sábado, 12 de febrero de 2011

TRES VECES SOLEDAD




Aquella noche me desperté tres veces. Una para estirar el brazo sobre el que yacía incómodo mi huesudo cuerpo. La segunda con el fin de colocar en su sitio un desagradable muelle, cuya más que respetable punta se había aventurado en mis costillas. Y la tercera para respirar el cemento de estas paredes, el único aroma al que se me ha permitido acostumbrarme, y así evadirme de la tranquila ensoñación en la que me encontraba sumido. En este pequeño habitáculo de lisas paredes, los sueños nocturnos son pesadillas al amanecer, cuando no te queda más que una puerta blindada y hermosas vistas al tendedero de algún vecino indeseado.

Un moderno reloj me hace saber que aun el tiempo corre, pero sus manillas están rotas. Quizás ese constante ruido “tic-tac, tic-tac”, sea el de un lejano latido, y que el tiempo se encuentre detenido en esta fría habitación. Puede que todo el mundo se haya parado a esperarme en solidaridad a mi locura. Ella permanecería recostada en su balancín, con los ojos cerrados, joven, hermosa en su perenne calidez, y yo regresaría acompañado de sueños, ilusiones, de mil y una esperanzas que resbalan cada vez que intento colgarlas en estos grisáceos muros. Aún concibo la idea de verla sentada frente a mi, en la única silla de la estancia. Si ella viniese a verme la acomodaría junto a la ventana, al pie de la cama, donde los escasos rayos de sol dibujarían su sombra en los mohosos lienzos de mi colchón. Así, cuando me recostara sobre las húmedas sábanas la sentiría, y como otras noches de insomnio abriría tres veces mis ojos. Una para abrazar su recuerdo, la segunda con el fin de hundir en mi cuerpo el aroma de su compañía. Y la tercera para derribar esta cárcel del alma oscura y solitaria.


© Mª Teresa Martín González

domingo, 6 de febrero de 2011

CLASIFICADOS

Se busca almohada vieja, mojada de verter mi llanto en las noches solitarias, cosida con los retales de esas historias rotas. Urgente. Se perdió y desde entonces no hay lágrima que surja de mi sonriente rostro.

*** ***

Se necesita bastón, que soporte dura carga y mantenga mi dolido cuerpo. Se requiere de madera noble. Evítese de sauce llorón.


© Mª Teresa Martín González

sábado, 29 de enero de 2011

YO


Quisiera ser una princesa en un cuento con final feliz, de esas que sonríen al acabar la historia, de las que se enredan bajo las sábanas para notar la suavidad de la seda y no por terror a lo que hay fuera. Quisiera ser una dama que no despierte mecida por la boca del dragón, que soporta la espada más pesada porque es la que cabe en su mano, sin que nadie le pregunte si prefiere caminar libre de armas y pena. Una señora que no llame con aflicción a puertas tras las que invernan las oportunidades. La otra, débil, cansada, debe quedarse en lo más profundo, ¡yo llamo a la valiente que socorre sus lágrimas cuando se precipitan al vacío y las encierra para que no se atrevan a volver a surgir! Convoco a la mujer que no necesita caballero que le enseñe camino ni que la embarace de vanidades y mentiras. Aclamo con resentimiento a aquella YO que quedó en mitad de alguna escena, perdida en el cuento, y que no sabe salir. La cito desde mi cuna de esperanzas y sueños para que sepa resurgir del laberinto, matar al dragón y soltar la horrenda espada que acumula los pecados de otros.

© Mª Teresa Martín González

sábado, 22 de enero de 2011

Aliento


Si solo respiro el aliento de la traición, se embargan mis ganas de sobrevivir a este fuego que inunda mi alma. No dejaré de escuchar las palabras que resbalan mentirosas de tu boca, porque no puedo ver los dentados sentimientos que hay detrás de tus labios. Quiebro mi cuerpo en la cama de tus deseos y soporto la vanidad de tus respuestas, para despertar dolorida en los brazos de la alevosía de tus actos. Hoy miraré como otros tantos días los espejos que rodean mi cuerpo, volveré a tapar su reflejo con esperanzas y apariencias, disimularé tu juego con flores robadas en un jardín ajeno y sonreiré preciosa ante tu insolencia, para volver a rendirme cuando el sol renuncie a su lid.

