mis poemas, mis cuentos y novelas. Decía que llegaría muy lejos. Una noche de luna plena y baile de estrellas, le grité…gritamos. Yo quería viajar, tenía aspiraciones, sueños que cumplir, lugares que visitar y gente a la que conocer. ¿Cómo iba a ser un buen escritor si no conocía nada del mundo? Pero ella no lo comprendía, adoraba
»Una madrugada marché, demasiado temprano para el canto del gallo y demasiado tarde para que nadie pudiese interrumpir mis pretensiones. Pronto, el deseo de verla se calmó con la visión del mar y el suave traqueteo de los carruajes, de las enormes extensiones de llanura verde y los formidables edificios de la gran ciudad. Me olvidé, he de reconocer, me olvidé que la amaba, y que ella era y siempre había sido mi principal sueño, mi principal ilusión, mi fuente de inspiración.
»Todos los diarios escribieron sobre el acontecimiento. “Una perturbada incendia un pueblo y después se suicida. No han quedado supervivientes.” Pero ella no era ninguna trastornada. El loco fui yo, ¡yo era el maldito que le había llevado a la muerte! Mi Rosalín.
Rosalín, repetí en mi mente, y entonces me asusté por el asombroso parecido que tenía la mujer del retrato con mi joven amada.
―Tardé varias semanas en llegar a
Aquel hombre estaba delirando. ¿Cómo pretendía que creyese tan absurda historia? Pero aún me quedaba más por escuchar.
―El pueblo seguía como lo había dejado meses atrás. Sus calles limpias y sus gentes sanas y alegres. Pero yo tenía un deber, la obligación de ofrecerles a aquellas personas lo que yo tanto había reivindicado, sueños, motivos por los que despertarse cada mañana. Todo aquello que escribía se cumplía, podía escuchar sus pensamientos y sus conversaciones y corroborar que se plasmaba en sus vidas lo que yo establecía. Y así lo hice durante mucho tiempo, tanto que mis huesos se hallan cansados y mi corazón débil. ―entramos en el despacho y sin soltar la pequeña pintura enmarcada, rebuscó entre los papeles―. Estaba bien jugar a ser Dios, pero me entró una duda, quería saber que soñaban cuando dormían, cuales eran sus inquietudes. Fue entonces cuando supe que había errado en mi conducta, que siempre había estado equivocado.
Se agachó, recogiendo un papel que aparentaba ser muy antiguo.
―Qué es lo que descubrió ―quise saber, un poco más interesado en el imaginario cuento de mi maestro. Si me estaba probando, no iba a conseguir atraparme en su juego. Me resistía a creerme toda aquella historia, sin embargo, reconocía que no existiría relato creíble para explicar lo que yo había descubierto en aquellas habitaciones.
―Sus pesadillas ―esta vez la mueca que realizó si fue un amago de sonrisa, una sonrisa lacónica y triste.
―Las pesadillas ―repetí.
―Sí. Las pesadillas. Descubrí que aquellas gentes que yo iba moldeando a mi antojo tenían sus propias ilusiones, y no precisamente grandes cosas como yo les iba designando, sino pequeños deseos como el ver crecer a un hijo, llevar un bonito vestido a la fiesta de Pascua, compartir un bizcocho con sus amigos o disfrutar de un bien día junto al río. Los sueños que yo les daba, anulaban aquellos que debieron de haber tenido, convirtiendo esos deseos propios en resquicios del subconsciente, mortificándoles cuando dormían.
«Mis visitas nocturnas se hicieron habituales, mientras disimulaba que escribía en el despacho espiaba sus pesadillas, y por la mañana plasmaba su futuro. Sin embargo las pesadillas no cesaban y nunca han cesado, porque ellos están muertos, y jamás cumplirán sus sueños.
Aquello me confundió, si es que no lo estaba ya por completo. Seguí a aquel hombre que para mí era aún más desconocido de lo que siempre fue. Nos introdujimos nuevamente en la habitación de los dos candelabros.
―Entonces… ―tuve miedo de preguntar―. Yo…. ¿Quien soy?
―Una noche recordé parte de la carta, algo que aún no te he contado ―supuse que mi pregunta se haría esperar-. La tinta, todo el poder estaba en la tinta. La carta establecía que cuando el bote de tinta llegara a la mitad, el que había sembrado debería recorrer el dolor para poder olvidar. Fue cuando llegue a comprender las primeras palabras de Rosalín. Los recuerdos, el dolor, los sueños y la esperanza.
