miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL CUENTO DE SELENE

Relato integrante del libro Copos de Nieve, realizado por el Taller de Escritura Creativa Guadalfeo.


     Selene se acercó a sus hijos y les brindó un sonoro beso en la mejilla. Llegaba el momento en el que la casa se quedaba en silencio y los juegos daban paso a los sueños y a la tranquilidad. Apagó la luz después de acomodar a sus dos chiquillos entre multitud de muñecos de trapo y un cobertor creado a partir de retales de viejas mantas. Caminó sonriente a lo largo del pasillo, cogiendo el lápiz situado en su oreja y llevándoselo a los labios. Finalmente pasó a una habitación que se iluminó instantáneamente al entrar. La puerta se cerró y ella, como cada noche susurró “Buenas noches mis pequeños, ahora es momento de trabajar”.
     En el cuarto sólo había un ventanal al que cubría una roída cortina, la humedad de las paredes formaban deformes figuras cuyos bordes habían sido repintados en esas horas largas de creatividad. Selene se sentó en una sillita que apenas soportaba su cuerpo de adulto, abrió el cuaderno y comenzó a escribir sobre la mesa de reducidas dimensiones. Entonces la estancia se llenó de colores que alumbraron cada rincón, surgieron seres alados, objetos brillantes que danzaron alrededor de ella, flores que se dibujaron en el suelo, regaderas de madera que hacían brotar raíces de las esquinas,  muebles discutiendo sobre la decoración, y una serie de personajes singulares que reían y jugaban,  mientras Selene imponía sus particulares normas.
   Aquella noche un leve llanto se dejaba apreciar entre los renglones de la historia que emanaba de la imaginación de la escritora. Un llanto lejano, enternecedor.

