domingo, 21 de agosto de 2016
Soy fuego
No lo ví venir mientras se encendían las bengalas del rencor y el dolor iba consumiendo el aire que respiramos. Pero no importa, porque soy fuego, llama que consume, que no se apaga.
Arrastro mis palabras y acabo impregnada con la sal de mis lágrimas, ascendiendo a la locura. Pero no importa, porque soy fuego, calor que arde, que no se enfría.
Perseguir sueños antiguos no hace revivir las pasiones aunque bebamos de la misma copa. Pero no importa, porque soy fuego, ascuas que resisten, que no perecen.
Y porque soy fuego, cual fenix revivo desde el interior de este corazón desgarrado, liberándome, liberándome.
Arrastro mis palabras y acabo impregnada con la sal de mis lágrimas, ascendiendo a la locura. Pero no importa, porque soy fuego, calor que arde, que no se enfría.
Perseguir sueños antiguos no hace revivir las pasiones aunque bebamos de la misma copa. Pero no importa, porque soy fuego, ascuas que resisten, que no perecen.
Y porque soy fuego, cual fenix revivo desde el interior de este corazón desgarrado, liberándome, liberándome.
sábado, 6 de agosto de 2016
Tarde
Y el cielo cayó sobre nosotros, agasajándonos con sus terribles truenos y las mareas de fuego. Pero yo miré con indiferencia sus ojos sin perder de vista el rostro cruel de aquellas palabras que se repetían constantes en mi mente. Adiós le dije, adiós, dejando escapar de mi corazón el único sentimiento que me quedaba.
miércoles, 16 de marzo de 2016
El humor del viento
Simulaba cada movimiento, asimilando el vaivén de las hojas que le acompañaban aquella tarde de otoño en su rítmico baile. La calidez de la mañana le había procurado una agradable temperatura, por lo que rozaba a los viandantes agasajándoles con su suave toque sin que la toscas lanas impidiesen el acto. Tras varios intentos por introducirse en sus casas, fracasó en el deseo de husmear en las instancias, revolver las pertenencias ajenas y dejar huella en su avance, pero centró su atención en una pequeña zona ajardinada, donde una joven recogía sus largos cabellos en una trenza. Corrió, corrió como torbellino pero manteniendo su carácter de brisa cuando se acercó, la abrazó y soltó aquellos mechones rojizos, acariciando las mejillas rosadas y sus largas pestañas. Enredó las vestimentas apretando las curvas de la muchacha, notando entonces el temblor que recorría todo su cuerpo. Temió haberla asustado, por lo que se alejó llevando consigo el aroma de ella, aunque enfurecido por no seguir notando su piel templada.
Dedicado a JR
©Mª Teresa Martín González
©Mª Teresa Martín González
sábado, 2 de enero de 2016
PARTIR ENTRE LLAMAS
Ayúdame
a que el fuego no consuma mi cuerpo, único vehículo de mi alma condenada.
Asegúrate de que los vientos se lleven las llamas y que arrasen con el mal que
se refleja en mis pupilas cansadas.
Rogaré entonces entre gritos de agonía mientras se quiebra la tierra que
piso, que siga la luz escapándose entre las rendijas de la desidia, que mis
cabellos caigan marcando el camino al infierno para que nadie me alcance y que
con cada mirada que haga desde mi trono de llanto sea una advertencia.
Ayúdame
a mantener los recuerdos inalterables porque es lo que quedará de mi ser.
Asegúrate de escribir con líneas de sangre cada retazo de las décadas vividas
con amor y sin rasgo de arrepentimiento. Rogaré entonces mientras graban el
hierro de las cadenas en mi piel que las espinas de azufre no saqueen vuestros
hogares ni el puño del horror llame a vuestras débiles puertas.