Me miró fijamente, apreciando mi anonadado rostro.
―Rosalín no me ofreció el paraíso, sino su particular venganza. Yo debería sufrir y sentir todos aquellos sueños que les fueron negados a ellos.
Recordé las primeras palabras que escuché de él.
―Tú eres yo.
Era el colmo. Demasiadas sandeces en una sola noche. Caminé hacia la puerta que conducía al pasillo, pero algo, supongo que el deseo de escuchar el final de aquella historia, me detuvo.
―Continuad ―insistí.
―Como intentaba explicarte, somos la misma persona ―su cansancio aumentaba notablemente―. Aunque en realidad…. ―sonrió―, perdón, he equivocado mis palabras pues ya no se que es realidad y que no. Quise decir, que la verdad es que tú no eres más que el reflejo de lo que yo quise ser, incluso has elegido a la misma mujer que yo.
―¿Rosalín?
Volvió a acariciar el retrato de su mujer.
―Ella siempre ha estado conmigo en este… ¿lugar? En fin, tú eres por eso lo que yo sembré y has de cerrar el ciclo de esta maldita existencia. La tinta hace días que roza su ecuador, ahora te toca a ti lo más difícil.
Le miré interrogante. ¿Yo? Que sabía yo de maldiciones y lugares malditos, además, no se suponía que yo no existía, que era un simple reflejo.
―El olvido es un candado que cierra los corazones humanos. Los recuerdos una llave que habré las heridas del pasado. Te ofrezco el dolor y la puerta a la esperanza, pero también la redención y la paz ―repitió las palabras de su Rosalín―. Yo he cumplido mi parte, tú debes abrir los recuerdos, el dolor del pasado y cerrar cada herida.
Yo estaba perplejo. Aún recuerdo sus palabras, el tono cansino de su voz y aquella mirada incisiva.
―Escribe cada uno de los recuerdos, de los hechos que hemos vivido, experiencias buenas y malas. Cada cosa que escribas se olvidará a continuación para los muertos, pero quedará en la mente de cada uno de aquellos que nos quisieron en vida.
―¿Y que pasa con los muertos? ―quise saber.
―Eso lo descubrirás cuando termines tu tarea ―se acercó. Nunca le había tenido a tan escasa distancia―. El sufrimiento te acuciará en algunos momentos, los recuerdos son dolorosos a veces, pero confío en ti. Además, no estarás solo.
Mi maestro se acercó a una de las esquinas más sombrías y allí quedó, sujetando el retrato de su familia. Cerró los ojos y suspiró, fue entonces cuando por un instante pude ver en su rostro la lozanía del hombre que fue antaño.
Al día siguiente desperté en el suelo de la alcoba transformada. De mi maestro no hallé rastro, salvo una anotación realizada con mano temblorosa y con la tinta especial sobre un pergamino muy antiguo, en la que decía:
“El cenit antecede a la luz, el mar a la tierra.
Para Él fue la última sombra,
pero nadie le vio desembarcar en la noche.”
Sin duda pertenecía a su último designio y también a su despedida.
Agarré con delicadeza la pluma e introduje con ligero nerviosismo la plumilla en la tinta negruzca, eligiendo el primer recuerdo a ser borrado en este lugar maldito, y entonces escribí un nombre, su nombre, el cual fue olvidado para siempre.
martes, 3 de junio de 2008
EL AVE DE NEPAL
Escuché por tercera vez el sonido del gong, mis pasos se aceleraron y los latidos se precipitaron al ritmo de las vibraciones del habitual llamamiento. Corrí, recitando mis oraciones, cerrando los ojos, conociendo perfectamente cada metro, cada rincón y cada piedra de aquel hogar, antiguo pero resistente. Entonces lo escuché bajo mis pensamientos, disimulado por los rezos de los monjes y el murmullo matinal. Me paré sin abrir los párpados, dejándome llevar por aquel sonido, localizándolo, explorando cada sinfonía de sus notas, cada palabra sin ser palabra, y una vez notada su presencia me atreví a mirarlo. El reclamo procedía de una hermosa y extraña ave cuyas plumas grisáceas y marrones no quedaban deslucidas entre los colores del lugar. Silbé aclamando su atención, vergonzoso ante la burda comparación de mi ruido con el canto del nuevo miembro de la comunidad. Alcé mi brazo queriendo rozar su pequeño cuerpo, retenerlo, guardarlo para mí. El ave se giró permitiéndome admirar el pulcro plumaje de su pecho, observó el movimiento de mi mano y emprendió el vuelo ocultándose tras los tejados, perdiéndose en la libertad.