     Bibiel recogió amargamente entre sus diminutas manos los pedacitos de la esfera escarlata. El tesoro más hermoso del árbol de navidad había resbalado entre sus dedos precipitándose contra el suelo. Muchas más bolas navideñas adornaban el abeto, la Esfera de Plata, la Esfera Celeste, la Esfera Esmeralda, la Esfera Dorada y otras tantas que sin tener el privilegio de ser admiradas por su poder y belleza, engalanaban el árbol con acertado encanto. Sin embargo, la falta de una de sus hermanas no pasaría desapercibido para el Consejo, los reprochadores ojos de los ancianos caerían sobre ella sin remedio, condenándola fuera de los jardines, exiliándola a las Tierras Yermas del Este. Bibiel envolvió con cuidado los trocitos de aquella tragedia en una prenda de terciopelo, arrancó varios de sus mechones anaranjados con los que trenzó un fino cordel que deslizó alrededor de la tela, secó las lágrimas con la manga de su chaqueta y escondió el preciado objeto en su zurrón, implorando para que nadie prestase atención al árbol antes de que ella consiguiese subsanar su error. Sólo el más sabio de todos los habitantes podría asesorarle, Domenaicus, alquimista y trasnochador incorregible,  quien tras varias horas divagando mientras separaba las especias en distintos botes, dedujo que la solución se encontraba fuera del país. Y más allá de las fronteras es donde la joven tendría que encaminarse.
   Deslizó su cuerpo por los pasillos, esquivando a los Maestros del Invierno, que solían hacer acto de presencia en cuanto aparecían las primeras nevadas. Dentro de dos semanas llegaría el Día de Navidad, tiempo de plazo para solucionar el problema. Salir del Gran Palacio del Jardín Imperecedero no supondría demasiado esfuerzo puesto que años atrás había descubierto cual de las ciento quince puertas daba al Vergel de la Luna que a su vez conducía al mundo exterior, prohibido para los jóvenes de su casta. Seguir los mapas de Domenaicus El Sabio resultaría algo más complejo y una acto de enorme imaginación.
   Tres jornadas tardó en dejar atrás su hogar hasta llegar a las primeras casas, fuera del límite del Gran Palacio del Jardín Imperecedero. Las viviendas iban en aumento a media que se acercaba a la aldea de Viento Alegre. Los vecinos se preparaban para las fiestas que se avecinaban, colgando racimos de extraños objetos brillantes en las puertas y luces alrededor de los filos de sus tejados nevados. Bufandas formadas por deslumbrantes hilos, angelitos de madera, estrellas blindadas con papel de argenta. Aquel pueblo rebosaba espíritu navideño, y en cada aldeano se mostraba una agradable sonrisa. “Busca a la Princesa Parsimonia, ella podrá ayudarte”, le había dicho Domenaicus. “Pero, ¿dónde podré encontrarla?”, preguntó a continuación Bibiel, segura no obstante de que el sabio, ahorrativo tanto en jabón como en palabras, ya había soltado su cupo aquel día.
     Palpó con cuidado el extremo izquierdo del zurrón colocado a su espalda. Rebuscó en su bolsillo varias monedas y se dirigió a la “Posada del Cansado”, tal y como rezaba el curioso nombre en el cartel que pendía peligrosamente sobre la puerta.
     −Agua de Saldul, por favor –aclamó la atención del tabernero.
     −Tiempo hace, sí, mucho tiempo, que nadie reclamaba esta bebida –reconoció gozoso el hombre−. Aunque no es del gusto de las gentes de por aquí, es de lo mejorcito que tengo. La elaboro yo mismo en primavera, con los adecuados conocimientos y paciencia, nace el mejor licor de toda la región.
     El hombre no ahorró en detalles narrando la técnica de la preparación de lo que él consideraba su gran invento. Bibiel le escuchó atenta, escéptica ante la idea de que detrás de cada uno de sus sorbos realmente hubiese tantas horas de investigación y trabajo como hacía suponer el posadero. Sonrió mientras intentaba tragar el mejunje disimulando el ardor de su garganta. La primera vez que oyó hablar del Agua de Saldul fue en la Sala de Reuniones del Consejo, escondida tras un biombo que ninguna utilidad tenía más que la de ocultar las miles de actas de las sesiones que durante decenios se amontonaban sin que nadie osase ordenarlas. A los Consejeros parecía encantarles la bebida, y se pasaban la mayoría del tiempo hablando de su procedencia y  detallando las innumerables propiedades curativas del licor, en un intento de excusar su afición. Bibiel aguanto estoica el último trago. Sabía que si existía alguien en aquel lugar que pudiese darle la información deseada, ese era el dueño de la Posada del Cansado, creador de aquel espantoso líquido y viajero incansable en su juventud.
   −¿Sabéis dónde vive la Conocedora de los Destinos, la Madre de los Tiempos, la Concededora de Deseos, la Dama de los Imposibles? ­−preguntó en susurro Bibiel.
   −Hacía tiempo que no escuchaba tantos apodos de la Princesa Parsimonia −río provocando que Bibiel abriese los ojos de forma desmesurada.
   −Entonces, ¿sabéis dónde puedo encontrarla?
    El posadero se cruzó de brazos, utilizando su mano izquierda para acariciar inconscientemente su codo derecho.
    −El Palacio del Suspiro es fácil de encontrar, sólo hay que seguir las indicaciones.
    −¿Indicaciones? −repitió removiéndose en su asiento.
     −Bueno, realmente lo de las indicaciones, en mi opinión, es una burda leyenda para esos flacos aventureros de hoy en día. Yo conocí a la Princesa Parsimonia por casualidad y fue ella quien me llevó a su residencia. Si mal no recuerdo, en aquel entonces yo pertenecía a una expedición en las tierras del Este, pero no sabría decirte exactamente −finalizó encogiendo los hombros.
     −Pero las tierras del Este son muy grandes –se desanimó.
     Bibiel rebuscó en su zurrón y extrajo uno de los planos de Domenaicus. El posadero se sorprendió de la antigüedad de los dibujos, los remiró, olió y palpó, colocándolos a contraluz, para finalmente concluir con una negación. La joven salió desmoralizada de la posada, cabizbaja y con una botella de Agua de Saldul de regalo. Poco había sacado de su primera escala en el viaje, pero sería suficiente para redirigir sus pasos hacia el Este, que si bien la extensión suponía un problema, quizás encontrara esas indicaciones o señales si prestaba atención.
     Durante dos jornadas mantuvo el peso de la culpa arraigado en su corazón. ¿Volver? Podría ser la solución, contarlo todo, explicar que fue un descuido, aguantar el castigo y abrigar la esperanza de que no fueran muy duros con ella. No. Regresar supondría aceptar nuevamente un fracaso, y por primera vez necesitaba que sus planes saliesen bien. Además, cualquier castigo no sería peor que el soportar las crueles miradas de todos, acusándola de perturbar la Navidad. Los días siguientes apaciguó su soledad conversando con algunos comerciantes y viajeros a quienes preguntó sobre la Princesa Parsimonia. Los comerciantes lograron sacarle algunas monedas a cambio de unos cuantos utensilios inútiles que fue amontonando sobre su espalda, aunque ella logró algo de información, que si de poco le sirvió, al menos la ilustró de lo perturbada que puede estar a veces la mente de los humanos. Algunos decían haberla visto, otros hablado con ella, y los más atrevidos juraban y perjuraban poseer cabellos de la Princesa a buen precio.
     Al atardecer del octavo día se adentró en una extensión yerma, donde las montañas daban paso a enormes llanuras que permitían la visión del horizonte en toda su extensión. Cuanto más se adentraba en el lugar, más pequeña le parecía su estatura en comparación con las rocas gigantescas que, como único adorno, se distribuían sin orden alguno. De vez en cuando manadas de caballos pasaban junto a ella al galope, mostrando sus hermosas crines y presumiendo de libertad. Finalmente llegó a una aldea muy pequeña cuyos habitantes la acogieron con extrema curiosidad. Las casas estaban compuestas de tela y troncos, constituidas por una sola habitación en cuyo centro bailaba constantemente una hoguera que desprendía multitud de olores agradables y humo de extraños y diversos colores. Los miembros más pequeños acariciaban la melena de Bibiel sorprendidos por su tono anaranjado, pero era la pequeña extranjera quién más atónita observaba los largos cabellos negros de sus nuevos amigos cubiertos de plumas, sus pieles curtidas por el sol y la enorme facilidad que tenían para comunicarse con todos los animales que rodeaban el poblado.