© Mª Teresa Martín González

viernes, 7 de enero de 2011

UN VIAJE, UN SECRETO, UN DESTINO

Se adentró entre las personas que colapsaban el andén. Gentes ruidosas, mundanas, que gritaban para poder oírse entre la multitud. Algunas señoras se retocaban los divertidos sombreros de viaje que alejaban la seriedad que les procuraban sus trajes apagados. Otras aprovechaban para introducir sus frías manos en los discretos bolsillos de la gabardina de su acompañante, recibiendo el cálido roce ajeno.

Despegó de su mano el arrugado billete. Miró con desagrado el número de asiento que había resbalado hacia su palma por culpa del sudor. Oyó un pitido lejano. A él acudió un irrechazable impulso de mirar el reloj constantemente, pero el tren entró en la vía cuatro. No era el suyo. La maleta comenzaba a pesar mientras la sensación de espera se convertía en ansiedad. Toda una vida contenida en un roído cajón de cuero plastificado, de cuyo lateral colgaba una etiqueta: “David Stinwel, Calle del Terrazo número quince, Londres”. La dejó en el humedal del suelo, sin preocuparle que la mayor parte de la valija se limpiara con un considerable charco.

Otro pitido avisó que un nuevo tren hacía entrada. La maquinaria expulsó una ingente humareda que hizo retroceder a los viajeros situados en primera línea. El transporte parecía pequeño ante toda la gente agolpada intentando penetrar en el monstruo. La ansiedad dio paso a un nerviosismo acuciante en su cuerpo. Cogió la maleta ajeno al tizne dejado por ella en las aguas del charco. ¿Le ayudo señor? Se ofreció un hombre con un uniforme azul, en la solapa prendía una minúscula parte de su último almuerzo, dejado posiblemente con premura ante el aviso del tren. No gracias. Masculló perturbado. Es mi carga.

Recordaba perfectamente aquél día. El recién llegado rozó con su maleta los suaves rasos del vestido de ella. Su nombre es David, David Stinwel. La voz de Sara parecía tan dulce al pronunciar su nombre. Es mi nuevo editor. La Editorial quiere que él dirija mi próxima novela. Acaba de llegar desde Manchester, pero es un pequeño genio ¿no crees? Edgar observó al muchacho, el corte pueblerino de su traje, los cabellos lacios sobre la frente, sus ojos cansados, y aquella maleta arcaica que agarraba como si fuese un anexo de sus falanges. David sonrió, esbozando un cautivador y carismático gesto, alejando de si la imagen preconcebida en la mente de Edgar. ¿Un pequeño genio? No, aquel muchacho iba a ser un diminuto problema que se establecería en casa, acompañado de su vieja maleta que olía a rancio, invadiendo su espacio, usurpando su lugar, el cariño y admiración de Sara, volviéndole paranoico, irritable y asustadizo. El invitado se sentó en una de las sillas tapizadas de la cocina, mientras Sara le servía un té. Mantuvo en todo momento su mano izquierda asiendo el asa de su único equipaje, haciendo crecer en Edgar la curiosidad por el interior de aquel objeto.

Regresando del breve viaje al pasado, colocó su sombrero sobre la maleta ubicada bajo el asiento. Se sentó y respiró esperando a que el aire dejara de hacer eco en sus alterados pulmones. Los últimos viajeros en subir al tren aún recorrían los vagones. El viaje de vuelta iba ser poco tranquilo. Intentó sin éxito que el billete no se borrara esta vez. Era su sino desde aquel día, como si su asiento no constara, no existiese.

-Disculpe –llamó alguien con una aguda voz.

El hombre observó las personas distraídas que se encontraban sentadas a su lado. Un anciano, dos religiosas y una señora que se abanicaba insistentemente ahuyentando el calor.

-Disculpe –repitió la desagradable voz-. Está usted en mi sitio.

El hombre miró a la portadora de aquellas palabras de aviso, porque eso era, una advertencia, quizás una recomendación, ¿estaba en su sitio? Que diablos, siempre compraba este número de asiento cuando viajaba. No era posible ninguna equivocación. Observó a su interlocutora con detenimiento y hastío. Una mal educada muchachita de bien, con sus zapatos de antelina y un dichoso perro olisqueándole la barbilla.

-No es posible, madame –contestó alterado-. Número 14, ventanilla izquierda. Sí, este es mi asiento.