Ayúdame
a comprender en mi regreso las pasiones de aquellos destinados a yacer bajo mi
mano. Asegúrate de alejar cualquier signo de esperanza de los primeros de mi
lista porque ellos caerán con lentitud y disfrutaré del desgarro de su carne
mortal. Rogaré por evocar tu nombre cuando llegue el turno de los inocentes
para que tu trance sea rápido e
indoloro, y que reconozca quién fuiste para mantenerte a mi lado hasta
el final de los tiempos.
Siento
cada pensamiento puro evaporarse con el calor de las brasas bajo mis pies y las
páginas caducas de mi historia quemarse al mismo ritmo que estoy perdiendo la
noción de mi misma. Huye de estos brazos que alguna vez te abrazaron, huye ya
de estos labios que besaste, huye mientras se disipa el último retazo de mi
corazón.
©Mª Teresa Martín González
©Mª Teresa Martín González
jueves, 5 de marzo de 2015
No dejo de mirar
No dejo de mirar y sentir que acaba todo. No puedo impedir que mis lágrimas vuelva a viajar donde tantas veces terminaron. No llego a respirar con facilidad cuando necesito seguir adelante. No siento la fuerza para contarle lo que mi corazón pierde con cada palabra.
Sí necesito que los límites queden expuestos a la luz de nuestras intenciones. Sí limpio los capítulos de nuestra historia. Sí acaricio con cierto temor las ilusiones que se abren hacia mí. Sí contesto a la vida con una sonrisa. Sí deseo dejarte atrás, deseo convertir mi vida en millones de tonalidades donde no estás tú. Sí amanezco aún con los ojos llenos de recuerdos.
Pero caminaré, lograré, superaré, venceré, hasta que el susurro de la vida sea mi anfitrión.
©Mª Teresa Martín González
Sí necesito que los límites queden expuestos a la luz de nuestras intenciones. Sí limpio los capítulos de nuestra historia. Sí acaricio con cierto temor las ilusiones que se abren hacia mí. Sí contesto a la vida con una sonrisa. Sí deseo dejarte atrás, deseo convertir mi vida en millones de tonalidades donde no estás tú. Sí amanezco aún con los ojos llenos de recuerdos.
Pero caminaré, lograré, superaré, venceré, hasta que el susurro de la vida sea mi anfitrión.
©Mª Teresa Martín González
jueves, 15 de mayo de 2014
El brillo de una promesa
Brillaba junto a ella, en su sencillez, distraía al ajeno de la importancia de aquél gesto. Lo miraba y remiraba en lo que parecía ser una larga tarde de primavera, pero que en realidad sólo había supuesto unos segundos, intranquilos eso sí, pero un mísero instante que, en aquellas circunstancias, comenzaban a ser una pesada piedra atornillada entre su corazón y la cabeza.
Brillaba junto a ella, deslumbrándola con ensoñaciones y promesas, con poemas de amor que surgían de su cuerpo dorado. Ella en cada parpadeo veía sin embargo cansancio y tristeza, miedo y metas incumplidas, un rostro expectante, un corazón palpitante, pero un alma perdida.
Brillaba junto a ella, como símbolo de una petición, de un paso más que quizás estaba dispuesta a dar, sí, pero no en aquella dirección, dónde los reflejos la dejaban ciega y confundían las señales del camino.
Dejó de brillar, renunció la luz a bañar su corona de diamante. Ella mudó su rostro asombrado para esbozar una ligera sonrisa. Cerró la cajita que contenía el regalo y, mirando a los ojos del portador del obsequio, distrajo su esperanza con un suave pero firme "NO".
©Mª Teresa Martín González
©Mª Teresa Martín González
domingo, 2 de marzo de 2014
EL LATIDO II continuación...
II
―
Milord, el amanecer está cerca y la “vieja” dice que está lista –informó el
soldado mientras hacía un gesto despectivo hacia la extraña anciana que
jugueteaba con restos de huesos cerca de un carro.