     Los tambores resonaron durante los días que Bibiel les honró con su presencia. Pese a que nadie habló de la Navidad, sí que aquellas gentes parecían prepararse para algún acontecimiento. Las mujeres cantaban junto al río con alegría y los hombres pintaban sus rostros, mientras que los niños colgaban sonajeros de madera en las cuerdas prendidas entre las tiendas de tela. Fue al momento de reanudar su marcha cuando Águila en Vuelo, jefe de la tribu, intentó convencer a Bibiel para que demorase su partida hasta después de la “Fiesta del Sol”. Ella denegó amablemente la invitación, consciente de que el plazo para encontrar a la Princesa Parsimonia se acortaba considerablemente, y que ninguna señal o indicación se había cruzado aún en su camino. La visitante agradeció el cariño ofrecido, obsequiando a sus nuevos amigos con varios de los objetos adquiridos por los comerciantes: un espejo, varios collares y una pequeña cajita de música. Águila en Vuelo silbó, perdiéndose el agudo sonido más allá de las rocas arrastrado por el viento. Tras varios minutos una manada de caballos se acercó desde la gran llanura, provocando una nube de polvo que por momentos cubrió el horizonte. De entre los enormes rocines surgió uno rojizo, de lomo brillante y largas crines doradas. “Te acompañará durante tres días y dos noches”, dijo el jefe acariciando el cuello del animal. Ella agradeció la ayuda, preguntando por el nombre del honorable caballo. “No tiene nombre dado por los humanos, sino aquél que le da el viento y la libertad, impronunciable para todos nosotros hasta que la madre tierra nos otorgue su gracia”, explicó siseando el gran jefe mientras Bibiel subía con dificultad sobre el enorme corcel y se alejaba perdiéndose finalmente a la vista de todos.
     Tal y como fue prometido, el hermoso caballo galopó durante los tres días junto a ella, atravesando la enorme llanura hasta que los prados dieron paso a extensos océanos de arena donde Bibiel se despidió de su montura. Ante ella se abrían peligrosas dunas que fundían sus pies y la absorbían hasta los tobillos con cada paso. El sol quemaba sus mejillas y se reflejaba en aquel desierto como un espejo infernal. Cuanto más avanzaba hacia el Este más se acrecentaba su desesperación. De vez en cuando palpaba con cuidado los trozos de la esfera roja, temerosa de que fuesen a desaparecer junto a ella en aquella marea. Dio un paso, y otro más. El zurrón, la comida, la esfera e incluso la propia alforja de agua le pesaban y comenzaban a ser un estorbo. La noche llegó con lentitud, pero los fríos vientos no supusieron ningún alivio para ella. Finalmente observó luces en la distancia, donde varios árboles rodeaban un cristalino estanque. Corrió hacia el agua que recogía con precisión el estrellado cielo nocturno. Temerosa de que se tratase de uno de esos espejismos de los que hablaba Domenaicus, tanteó el líquido reparador antes de zambullirse en él.
     Una vez renovada por el baño, centró su atención en los farolillos que colgaban de varios maderos estratégicamente colocados alrededor de la orilla. Una docena de palmeras rodeaban el lugar, ofreciendo un respiro en aquel desierto, como un pedacito de paraíso se había alojado sin apenas esfuerzo. Varios camellos la observaron volviendo enseguida a sus menesteres. “Supongo que tendréis hambre pues no noto mucho peso en vuestro saco”, carraspeó una figura que salió tras uno de los descomunales arbustos con el zurrón de Bibiel. La voz era sin duda de mujer, serena y dulce pero a la vez firme, aunque a simple vista suponía un reto adivinarlo tras tantos metros de tela y el velo que cubría parte de su rostro. La viajera salió del agua apreciando la luna en los enormes ojos negros de la dama.
     ­−Mi nombre es Bibiel ­−saludó mientras escurría sus ropas.
     ­−Yo soy Azhar ­Bennasar −mencionó, apartándose el velo y dejando ver su hermoso rostro­−. Es un lugar peligroso para alguien que no esté acostumbrado.
     ­−Creo que me perdí en mi viaje hacia el Este ­­−reconoció Bibiel con gesto pesaroso.
     ­−Bueno pequeña, es fácil perderse entre las dunas si no se saben seguir las indicaciones.
     Bibiel abrió los ojos. ¿Indicaciones? ¿Serían esas las señales a que se refería el dueño de la Posada del Cansado? La joven preguntó, pero la dama y los acompañantes que descansaban bajo una de las palmeras poco sabían sobre la Princesa Parsimonia. Aquellas gentes viajaban interpretando los astros. “Las estrellas son el mejor mapa que se ha pintado, uno tan exacto y grande que Alá lo pintó en el cielo para que sus hijos no se perdiesen”, anunciaba con emoción Azhar. Bibiel observó cómo su nueva amiga le descubría en el cielo una estrella que destacaba de las demás: “Esa es Thâbet la estrella que estamos siguiendo ahora, la más hermosa y bella, que nos conduce al hogar para la celebración de Al-Menha que dará inicio al mes sagrado de Al-Muharram”.
     Quizá tendría que seguir esa estrella, pero se alejaba considerablemente de su ruta hacia el Este. Azhar le aconsejó que les acompañase hasta la ciudad, allí podría preguntar más acerca de la estrella y quizás algún anciano supiese algo de la Princesa Parsimonia.
     Al llegar a la ciudad de Zuhayr, Bibiel pudo observar en sus calles todo lo que Azhar le había estado narrando durante horas. Unos rezos surgían en coro desde una mezquita, las gentes de aquel lugar, vestidas con túnicas de colores y turbantes, llevaban de un lugar a otro bandejas de mimbre repletas de grandes cantidades de fruta, dulces, y una pasta blanca amasada en forma de lazos. En cada puesto del mercado, casa o rincón olía a especias y un intenso aroma se desprendía de las hileras de flores de azahar que decoraban las puertas y ventanas. Quizás aquellas personas no conocían lo que era la Navidad, pero Bibiel podía ver en ellos el mismo nerviosismo y emoción que acumulaba su propio pueblo cuando se aproximaban estas fechas.
     Azhar la condujo hasta una enorme casa de adobe y ladrillo rojo, en cuyo interior no había más mueble que una mesita baja sobre una enorme alfombra cubierta de cojines de agradable aspecto. Sobre un almohadón de considerables dimensiones permanecía sentado un hombre de mediana edad, fumaba absorbiendo el humo desde un artilugio extraño que parecía una tetera con una larga boquilla. Tras las presentaciones, Bibiel se acomodó frente al sabio y bebió de una taza con té que le fue ofrecida.
     −¿Señales? −repitió las palabras de la joven con una enorme sonrisa− Claro que las hay. Son miles, cientos, pero hay que tener ojos para verlos, pero no unos ojos normales, sino que se debe mirar con el corazón a través de éstos −gesticuló desplazando el parpado inferior del ojo izquierdo mostrando una pupila blanca y vacía, para después soltar una sonora carcajada ante el sobresalto de su invitada.
     −Disculpad, pero no parecíais ciego− musitó avergonzada Bibiel.
     El hombre apartó el artilugio para fumar y se pasó las manos por la barriga.
     −Y no lo soy, pequeña. El ojo perdió su color cuando osé robarle un beso a la Princesa Parsimonia −su rostro cambió para transformase en una mueca de nostalgia.
     −¡Entonces la conocisteis! −exclamaron Bibiel y Azhar al unisono.
     El sabio se levantó no sin dificultad, mostrando su enorme estatura. Se acercó a una de las oquedades destinada a ventana y miró al exterior.
     −Fue hace mucho, mucho tiempo. Tanto tiempo que yo era joven −volvió a reir−. Supongo que ella aún permanecerá lozana y hermosa como entonces. Sí, la conocí.
     El sabio aconsejó a Bibiel seguir una estela de estrellas que le indicó cuando llegó la noche. Su camino se desviaría considerablemente hacia el Noreste, pero dado los escasos resultados y el poco tiempo restante para el Día de Navidad no tenía muchas opciones. Por la mañana reanudaría el viaje con un rumbo diferente y de nuevo con la única compañía que los trocitos de la esfera roja.
     Dos jornadas después encontró un pequeño torrente entre las dunas. Poco a poco el flujo de las aguas fue en aumento, convirtiéndose en un vasto río. Los árboles, la hierba, los pájaros, las montañas y las primeras viviendas fueron acoplándose al paisaje hasta la ciudad de Puerto Esperanza. Allí las casas se amontonaban unas junto a otras en un espacio que parecía ser aprovechado al máximo en aquel valle. Bibiel caminó entre sus calles a medida que el sol se ocultaba en el horizonte. Pocas personas quedaban en las avenidas empedradas tras el ocaso. Los vecinos abrieron sus ventanas con tranquilidad y una vez descansado el día comenzaron a colocar en el alfeizar candelabros de nueve brazos. El aceite contenido en cada extremo fue prendido, desde el centro al exterior, hasta que toda la ciudad quedó vestida con aquella indumentaria tan excepcional. La joven pudo observar como en el interior de las viviendas también se habían encendido las lámparas y las familias se reunían a su alrededor. Un leve cántico, sereno y reconfortante se elevaba mecido por la suave brisa que procedía del mar cercano.