Aquellas palabras parecieron confundir a la dama que esperaba la consideración de él, quizás acostumbrada a la condescendencia de los hombres.

-¿Su asiento? Está usted equivocado –su voz crecía a la vez que los molestos gemidos de su perro.

El revisor escuchó la discusión desde el extremo del vagón y continuó con premura su paseo hasta el lugar. “Cabe la posibilidad que la equivocación sea de usted”, es lo último que logró soltar antes de que aquella simple disputa se convirtiera en una excusa de aquella mujer para sentirse ultrajada, vejada y consiguiera convencer al encargado sin tener que enseñar el pasaje. Él viajero buscó su billete en el bolsillo de la gabardina, pero entonces recordó que el número de asiento figuraba borroso, convertido en una mancha sucia de tinta en su piel.

La respiración se le aceleró. Enfadado en aquella irritable situación, confuso y enfermo, fue invitado a abandonar el transporte entre dos agentes. Una vez en la vía intentó zafarse de los brazos que le asían mientras que el encargado leía su identificación. “Edgar Soyerbe”, murmuró el uniformado mientras el tren emprendía el largo trayecto. Frenético se desprendió de sus aprehensores, corrió, corrió, recordando entonces el motivo de su viaje, hasta que las fuerzas se agotaron y el último vagón de la máquina quedaba bastante inalcanzable a sus posibilidades. Entonces rió, en una risa que ascendió convirtiéndose en una sonora e histérica carcajada. “La maleta, la maleta...”, consiguió articular en una mueca. Pero ninguno de ellos logró saber nunca a que se refería, excepto un curioso perro que en aquel mismo momento olisqueaba bajo el asiento de su dueña.


© Mª Teresa Martín González

jueves, 30 de diciembre de 2010

La nieve se reflejaba en sus ojos, brillante, pura, encerrada en sus pupilas como en una jaula con la barriga llega de estrellas. Movía sus bracitos nerviosa, mientras yo podía notar el palpitar galopante de su pequeño corazón. Sonreía, mordía con entusiasmo aquella diminuta manopla que nunca conseguía quedarse en su mano más de tres minutos. Él la miraba asombrado a mi lado, observando sus carrillos sonrosados y los rizos dorados que sobresalían por debajo del gorro de lana de estrambóticos colores. La niña reía y reía, descubriendo con fascinación, su primera navidad.

© Mª Teresa Martín González


Wikio

viernes, 10 de diciembre de 2010

Despierta


Rozó con cuidado el interruptor dejando una apreciable mancha carmesí entre el pulcro material. La luz parecía más intensa aquella noche sobre su cabeza y su rostro pálido se reflejaba en el espejo de forma fantasmal, mientras el foco perdía y ganaba intensidad a ritmo cardiaco en compás con su excitado corazón. Giró el grifo dejando fluir el agua caliente. Colocó las manos bajo el transparente líquido restregando con enfermiza rapidez cada milímetro de sus dedos. El vapor comenzó a borrar su imagen en el espejo mientras él hacía lo propio en su mente. “No es real” repetía susurrando,“No es real” expulsaba con cada aliento entre sus labios temblorosos.

Retrocedió invadido por la neblina espectral y el incesante sonido del agua. Arrancó la camisa que hacía fe de su pecado, apartando poco a poco toda su vestimenta en un rincón de aquel baño como si de la imposición de un castigo se tratase. Pequeñas gotas de sudor resbalaban por su cuerpo desnudo. Hacía calor, un endiablado calor en aquel habitáculo vacío de cualquier sensación de comodidad. Descorrió sin coordinación las elegantes cortinas que cubrían la bañera y tanteó hasta que abrió el grifo de aquella tina noble. El agua helada comenzó a cubrir poco a poco su enrojecida piel, enfriando su cuerpo, calmándole y adormeciéndole, interrumpiendo el vertiginoso ritmo de su corazón. “Hace frío” susurró, pero aquella voz parecía distante y lejana de su garganta, como si saliese de entre las baldosas de la pared. “Hace frío”, repitió mientras reconocía aquella voz dulce y delicada.

Un espasmo recorrió cada extremidad, cada hueso y cada cabello. Sus ojos se abrieron sin que pudiese recordar cuando los había cerrado, el agua de su baño especial se había enfriado y alguien golpeada suavemente en la puerta. “Cariño, hace frío y llevas mucho rato ahí dentro. He encendido la chimenea y hecho chocolate caliente”.