El
caballero de los ojos negros cerró los párpados, descansando la mirada que
había mantenido durante largas horas fija en la lejanía, más allá de las brumas
que se levantaban en el lago, puesta en aquellos torreones que le separaban de
ella. Caminó entre los caballos con paso firme, como era habitual en él, y se
detuvo ante la anciana, lo que provocó que ésta se encogiese de temor.
―
Habéis tardado mucho “vieja” –recriminó–, y espero que los resultados me
satisfagan y alejen de mí esta ira que me ha provocado vuestra presencia
durante estos meses.
―
Claro mi señor, claro mi señor –aseguraba mientras bajaba la cabeza y comenzaba
a recoger sus utensilios, dejando mostrar en su rostro una ligera pero bien
perceptible mueca.
El
caballero pisó con su bota uno de los utensilios, a riesgo de dejar bajo el
cuero los huesudos dedos de la mujer. La anciana retiró bruscamente su brazo e
intentó que sus mechones tapasen su cara, pero para él era perceptible sin duda
alguna la sonrisa bajo los grises cabellos.
―
¿Os estáis riendo? Porque será un placer enorme compartir vuestro júbilo cuando
os aparte de mi vista y deje de acompañarnos el hedor de vuestra carne –escupió
– Ahora recoged vuestras cosas y mostrarme el camino –sus iris parecían
conseguir lo imposible, parecer aún más negros.
La
anciana se levantó, se remangó sus faldones y caminó hasta la orilla. Intentó
que sus pies no rozasen el agua maldita. Cogió un puñado de tierra, con
dificultad estiró su cuerpo, alzó los brazos mientras pronunciaba unas palabras
y arrojó el contenido de su mano al frente. Miró hacia atrás apenas un
instante, confirmando que el caballero permanecía allí, alerta. Y entonces
sopló, sacudiendo hacia delante el polvo de tierra que flotaba como si de
pequeños insectos se tratase, mostrando en su avance un puente de piedra roja
sobre las aguas.
―
Montad –ordenó el caballero sabiendo que su voluntad sería inmediatamente
cumplida y haciendo él lo propio–. No quiero trucos, vieja, seréis recompensada
como acordamos a la vuelta –indicó mientras el corcel ponía los cascos sobre
los primeros zócalos del puente. Entonces apreció aquella sonrisa diabólica
entre las arrugas de la boca de la mujer.
―
Entonces me daré por recompensada con vuestra muerte, porque nunca regresaréis –casi
carcajeó–. Ella no os dejará vivir.
El
caballero por una vez dudó, por ahora la leyenda parecía ser cierta: el bosque
maldito, en el que había perdido a más del tercio de sus hombre; el lago negro
de Aguas Turbias que fundía desde la piel mas fina hasta el más rudo metal; el
Palacio de los Siete Torreones en mitad del lago; y el camino secreto que
conducía hasta su gran puerta de sangre. Pero en su corazón no había miedo, no
temía que aquellas piedras rojas que les sostenían y que se movían al paso de
su trote, desaparecieran y les dejaran a ciegas en mitad de aquel infierno de
líquido oscuro, no temía la puerta de sangre cuyo color empezaba a apreciar en
la distancia y al ser que había detrás de los muros de la fortaleza, no, no
temía a la muerte, pero una congoja le invadía cuando pensaba en lo que
supondría su derrota. Rozó suavemente el zurrón, sintiendo entre su poderosa
mano lo único que les garantizaría la victoria.
Sus
pensamientos se detuvieron cuando ante ellos comenzó a vislumbrarse el brillante
rojo de la gran puerta. Si bien no era sangre lo que formaba las dos enormes
hojas, los rubís que la cubrían en toda su extensión eran de un rojo tan
cristalino que reflejaba el movimiento del agua, lo que provocaba la ilusión de
ser un torrente de sangre.