     Una vez llegado al puerto parpadeó asombrada por la magnitud de aquella masa de agua que se extendía frente a ella. Como en los viejos retratos a carboncillo de Domenaicus, las olas golpeaban unas contra otras estallando en multitud de gotitas, rebozadas en una espuma fosforescente que brillaba al captar entre sus partículas la luz lunar. Los cabellos de Bibiel se liberaron de las trenzas para danzar con el aliento que surgía de aquel océano que tenía frente a sí. Durante minutos quedo suspendida en un estado de júbilo, mientras que los cánticos emprendían su vuelo desde los tejados hasta el horizonte, quedando toda su piel embebida de la solemne melodía.
     En el muelle permanecían gran cantidad de navíos de distinto tamaño, pero sólo uno destacaba sobre los demás, “La Marea”, rezaba en el casco, y un marinero que con tesón se afanaba en abrillantar el letrero que portaba el curioso nombre llamó su atención despertándola de su embelesamiento. “Bienvenida al Festival de las Luces, extranjera”, le gritó haciendo exagerados gestos que arriesgaron su estabilidad sobre los cabos que le sujetaban. Finalmente el hombre saltó a la cubierta, invitando a Bibiel a subir a bordo, dispuesto a narrarle todas y cada una de las aventuras vividas en aquel navío en cuanto la joven susurró avergonzada que era la primera vez que veía el mar. Bernad, que así le había puesto su madre que en paz descanse la muy buena señora, hablaba y hablaba mientras caminaba de proa a popa seguido de ella, alzaba la voz emocionado en algunos momentos e incluso en ocasiones parecía discutir consigo mismo sobre algún extremo no muy claro de la historia narrada.  Una vez examinado cada rincón, tabla, bidón, vela y cabos de la cubierta, se sentaron junto al timón en silencio. No tardó demasiado en reiniciar nuevamente su retahíla de lances, abordajes y tesoros escondidos en tierras inhóspitas. Allí sentado el hombre no parecía sentirse a gusto, debiendo ser su estado natural el continuo vaivén, como las olas que luchaban contra el dique, por lo que redirigió su energía hacia las manos jugueteando con una cuerda entre sus dedos. Bibiel pudo contar veintitrés nudos distintos creados a partir de esa soga mientras él se explayaba en sus relatos. Nudos realizados con gran facilidad y soltados con la misma destreza con la que creaba aquellos extraños lazos, hasta que la fibra del cordón empezó a rasgarse trasformandose en una masa revuelta de hilos sueltos. La joven sonrió ante el gesto impaciente de su acompañante. Rápidamente y frente a la mirada de sorpresa del marino, Bibiel cortó uno de los mechones más largos de su melena, para a continuación y con gran habilidad, tejer un resistente cordel que ofreció a Bernard.
     −Es tan resistente como el acero. Nunca se romperá y tus nudos serán como sellos que no se soltarán a menos que tú lo desees −explicó−. Es más efectivo que una caja fuerte −sonrió.
     −Gracias −balbuceó Bernard impresionado con el regalo. El hombre la miró con los ojos inquisitivos−. Quieres decir entonces, que si te ato a mi muñeca no te desprenderás de mí hasta que yo quiera −bromeó, pero por un momento la joven temió el perverso comentario del desequilibrado marino.
     Bibiel aprovechó el resto de la noche para contar su propia historia y preguntar sobre la Princesa Parsimonia sin mucho éxito. El amanecer hizo presencia sin que se diesen cuenta, y casi al mismo tiempo que surgían los primero rayos, multitud de marinos surgieron del interior del barco, bostezando, rascándose lugares imposibles de la espalda, ignorando la presencia de la joven y ocupando cada uno su puesto. “Amarres soltados, Capitán Morrow”, “Velamen a barlovento, Capitán Morrow”, “Tripulación en su puesto, Capitán Morrow”, vociferaban los hombres y mujeres subiendo y bajando de los mástiles, repitiendo aquél nombre y mirando constantemente a Bernard que les vigilaba con el rostro firme, el ceño fruncido, y los brazos cruzados sobre el pecho henchido.
     −¿Deseáis pequeña dama acompañarnos? No perderéis de vista vuestra estela de estrellas si atravesáis estas aguas hasta la Ciudad Innombrable −ofreció sin perder el gesto pero con un especial tono dulce hacia ella.
     Bibiel sonrió asintiendo con la cabeza.
     −¿Capitán Morrow? −preguntó risueña.
     El hombre se agacho sobre ella y le susurró.
   ­−¿Creéis acaso que Bernard es un nombre respetable para un pirata? −rió, mientras el navío comenzaba a alejarse de Puerto Esperanza.
     Durante los días que navegaron sobre las bravías aguas hacia el Nordeste, la fiesta, el ron, la música y las serpentinas coparon los minutos libres de la tripulación. Aquellas gentes rudas curtidas en la mar cantaban villancicos con infantiles letras que contrarrestaban los malos olores, el lenguaje vulgar y los charcos formados por los esputos surgidos de unas bocas adictas al tabaco de mascar. Fue un acierto obsequiarles con la botella de Saldul, consiguiendo así la amistad y atenciones del pintoresco grupo. El último amanecer sorprendió a Bibiel, hermoso, espléndido después de la tormenta nocturna que había azotado el casco de forma violenta. Miró en la distancia acostumbrada ya al continuo movimiento del barco. Una niebla espesa impedía ver el horizonte, pero a medida que el sol fue colmando de calor la cubierta, la neblina fue transformándose en un leve velo, permitiendo que los viajeros divisasen los primeros edificios de la Ciudad Innombrable. La joven apretó sus manos nerviosa, notando la mano amiga de Bernard en su espalda. “Es impresionante, ¿verdad?” opinó el capitán mientras que los grandes rascacielos, los puentes, las torres y aquella extraña bruma grisácea que sobrevolaba todo el lugar, se reflejaba en las pupilas de todos.
     No tardaron en poner pie en el puerto, desde donde surgían multitud de calles ensombrecidas por las altas estructuras de cemento y vidrio. Pocas esperanzas ponía Bibiel en su misión a estas alturas del viaje. Derrotada, vencida, y compuesta por todas las dudas y temores acumulados durante las dos semanas, deambuló entre las avenidas de la Ciudad Innombrable, entendiendo la razón de que nadie hubiese podido encontrar cómo llamar a semejante lugar. El gris no solo dominaba en las paredes, sino que también parecía ser el color predilecto en las vestimentas de los habitantes, quienes caminaban de un lado a otro sin mirar al semejante, absortos, fundidos en una confusión y frenético ritmo que comenzó a hacer aún más mella en el estado de ánimo de la joven. Dirigió sus pasos hacia un cruce de avenidas dónde Bernad le había aconsejado investigar a cerca del paradero de la Princesa Parsimonia. Varias horas después y con sus pies asomando peligrosamente por los laterales de su calzado, llegó al lugar. Frente a ella se alzaba el único edificio que se diferenciaba del resto. No era alto ni imperioso, no tenía su fachada llena de cristales ni carteles anunciado el refresco de moda o un viaje económico. Parecía más bien un abuelo agachado, soportando su ancho cuerpo sobre siete bastones, mirando con sus ojos vidriosos a un sol que nunca llega a alcanzar con su afable candor la piel de mármol. Bibiel entró en aquel palacio ensombrecido por sus hermanos mas jóvenes y saludó a un guarda que disimulando un bostezo señaló con su dedo una gran puerta de roble.
     No hubo más secreto en aquel lugar, tras las hojas pesadas de la puerta apareció una sala que se perdía a los ojos de Bibiel. Incontables estanterías copaban la estancia resistiendo el peso de millares de libros, una fila de mesas toleraba el polvo con orgullo recordando tiempos mejores, y las lamparitas pese a estar encendidas, temblaban de vez en cuando reclamando un mínimo mantenimiento. Sólo una silla permanecía ocupada, cargando con el menudo cuerpo de un muchacho cuya cabeza dormitaba irremediablemente sobre varios libros. La joven cruzó la estancia observando los volúmenes apretados unos contra otros disputándose el espacio. ¿Cómo podría encontrar un dato, una respuesta, una dirección en aquel alboroto literario? Definirlos como muchos suponía ser demasiado optimista.