Durante días mantuve la esperanza de volverlo a ver y preguntándome si de no haber querido encerrarlo entre las rejas de mi egoísmo, aún permanecería embargándonos con su magnífica y singular presencia.
jueves, 29 de mayo de 2008
LILITH 3
sábado, 24 de mayo de 2008
El asalto y el sabueso
"sssssssssssss"
Santi salió serpenteando a través de la solitaria salida, susurrando apenas sin saliva y dejando un rastro de sal que surgía del nauseabundo saco. Sólo tendría que saltar los tres escalones y sobreviviría al desafortunado encuentro.
Tres salchichas y dos lonchas de salami sumaban su especial hurto en aquel asalto inesperado al hostal de Madame Sabrina. El sabor de las delicias escondidas en la despensa, le habían sacado por un momento de su desesperante hambruna, saciando durante escasos segundos el espacioso estómago.
Sin mirar sobre su hombro y perseguido por su sombra, Santi sacó un escalpelo subastado entre los indigentes del Salón de
viernes, 16 de mayo de 2008
UN RINCÓN EN EL PARAÍSO
XIV CERTAMEN LITERARIO "PLAZA DE LA LIBERTAD"-MOTRIL 1º PREMIO
María preparaba con tesón unos jugosos tomates para la ensalada, mientras Manuel tejía una cesta con el mimbre recogido durante la primavera. Aún recuerdo el imperioso caserío, en cuyo interior se fundían el olor a esparto, madera y pan recién horneado. Las gruesas paredes de piedra permitían que aquellos veranos no se hiciesen tan calurosos. Pese a que aquel idílico lugar lejos de la ciudad, rodeado de montañas y un verde casi extraño a la paleta de colores de cualquier pintor, se ubicaba en una zona privilegiada de los bosques norteños, parecía que portábamos siempre en nuestra maleta parte del agosto del Sur.
Mikel y yo nos refugiábamos en el ático buscando las arañas “pataslargas” que se escondían entre la multitud de objetos olvidados en aquélla estancia. María después nos preguntaba qué hacíamos allí arriba tanto rato. Nosotros nos mirábamos cómplices de nuestro delito mientras escondíamos el bote de cristal lleno de nuestras presas. Manuel nos guiñaba un ojo, pues él era quien nos indicaba los mejores rincones para capturar a los inocentes insectos. El tiempo durante aquellos veranos pasaba inadvertido para nosotros, repleto de juegos, aventuras, excursiones al río y en general de experiencias que jamás he olvidado. Mis padres regresaban a principios de septiembre, casi cuando mi mente ya había empezado a reemplazarles por el cariño de aquellos dos ancianos que con tanto tesón me cuidaban. Entonces yo les avasallaba narrándoles todas mis hazañas y las cosas aprendidas, mientras ellos me miraban simplemente con una sonrisa como si entendiesen perfectamente de lo que les estaba hablando.
Pese a que las vacaciones llegaban a su cenit, los últimos días siempre eran los que más me gustaban. El otoño se anticipaba en la zona y los adultos nos obligaban a cambiar nuestros bañadores por la rebeca. Mikel y yo nos introducíamos entre los abetos y las ayas para escuchar el singular sonido que provocaba el viento en su travesía entre las ramas. Nos agarrábamos de la mano y cerrábamos los ojos deseando comprender un lenguaje oculto en la naturaleza que nos revelase y aclarase todas las dudas que nos surgían a aquella tierna edad. A decir verdad, muchas son las cosas que he ido comprendiendo a medida que crecía, pero otras tantas aún quedaban en un pequeño rincón deseando ser regadas con respuestas.
Mucho tiempo después, rondando el año 1989, acababa de pasar un duro momento tras la muerte de mi hijo. A raíz de aquello mi matrimonio se tambaleaba y yo no lograba darme cuenta de que debía de luchar por lo que aún me quedaba. En lugar de intentar levantar un hogar que había quedado vacío de alegría y candor, escapé de la situación, huyendo al único lugar donde imaginaba que podría encontrar respuestas. Dieciocho largos años me separaban de mi último verano en el caserío, pero he de reconocer que descubrí, si no las respuestas que ansiaba hallar, si una paz que fue mi bandera para continuar con mi vida.