Continuara…
Continuara…
Primera parte en http://elvuelodealasnegras.blogspot.com.es/2013/09/el-latido.html
©Mª Teresa Martín
González
sábado, 7 de septiembre de 2013
EL LATIDO
Quizás la noche más oscura que
había caído jamás sobre aquella avejentada fortaleza. Lejos de enorgullecerse
de los salones desvencijados que otrora fueron atractivo de las fiestas de la
familia Londstand, mantenía con soberbia sin embargo, los siete altos torreones
que se podían divisar desde la cabaña al otro lado del lago de Aguas Turbias.
Cinco eran los jinetes que, aposentados sobre sus caballos, observaban con
cautela el pequeño mar que ante ellos se desplegaba como una alfombra de
sombríos y lúgubres secretos. Uno de ellos levantó la mano, girando su rostro y
observando a través del yelmo con sus extraños ojos negros. Otro de los hombres
se llevó un cuerno a la boca y mientras que el resto bajaba de sus monturas,
hizo sonar el objeto llevando el estruendoso sonido a través del Bosque de
Llena. Después, regresó el absoluto silencio, roto nada más que por el extraño
latido que surgía del interior de un zurrón.
Elya
dejó el pincel sobre la mesa. El aviso llegado desde la orilla no había pasado
desapercibido para ella, ni para el cuervo que inquieto se movía en el
alfeizar. Limpió los restos de pintura en sus vestimentas y salió de la recámara.
“Ya han llegado” susurró con una voz
que apenas reconocía como la de ella. Intentó no arrastrar con sus ropas las
numerosas telarañas que se habían ido formando durante décadas en el pasillo y
en las escaleras que descendían a las estancias inferiores. Sabía que no se
atreverían a entrar hasta el amanecer, pero para entonces, estaría preparada.
…mientras tanto, en un lugar lejos de allí…
Miraba taciturno al noble, detrás del biombo
construido con las dudas y desconfianzas ajenas. El rojo y el púrpura peleaban
por ser el color que más resistía al oxido que consumía el escudo familiar,
mientras las llamas del tiempo devoraban los tapices, los muebles e incluso la
vieja escalera que abría sus brazos hasta el gran balcón. De vez en cuanto
vaciaba de aliento su pecho, esperando que con cada suspiro volviera a palpitar
su corazón como lo hizo antaño, con ritmo, emoción, al fin y al cabo, con vida.
Igual que las cortinas que rasgadas se habían dejado llevar poco a poco,
trocito a trocito, por el viento que entraba por la ventana, él se dejaba caer,
vencido.
―¡De que os sorprendéis! –replicó
frente a su interrogante mirada– ¿No me habéis llamado acaso? ¿No rogáis cada
día de vuestra miserable existencia lo que yo os puedo ofrecer?
Un lamento salió de sus huesos del hombre
cuando su acompañante hizo ademán de coger su desvencijada espada. Se acercó, reprimiendo el
acto de colocar sus manos sobre aquel cuello y hundirlas en su carne. “Aún no, aún no”.
―Supongo que es un regalo,
digamos...divino –susurró, imitando las palabras que antaño habían surgido en una
primera conversación muchas, muchas décadas atrás.
―Me engañaste –apenas salía un
hilo de voz.
Sonrió ausentándose de la
mirada suplicante del hombre, provocando que él aumentase el temor y angustia. Se
acercó aún más para robar sus pensamientos, cauteloso para evitar contagiarse
de la agonía de aquel incauto que una vez lo quiso todo a cambio de lo único
que ahora serviría como moneda de cambio por su vida.
―Es un verdadero calvario ver
morir poco a poco a tus seres queridos, ver que el tiempo avanza y tus hijos
son abrazados por el descanso eterno –se enfrentó a su rostro con una sonrisa
que provocó la caída instantánea de sus párpados– pero lo es más el envejecer y
darte cuenta de que tu cuerpo y mucho menos tu alma, nunca alcanzarán esa paz. ¿Es eso lo que deseabas realmente aquella noche en la que nos conocimos?
Una ligera brisa removió la
estancia, trayéndole un olor conocido. Ella estaba cerca. Podía notar su
presencia, le resultaba agradable pero ahora no le interesaba que posase sus
manos sobre su "socio" y su aciago destino, que en cierta forma, le
pertenecía.