     Regresó de nuevo sobre el asfalto, sufriendo una mochila que pesaba más de lo habitual, generando que sus hombros se precipitaran hacia delante y su cuerpo formase un arco imposible. Paso a paso recorrió durante horas las calles de aquella gran urbe evitando ser arrastrada por las enormes máquinas que las atravesaban a gran velocidad. Rendida, contagiada de la soledad e indiferencia que abrumaba la metrópoli, descansó apoyada en el ladrillo, moviéndose de vez en cuando para impedir que la humedad traspasase sus ropas. Fue en esa lid cuando divisó un callejón entre dos edificios. Numerosos colores aparecían y desaparecían con rapidez tiñendo la pared de uno de los inmuebles. Bibiel se levantó y avanzó hasta la entrada de aquel angosto pasillo sin salida, pisando el suelo constituido por baldosines negros que habían perdido todo orden y forma, y que conducían irremediablemente a una puerta de madera. Sin embargo, sus ojos prestaban atención a un frondoso abeto que se elevaba varios metros y cuyas raíces surgían recias de entre la piedra. Los colores que hasta entonces pintaban los muros se reflejaban ahora en la joven, surgidos de incontables luces que junto a otros adornos embellecían las ramas. Quizás, por fin, había encontrado una señal.
     No hubo resistencia al girar el picaporte, introduciéndose en un jardín donde una niña le dio la bienvenida de una forma un tanto particular: “La Princesa te está esperando desde hace más de una hora, ¡rápido, rápido!”, desdeñó apurada la infante arrastrando a Bibiel hacia una carpa construida con brotes de hiedra y jazmín. “¡Rápido, rápido!”, insistió sin dejar pronunciar palabra a la recién llegada.
     −Pasa y deja el pedido en la mesa­ −ordenó una mujer que trenzaba sus cabellos con unas enormes manos llenas de callos.
     −¿Princesa Parsimonia? −preguntó dubitativa Bibiel.
     La dama se giró patosa, se pisó las enaguas y cayó sobre un sillón repleto de papel de regalo, todo ello sin soltar en ningún momento la trenza que parecía resistírsele. Finalmente miró a la joven.
     −Sí, pero prefiero que no me llamen así. ¿Has traído los mazapanes? −insistió, mostrando unas mejillas ruborizadas y unos excesivos ojos violetas. El aspecto de aquella mujer se alejaba con diferencia de las descripciones oídas por Bibiel y del idílico retrato que su mente había efectuado.
     Bibiel, sin aclarar la confusión de la Princesa, sacó de su zurrón el paño de terciopelo que envolvía la causa de su desesperación, retiró con cuidado el cordel anaranjado, cayendo el lienzo al suelo cuando alzó en sus manos los trocitos indemnes de la Esfera Roja. Parsimonia se acercó frunciendo el ceño y agudizando la mirada a través de sus párpados semicerrados. La joven deseó salir corriendo, subir de nuevo a “La Marea”, quemar sus pies en las dunas o enfrentarse al Consejo antes que soportar el pestilente olor que surgía de la anfitriona.
     −Ummm. Hubiera preferido los mazapanes, pero esto es aún más interesante −sopesó la dama poniendo definitivamente punto y final a su peinado con un regio adorno−. La Esfera Roja y en pedacitos. Cuando hace más de tres siglos dejé las Esferas de Poder en custodia de Domenaicus, no me imaginé que la próxima vez que  viese una de ellas sería en estas condiciones.
     La Princesa no mostraba síntoma de enfado, pero sí una gran curiosidad por saber qué grandiosa catástrofe había podido romper su importante regalo, sonriendo con sorpresa al descubrir que la simple torpeza de una jovencita fue la causante del destrozo. Bibiel le narró su viaje con detalle, teniendo la sensación de que la Princesa no desconocía los acontecimientos. La dama le explicó entonces que su morada no permanece en el mismo sitio siempre, y de ahí la dificultad en encontrar el Palacio del Suspiro. En aquella época de cambios, prisas e intereses individuales, su presencia debía de estar en la ciudad que más reflejaba esas particularidades, a fin de intentar mantener el equilibrio y el orden.
     No mucho después llegó al jardín una muchacha nerviosa con una bandeja cubierta por un mantel de fino hilo que quitó frente a la regia dama, dejando al descubierto decenas de mazapanes con forma de estrella. Bibiel rechazó el ofrecimiento de su acompañante, observando como ésta zampaba los dulces sin medida ni decoro. De repente Parsimonia dejó la degustación y lamiéndose los dedos observó fijamente a la joven con reproche, para formar a continuación una mueca de resignación.
     −No puedo hacer nada… en este caso −afirmó, confirmando los temores de Bibiel−. La Esfera en principio es irrompible, si se multiplicó en tantos trozos tras caer de tus manos, no hay nada que pueda hacer.
     La Princesa Parsimonia ocupó su trono en el centro del jardín, invitando a la joven a sentarse junto a ella. Pasaron horas hasta que Bibiel tomó consciencia del tiempo y de que sólo quedaba un día para Nochebuena. La Princesa le ofreció un transporte especial con el que, si los vientos eran favorables, llegaría a tiempo para explicar su acción al Consejo.
     Caminaron durante minutos por aquel vergel que poco tenía que ver con la ciudad en la que se ubicaba. Bibiel subió a lo que parecía un barco pero que en lugar de velas se suspendía del cielo gracias a un globo de enormes dimensiones. En alguna ocasión un transporte de similares características atravesaba el cielo de su ciudad, pero nunca tan grande como aquel. El ascenso comenzó, recordando entonces las últimas palabras de la Princesa: “Eres una muchacha insegura pero con una valía que aún no sabes reconocer. Desde que has entrado en mi casa has reflejado en mí tus temores, angustias y deseos confinados. La Esfera Roja significa la vida, y el poder que tiene en su interior se nutre con las esperanzas y los latidos, de esos sentimientos que extrañamente surgen o son más fuertes durante la Navidad, de ahí su importancia, y que deba estar prendida del árbol, para que esa sensación dure hasta la próxima celebración. Pero no olvides una cosa, sigue siendo un objeto insignificante en comparación con el corazón humano”. Bibiel palpó el paño de terciopelo que nuevamente guardaba los fragmentos, dispuesta a confesar su falta al Consejo y reparar el daño. Parsimonia tenía razón, las estrellas, los lazos y las luces, los símbolos, todo ello no significaban nada sin no existía alguien que desprendiese esa energía, ese espíritu de paz y amor. La joven sonrió sintiendo un ligero candor en su interior. Miró por última vez a la regia dama que caminaba lentamente despidiéndose con un delicado movimiento de sus finas manos, mientras su imagen se transformaba poco a poco hasta adoptar un porte majestuoso, divino, que avanzaba con pasos elegantes y precisos, portando una tiara de cristal sobre su cabeza y desprendiendo un olor a flores silvestre que invadió el lugar. La Princesa juntó sus labios y sopló provocando una ligera brisa que empujó la nave a las alturas y la cubrió de una ligera escarcha, permitiendo una visión amplia del Palacio del Suspiro así como de la ciudad, siendo aquel infinitamente mayor que la propia urbe que la rodeaba.
     Durante horas Bibiel mantuvo el deseo de llegar a tiempo para la ceremonia mientras disfrutaba del viaje de regreso. Una vez tomado tierra en el Gran Palacio del Jardín Imperecedero corrió hasta el árbol de Navidad dónde había empezado toda su aventura. Les miró. Dos semanas antes hubiese carraspeado, inclinado su cuerpo sobre un pie y luego sobre el otro, pero la joven alzó la cabeza, con el rostro triste pero firme, mientras pensaba una frase con la que convencer al pueblo. Desenvolvió el paño de terciopelo delante de todos los allí presentes, descubriendo entonces que la Esfera Roja permanecía intacta y más brillante que nunca.
     El día de Navidad llegó, provocando una fiebre de regalos y pasteles, villancicos y parabienes. Bibiel sonrió observando los acontecimientos, sorprendida al descubrir que nadie se había dado cuenta de la falta de la Esfera Roja hasta que ella llegó y preguntándose si la hubieran echado de menos. Nadie las miraba, ni las adoraba durante la ceremonia mientras bailaban y abrazaba a sus amigos y familiares, sin embargo las Esferas de Poder colgaban brillantes del árbol, y en concreto la de color rojo, más resplandeciente que nunca.