Mientras avanzaba por el sendero que conducía a la vivienda, observé las montañas y el bosque de una forma distinta. Parecía como si el tiempo no hubiese transcurrido, el paisaje permanecía perenne en su hermosura, pero para mi había una primera vez. Jamás había visitado la zona en pleno otoño, con las hojas cubriendo la hierba y los árboles llenos de naranjas, rojizos y ocres, así como algunos verdes que aún deslucidos, se resistían a dejarse invadir por los fieles colores de finales de octubre. El corazón se aceleró cuando alcancé la puerta del caserío. De la chimenea surgía un constante humo y desde el exterior pude apreciar el olor a castañas asadas, leña y hogar. Llamé con fuerza pero con cierto temor. Tras la puerta se escucharon unos rápidos pasos, la madera crujió al descorrer el cerrojo y a un niño salió a mi encuentro. Mientras me quedaba bajo el umbral absorta por la imagen de aquel jovencito que se parecía enormemente a Mikel, dos voces me llamaron obligándome a pasar. María preparaba la mesa colocando con delicadeza una vajilla de flores sobre un antiguo mantel de cuadros rojos y Manuel cocinaba junto a la leña, azuzando con energía la lumbre. A pesar de que sus cuerpos me resultaban más menudos y menguados, ambos conservaban el rostro risueño de antaño y con los primeros abrazos me reencontraron de nuevo con el cariño que en la infancia me habían dispensado.
Aquel niño tan agradable pero que me miraba con cierto recelo se llamaba Samuel, y era el hijo de Mikel, así como Sandra, una pequeña niña de piel sonrosada que dormía plácidamente en el desván y que una vez sentada a la mesa no paró de enumerarme los extraños objetos que había encontrado allí arriba. Me contaron que llevaban viviendo en el caserío varias semanas y que Mikel llegaría dentro de algunos días. Sus voces variaron a un tono que Manuel pronto disimuló ofreciéndome más ensalada, pero pude advertir cierta tristeza.
Efectivamente, cinco días después llegó Mikel acompañado de una lozana mujer, Ane. La forma de llegar sin embargo, me impresionó sobremanera. Ambos bajaron de una ambulancia junto a una enfermera que acompañó a Mikel a una habitación donde le acomodaron. Yo me quedé apartada de aquella escena, muda, temerosa de preguntar, mientras los niños abrazaban a su padre y los asistentes adornaban la estancia con monitores, máquinas y demás material médico.
Cuando todos abandonaron la habitación yo aún permanecí sobre el último peldaño de la escalera, tanteando con el índice la madera de la barandilla hasta que oí a mi viejo amigo: “Taco, ¿piensas quedarte ahí toda la tarde?” Me sorprendió que me hubiese reconocido. Aquella frase me llenó de forma especial, parece una tontería, pero volver a escuchar después de tantos años mi apodo en boca de quien me lo puso me rejuvenecía, me trasladaba de nuevo a un mundo sin preocupaciones, sin dolor. Me acerqué y le tomé la mano, casi temerosa de acariciarle, pero él se incorporó y me abrazó. “Me estoy rompiendo, pero aún puedo ahogarte con un abrazo después de tantos años”.
Durante los días siguientes me fui poniendo al tanto de la enfermedad de Mikel, de su vida, y de que tras muchos intentos de derrotar al cáncer, había tomado la decisión de disfrutar sus últimos momentos en el lugar que más le gustaba, pese a la oposición de los médicos. Mikel viajaba todas las semanas a la ciudad para recibir lo que el llamaba con humor “la última dosis de estúpida esperanza médica”. Yo poco a poco arrinconaba mi propia angustia dónde nadie pudiese apreciarla, incluso llegó un momento en que parecía haber esperanza para todos. En esos lapsos los niños jugaban y reían, Ane me contaba graciosas anécdotas de su esposo durante el noviazgo, y yo observaba la grandeza de aquella familia, unida, indestructible, poseedora de una extraordinaria entereza. Nunca observé aflicción, rendición o tristeza en sus rostros, sino una fuerza increíble que eran capaces de transmitir a todos aquellos que compartíamos con la pequeña familia los largos meses de invierno.