―¿Podrás con ella? –el hombre consiguió
esbozar una pequeña sonrisa con sus labios comaldos de yagas pese al temblor que recorría cada uno de sus huesos humanos.
―Vaya. Era demasiado desear
que no se hubiese hecho notar. Por lo que he de cambiar mis planes, llegó el
momento, nuestro acuerdo finalizará esta noche.
Puede que tuviese razón,
bastante había disfrutado ya con el sufrimiento de ese indeseable. Quizás el trato
llegase a su término antes del amanecer, pero eso no le evitaría disfrutar de
unas cuantas horas, siempre que lograra convencer a la dama cuyos pasos ya se
escuchaban detrás de la puerta de roble.
Continuara…
©Mª Teresa Martín
González
domingo, 14 de abril de 2013
El honor y la batalla
Alzó alto el brazo y sonrió mientras bajo sus pies el imperio
sangraba. Reflejado en los agresivos ojos de su enemigo golpeó su furia contra el insensato que había osado retarle. La mueca sorpresiva de su adversario en aquel
duelo entre samuráis, se transformó en un rictus inexpresivo, indefinido,
mortal. Sus ancestros, que como aquella noche mil batallas habían vencido, se
mostrarían agradecidos por su honor y valía. Rió con la katana fija en su
mente, abriéndose paso en el mar de desesperación mientras que los cinco
elementos le acompañaban, le mecían apesadumbrados y rabiosos ante aquel
frenético caos. La noche se oscurecía aún más con el pesar de las almas
errantes, de los samuráis atraídos al jigoku.
Las flores del cerezo blanco se tiñen de rojo. El amanecer
no traerá otro día, sino el despertar de
una era en la que las hojas de acero se mantendrán en un obi de seguridad
y paz. Pero aquella noche maldita arrastraría junto a la victoria, el fuego y
devastación de una tradición, de un pasado en que las calles de Kyoto o de Edo
se vestían de gala para recibir a sus memorables guerreros.
Por última vez miró más allá de los caídos y de los cuervos
negros invitados al festín. Se arrodilló, ofreciendo una reverencia en su
locura. Porque el perfume a cerezo blanco no se mantendría en aquella nueva
era, gestada entre sangre y muerte.
© Mª Teresa Martín González
sábado, 30 de marzo de 2013
SIN TÍ
Adoraba sentir el poder de mi voluntad sobre su pequeño cuerpo de madera. Disfrutaba controlando sus brazos y sus piernas, dirigir su rostro de cerámica hacia el público. Pero los hilos han dejado de mandar sobre ella, ya no puedo respirar, no puedo manejar sus actos, ya no puedo sentir los aplausos indirectamente recibidos durante tantos años. Qué será de ella sin mi, que será de las tardes en el parque, que será del telón que se abría para descubrir sus cuentos.
¿Por qué no se abre el telón? ¿Por qué no se apartan las cortinas? Quiero escuchar las risas de los niños. Ya es por la tarde, ¿por qué no siento tirar de mi cuerpo, por qué no me hacen bailar? Quiero moverme pero estos hilos no se estiran como otras veces, ni oigo esa voz que me habla antes de iniciar la sesión y narra los cuentos como si fuera yo. Quizás pueda levantarme y andar sin él, o esperar, al fin y al cabo no se hacer otra cosa.
¿Por qué no se abre el telón? ¿Por qué no se apartan las cortinas? Quiero escuchar las risas de los niños. Ya es por la tarde, ¿por qué no siento tirar de mi cuerpo, por qué no me hacen bailar? Quiero moverme pero estos hilos no se estiran como otras veces, ni oigo esa voz que me habla antes de iniciar la sesión y narra los cuentos como si fuera yo. Quizás pueda levantarme y andar sin él, o esperar, al fin y al cabo no se hacer otra cosa.
© Mª
Teresa Martín González
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