     Los primeros rayos diurnos se colaban entre la cortina. Selene cerró su cuaderno mientras la última amapola se fundía con el suelo, retornando el cuarto a la normalidad, las paredes recobraron su serio matiz y el techo volvía a pesar sobre aquella casa nuevamente. La escritora se levantó estirando sus acartonados músculos y atravesó de nuevo el pasillo parándose frente a la puerta del salón. Miró al interior, donde un pequeño árbol de navidad escaso de regalos pero empachado de serpentinas alegraba la estancia, y en medio de todo aquél adorno, una esfera, pero no una cualquiera, sino una colorada y luminosa, en la que se apreciaban unas ligeras grietas.
     Selene avanzó con nostalgia cambiando su rostro al entrar en el cuarto de sus hijos. “¡Feliz Navidad!”, exclamó, “Feliz Navidad”.



©María Teresa Martín González

domingo, 26 de agosto de 2012

La última noche


Si esta noche fuera la última, tus ojos y los míos se fundirían en un adiós perpetuo junto con esta tierra maldecida. Podrá el cielo caer sobre nosotros pero yo bailaría hasta rendirme en tus brazos. Te besaría para abrasar la desesperanza con la pasión que siento por ti mientras los ríos se convierten en lava y los restos de la civilización se hunden en el olvido. Agarraría con fuerza tus cabellos rizados para no separarme de tu piel ardiente. Con una sonrisa moriría en tus brazos, te diría que fui feliz y que el fuego tragará las desdichas del mundo pero no nuestras almas eternas.

Dedicado a quien me agarra siempre cuando me encuentro en el borde del abismo
 
©Mª Teresa Martín González

viernes, 22 de junio de 2012

El polizón

Relato integrante del Libro "Sonetos y arrullos de amor (poemario) - La reina mora (relatario)" Autores: Taller de Escritura Guadalfeo



Allí se estaba muy calentito, el sonido del motor no me impedía acomodarme entre el poco espacio que tenía, ni apreciar las líneas blancas que aparecían y desaparecían en el asfalto, como un juego al que acabé aburriéndome. Dentro olía fuerte, pero cerca mis acompañantes de viaje desenvolvían algunos bocadillos, cuyo olor llegaba hasta mi nariz en cada parada. En una de esas escalas me atreví a bajar y estirar un poco el cuerpo, ir a algún rincón privado y hacerme con un trozo de jamón sobrante sobre el asiento trasero del coche. Miré alrededor. No me sonaba aquél desolado lugar, pero mi instinto me indicaba, sin género alguno de duda, que estaba cerca de mi destino.
Subí de nuevo al espacio reducido que me había adjudicado cuando observé al conductor mover sus manos en aspavientos nerviosos hacia sus congéneres, y como si un asiento de primera se tratase, me tumbé, disfrutando aún del sabor que la golosa merienda conseguida me había dejado en la lengua. Se reinició el escandaloso sonido. Mis oídos ya se habían acostumbrado, pero tardaría mucho tiempo en volver a curiosear en un sitio como ese.
Tras varias paradas más, el “jefe de aquél endiablado transporte” decidió que había llegado el final del trayecto, aparcó el vehículo, apagó el motor y las luces, y dispuso con premura un paseo entre la acera y el coche para sacar infinidad de bolsas y otros bultos. Allí no tuve más remedio que moverme de un salto lejos de la calzada, junto a los bultos. Miré a mi alrededor, casas, casas, casas de Motril, pero ninguna que me sonase. Oler, sí, olía a calle, olía a viento conocido, a hogar. Caminé durante horas aunque la noche se acercaba y empezaba a sentir el frío en mis huesos. Finalmente encontré algo que realmente conocía, era tan algo, tan grande con sus ramas moviéndose al ritmo de la brisa nocturna, y frente al árbol anciano, mi casa. Corrí mientras notaba todos los aromas, reconociéndolos, saboreándolos. Me hice oír junto a la puerta, y cuando esta se abrió, maullé de alegría al ver a mi dueña, recibiendo de ella un cariñoso abrazo.