Una mañana cercana a la primavera encontré a Mikel sobre la repisa de la ventana. Su aliento surgía lento hasta tropezar contra el cristal, con su mano amoratada por el suero limpiaba la parte ahumada permitiéndole el acto observar completamente el exterior. Los viajes a la ciudad se habían suspendido y cada vez eran más largas las estancias en la cama. Fuera la nieve se derretía lentamente y el sol aún no lograba llegar con la suficiente fuerza. La nueva estación ser resistía aunque los primeros síntomas de su nacimiento daban al paisaje un semblante nuevo. Observé a Mikel durante minutos desde el umbral, viendo el repetitivo comportamiento de mi amigo, que ahumaba y frotaba el cristal constantemente. Dudé si entrar o no en su mundo particular, pero al final quise participar y conocer qué era aquello que mi amigo miraba abstraído en la distancia. Él se mostraba abatido, nervioso, pudiendo llegar a definir su estado como desencantado. Por primera vez en tantos meses descubría en aquella habitación a una persona enferma, sufridora.
“Taco, ¿crees que aún silbarán para nosotros los árboles del bosque? Susurró cuando me situé junto a él. Aprecié su voz lejana y unos ojos que mostraban signos de rendición. Miré a través del cristal preguntándome si yo vería lo mismo que él. Entonces me separé, lo suficiente para buscar en el ropero una manta que coloqué sobre sus hombros. Apoyé su cuerpo sobre el mío, dándome cuenta de lo poco que pesaba. Le arrastré escaleras abajo rezando porque nadie viese mi osadía. Abrí la puerta y salimos. Mikel no preguntaba, no cuestionaba mi impetuoso acto, no se negaba a ser arrastrado por mí. Caminamos hasta el borde del bosque. Me detuve, pero él siguió paseando su cuerpo sobre la hierba regada con la nieve derretida. Finalmente interrumpió su avance y buscó mi mano. No recuerdo exactamente cuanto tiempo me mantuvo allí apretándome con fuerza. “Ahora sí”, dijo mientras sus pulmones se llenaban de aire y una sonrisa se formaba en su cara. El viento surgió dejándose mecer por las ramas, provocando un sonido musical. “Por fin me revelas las notas de tu sinfonía”, gritó Mikel con tanta fuerza que pensé que me arrastraría al suelo. Entonces yo también escuché aquel extraño mensaje de la naturaleza. Cerré los ojos, precipitándome hacia una época distinta, infantil, comprendiendo finalmente el lenguaje de la vida.
Días después di por terminado mis particulares vacaciones y regresé a mi casa. En mi última visita a su cuarto, Mikel me entregó una sonrisa sincera. La primavera surgiría sin mí en aquel paraíso, María y Manuel continuarían llenando de amor el viejo caserío y el viento seguiría recorriendo los bosques anhelando encontrar un oído que supiese escucharle.
¿Y Mikel? Mi viejo amigo aún me manda postales después de tantos años, las cuales comparto con mi marido y mis hijos, deseando que alguna vez ellos también encuentren respuesta a las preguntas que la vida les vaya proporcionando.
jueves, 1 de mayo de 2008
El primer recuerdo
La carretilla dejaba de utilizarse para su oficio habitual, para convertirse en divertimento para la pequeña Mayte. No recuerdo quién ni porqué, en lugar de brindarme con una piscinita de plástico, me colocaban sobre el metal bañado por el sol durante toda la mañana. El agua se balanceaba alrededor de mi barriga, mientras que mis cabellos y las rosadas mejillas se mojaban cuando mis manos rompían el líquido material provocando inmensidad de gotas voladoras. León, el sabio perro de Mamica, vigilaba que nadie me molestase, ahuyentando a los gatos que, extrañamente, pretendían compartir mi baño. Se que me vigilaban sentados bajo el techado de caña y esos racimos de uva que pendían entre los huecos, pero en mi recuerdo solo están sus voces, animándome, y en mi cabeza la imagen de mi misma, como si mi cerebro hubiese captado todos los elementos y formado una película de aquel momento tan especial.
Lo recuerdo perfectamente, o quizás, esos huecos inexplicables de la infancia se han llenado con fotografías e historias narradas por aquellos que la compartieron.