 
©Mª Teresa Martín González

lunes, 21 de mayo de 2012

La mujer intemporal


Incluido en Revista del Taller de Escritura Creativa Guadalfeo - Monográfico de la Mujer  Mayo 2007

 Siglo XXI, un gran siglo, donde las esperanzas y las ilusiones de todos los seres humanos comienzan a engendrarse en esta nueva era. Pero más allá de los sueños y las falsas promesas de igualdad, libertad y solidaridad, quedan muchos resquicios de costumbres rancias, sin abolengo que determine su continuidad en una época en que nosotras, las mujeres, hemos despertado de nuestro letargo impuesto.

   He de confesar que son muchas las razones por las que me siento afortunada. Soy mujer, orgullosa de serlo, lo que no determina por supuesto que no valore al hombre como compañero, amigo y persona. Mi desarrollo como ser humano se ha debido sobre todo, a una familia con una capacidad de educación y unos valores, que ahora cuando soy adulta agradezco y recompenso. Mis padres nunca me impusieron cadena alguna por ser mujer, es más, siempre me apoyaron y me recordaban encarecidamente que soñase con una vida plena, sin limitaciones, que estudiase y que si quería podría ser lo que quisiera.

   Vivimos en un país donde las Oportunidades van y vienen. Algunas de esas oportunidades tienen nombre propio, otras son tan pocas que una ha de pelear por encontrarlas, y finalmente están aquellas que se forjan por el propio esfuerzo. Después de las oportunidades tenemos las Soluciones, siendo éstas tan soñadas como las anteriores y que a veces se confunden con los Remedios. Y sea como sea, aún nos resistimos a ver más allá, donde aún deberán pasar décadas para que una mujer pueda tener el primero de los conceptos mencionados, encontrar una solución a su situación y que la ayuda no llegue tarde, cuando lo único que se puede hacer es remendar el daño. Pues donde las fronteras limitan los países, también se suma una línea más fútil, que no se ve a simple vista, pero que todos observamos lo que subsiste tras sus límites. Una barrera formada por los espinas de la desigualdad entre géneros, donde el derecho de la mujer a sobrevivir, a ser esclava, a dormir su personalidad, corona el orden del día de la sociedad machista.

   En nuestro país nos echamos las manos a la cabeza −que buena es esta expresión para imaginar nuestra constante consternación− cuando vemos una mujer lapidada, niñas a las que se les impide estudiar como a sus hermanos, velos que cubren lágrimas y rostros cuya piel jamás será rozada por los rayos del sol, espaldas y brazos tintados de morado. No obstante, y por mucho que levantemos nuestros brazos en aspavientos lejanamente solidarios, ya no nos sorprenden las imágenes, y algunos hasta han conseguido adormecer su ojo a la realidad. Y entonces volvemos satisfechos a nuestra sociedad desde el viaje ilusorio de ponernos en el lugar de la mujer vejada. Sin embargo, y si bien es cierto que en el “mundo” en el que vivimos se han relajado las desigualdades que no hace tanto tiempo que fueron desechadas, aún debemos limar cadenas y soportar grilletes por nuestra condición. Aunque seamos mujeres preparadas, inteligentes, laboralmente activas y con voz propia, todavía debemos escuchar barbaridades, y no siempre del género masculino.

            Aún sigo escuchando frases proferidas por mujeres, ―lo que agrava el comentario―, tales como “Tú lo que necesitas es una mujer de verdad, que te tenga la casa limpia y el plato encima de la mesa”. ¿Y qué es una mujer de verdad? Me pregunto ante tal barbaridad. Bastante tenemos que soportar con llevar diariamente el disfraz de superwoman para que no nos pisoteen en los trabajos para los que valemos más y cobramos menos, que nos respeten como jefas, como trabajadoras competentes y preparadas, mientras mantenemos un hogar en el que en muchos casos aún el hombre no se ha decidido a colaborar en su mantenimiento más allá de poner el salario encima de la mesa. Se nos está exigiendo ser supermujeres, mujeres de doble cara que han de mantener la personalidad complaciente de ama de casa, cuidadora a tiempo completo de la familia e hijos, y por otro lado perseguir nuestros sueños laborales. Son muchas las supermujeres que he conocido en mi vida, y gracias a ellas en mi generación hay más igualdad entre géneros. Son mujeres de verdad, igual que las de hace siglos y las actuales, mujeres que siente y sueñan, que les duele cuando las golpean.

            Hoy mientras volvía del trabajo en coche, he visto varios policías locales corriendo, algunos agentes en vehículos y un gran alboroto en una de las plazas. Cuando he preguntado que sucedía, me han informado de que un hombre estaba golpeando a su esposa en la cabeza en plena calle y que los ciudadanos habían socorrido a la indefensa víctima. Me alegró saber que los comprometidos ciudadanos la habían ayudado, entristeciéndome a su vez al pensar en todas aquellas mujeres que maquillan su desgracia y que nunca recibirán una mano salvadora en el silencio de verse ultrajadas, como muñecas de trapo, mujeres que se las disfraza de segunda clase por tener dos ovarios, mujeres de mentira para aquel que una vez prometió protegerla.

            Estoy segura que la cordura mundial y la igualdad alguna vez invadirán todos los países, porque aunque sea lentamente, las voces de las mujeres se hacen escuchar.

© Mª Teresa Martín González

miércoles, 25 de enero de 2012


¿Es que lo real tiene que ser visible?
¿Es que lo absurdo es lo que nadie ve?
Pues tan loco debe ser mi espíritu,
que vagabundea por los jardines del amor.

No lloráis acaso al notar
que vuestro corazón con dolor se rompe,
mas nadie diría que sois fantasma
y que vuestra alma se escapa del cuerpo.

Si es que el actor en su obra,
diseña en su rostro el drama que interpreta,
¿no puede acaso el más fie amante
disimular el amor que con pasión siente?

No puedo yo pues, amor mío,
querer guardar en mi interior mi amor,
ser egoísta y que nadie comparta conmigo
lo que yo puedo sentir por vos,
y así nadie podrá decirme,
"pobrecita niña que su amor lejos tiene".
Pues mis suspiros cuentan las horas
en el mas fiel secreto,
esperando que todos vea
lo "absurdo" de nuestro amor.

Julio 1997
© Mª Teresa Martín González

sábado, 21 de enero de 2012

Invierno


El infierno subleva a los ángeles,
benditos amuletos de nuestra esperanza,
mientras el fuego abraza nuestros sentidos
y mi alma se quema con lamento eterno.

El invierno oscurece aún más mi pesar,
mientras las ramas de los almendros
siguen añorando su vestimenta rosa y blanca.

Y mi ser llora con lágrimas de azucar
festejos pasados,
alegrías olvidadas,
encuentros reflejados en espejos
de mi memoria.

Claros son mis deseos,
mas rozo la incertidumbre al mirar
el pequeño arrollo de mi jardín,
pensando si es mi único vivir,
si es mi único sentir.

Junio 2001

© Mª Teresa Martín González

domingo, 15 de enero de 2012

QUISE


Quise oír, pero no pude,
el silencio acompañaba mi incertidumbre,
y en medio de tanta miseria
no hay fe que a mi espíritu de lumbre.

No hay visión que pueda
borrar el horror que en mi cabeza se vislumbra,
sobreponiéndose a la más bella visión
y con la cual me iré a la tumba.

Si una canción, una simple melodía,
no puede acallar a un niño que solloza,
pues por qué quieres dormir mi desesperanza
con cuentos hermosos y palabras bellas.

Quise ver, pero no pude,
la niebla tapa todo lo que espero
dejando ver solo lo que soy
y que de mi destino no soy dueño.

© María Teresa Martín González - Año 1997

Las palabras del pasado, la pluma gastada en páginas olvidadas de un diario escondido.

Hace unos días desempolvé de un cajón un diario. Cuando era adolescente solía utilizarlo para escribir poemas, bueno, poemas es darle una categoría superior a lo que yo ponía en el mismo; así como para plasmar lo que se me pasaba por la cabeza. Eran muy intimistas y no se si llegaban a contar lo que hervía en mi interior, pero, tras releer algunos con melancolía, añozanza y cierta sonrisa, he decidido compartir algunos en mi blog. Los voy a ir poniendo tal y como los escribí entonces, por lo que os pido mil perdones de antemano si algo no se entiende. Un abrazo a todos los que os paseais por este jardín de palabras.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

AUN EN EL OLVIDO


Querida mujer, que me soportas cuando el viento del olvido acucia mi mente, que me rozas cual pastor para mantenerme en el camino y a tu vera. Querida esposa, amante y perpetua columna de mis sentidos. Ahora, en este tiempo deslucido, ajeno a todo encanto y perdido completamente en una sinrazón que enajena mi mente, tú encandilas mis pasos.

Ciertas son las palabras ajenas que te llaman, que te visten de piropos y te sonrojan, más no hay mayor verdad que la de este sereno que te espera con hermosos versos. Apenas retazos de poesía quedan cuando el candor de tu mirada se libera entre los barrotes de la costumbre. Y yo, preso aun en la impericia de hacerte feliz, aferro con torpeza los breves recuerdos que no caen frenéticos en el olvido.

No recuerdo verme secar tus lágrimas sino a golpe de reproche y mando viejo. Pero tu complacencia reposa mi ímpetu y anestesia mi dolor por verme vacío de nuestro pasado.

En mi mente comienzan a perpetuarse las lagunas que antaño nos hacían sonreír con despreocupación. No están ociosos mis encuentros oscuros con la nada, no, se colman con el sufrimiento y la desesperación por no saber, por no lograr discernir nuestros retratos que para mí permanecen mojados por la lluvia. En esta historia inconclusa en la que se han borrado los párrafos más importantes, aun te mantengo y te agarro con mis débiles manos, procurando sin más no olvidarte.

Si de un castigo se tratase el hecho y la angustia de desconocer tu rostro, no hay pecado tan grave cometido capaz de hundirme en esta alcoba llena de confusión. Compañera, amiga incondicional de mis actos, sepulturera de la desesperanza y enfermera de mi corazón herido.

Atrás quedan las frescas brisas que nos mecían, los sauces y los pasteles recién horneados. Antaño se llama el tiempo y el viento que hace crujir las podridas vigas. Añejo pronuncian las gargantas mientras saborean el alimento que antes fue manjar y que ahora nuestras encías muerden, intentando atrapar el jugo de los recuerdos.

El tejado de nuestro hogar se ha vendido y desmenuzado. Tres paredes son las que me cobijan del olvido, con ventanas que me permiten vislumbrar lo que fuimos, lo que soy y que pronto dejaré de ser. La cuarta pared es la que contiene la torcida portezuela que me invita a pasar donde ya solo quedan arbustos, donde las alimañas se ciernen con la edad, donde el horizonte se ve aun más grande, más limpio, pero también solitario y libre de cualquier color, ausente del esmalte de tus ojos.

No quiero irme sin marcharme, no quiero desvanecerme como el humo de aquel cigarrillo dejado en el cenicero para que se consuma poco a poco, no, no quiero. Cómo voy a permitir que me cuides sin tenerme. Me arde el corazón cuando mantengo tu mirada condescendiente, y entiendo tus palabras de amor sin que emitas sonido alguno. Sin aire respiro, sin sangre me acaloro con tus atenciones. El árbol que plantamos ha crecido, recibiendo tantas primaveras que me he permitido dejar de contar y dedicar las horas contemplando los frutos que penden de sus floridas ramas. Aun riegas las raíces con dulzura y pasión pese a lo ineficaz de tus actos para esta mente que ya siente perdida. Porque todo se va haciendo invisible, se funde en discordancias y me mata en vida…

No es mi mano firme la que arrastra estos renglones, sino el temblor de unas falanges que temen perderte en la ignominia del olvido, de un cuerpo que aun mantiene el calor de tu piel prendido como un rosario.

© Mª Teresa Martín González