Se incorporó aún tembloroso por aquel sueño, mirando con melancolía más allá de la hoja de madera que le comunicaba con ella. Después de abrigarse con su viejo albornoz dejó sobre el lavabo la brillante cuchilla. Abrió finalmente la puerta, donde le invadió el calor del hogar.


© Mª Teresa Martín González


Wikio

sábado, 27 de noviembre de 2010

El reloj de perlas

En un principio, el sol marcaba el paso de un tiempo que los humanos aprendieron a utilizar a su antojo. Las arenas del desierto más solitario reflejaron después con su caída en un recipiente de cristal, la rápida conquista de una libertad camuflada de intereses y vanas expectativas. Las eras se han continuado sin previsión alguna de esperanza, mientras en algún lugar de esta yerma tierra que alguna vez fue fértil, un ser alado e inmortal cuenta con lágrimas perladas cada retazo de tiempo restado a la cuenta atrás. Pues no habrá más fin que el destinado a un mundo decadente, frío y hastiado, excepto que se cumpla la leyenda de los ancianos de los Picos Altos. Cuentan los antiguos escritos, que un humano de corazón impugnable y frío, pero de valerosa arma, será quien derrame una lágrima de tristeza sobre el Reloj de Perlas, de cuyo líquido germinará La Madre, iniciando así la nueva era en el que el tiempo no será más que un espacio donde vivir.

Narial se sació de sangre y venganza aquella noche. La espada, rota por el esfuerzo, cayó sobre la piedra del zaguán. La herida del brazo parecía insignificante en comparación con la que ella había provocado en las filas enemigas. Se quitó los guantes y observó la pequeña reliquia conseguida de uno de sus contrincantes. Un objeto extraño colgaba ahora de su mano, similar a un medallón, de un material derivado del acero pero cuya tonalidad variaba constantemente. Siguió analizando su premio hasta que distinguió la figura de una fortaleza en lo que parecía el grabado de un escudo. Suponía un gran esfuerzo apreciar aquel dibujo, pues toda la superficie plateada se surtía de innumerables líneas geométricas. Sintió entonces un nuevo deseo de conquista y de encontrar la familia y la tierra de la desconocida insignia. Elegiría a sus mejores hombres al amanecer. “Un buen premio por una larga batalla” susurró, mientras en algún lugar, un ser alado e inmortal, vertía una nueva lágrima.

La guerrera y sus hombres cabalgaron durante días, y los días se hicieron meses. Pero no hubo rendición para sus cuerpos cansados ni fatiga para la esperanza. Los espectaculares equinos, transformados ahora en enfermizos animales, arrastraban a sus dueños a una tierra desconocida. Pero Narial seguía erguida, fuerte, con el único propósito de conseguir y apoderarse de aquel lugar lejano. Permanecieron perdidos durante años. Desconociendo los caminos, enloquecidos por la lejanía del hogar. Los ojos de la que antaño fue una mujer jovial y hermosa, se escondían entre la pálida piel y las huellas que el tiempo había escrito en su rostro. Quizás fuera la hora de regresar al hogar, pues no cabría ya más victoria que el reconocer su fracaso y abrazar a aquellos que quedaron atrás.

Las vías de regreso al hogar, irreconocibles tras décadas de una cruzada mortal, confundieron su rumbo tantas veces que algunos más de sus fieles soldados tomaron el rápido descenso a la inmortalidad y el descanso.

Tres eran los que la escoltaban hacia las ruinas del cenit de su vida, cuando vio la alta fortaleza alzada sobre una morada que le resultaba familiar. Junto al muro del norte, cuya puerta de madera añeja invitaba a huir, se mostraba el grabado de una familia, el escudo esculpido coincidía con el del medallón, el único acompañante que permanecía en su corazón, aprisionándole, arrancándole cada suspiro de razón. Narial sonrió, animando a sus hombres, hasta que algo más se hizo familiar. El patio, la entrada a la vieja fortaleza a la que se le había añadido una torre, las escaleras, y las viejas almenas, desde donde sus antepasados habían decidido el destino de sus ejércitos. El hogar, ¡aquel era su hogar! Pero, ¿cómo era posible? Corrió hacia el jardín, hundiendo las rodillas en una tierra antaño fecunda, donde alzó por primera vez una espada con honor, donde sus deseos de ser una gran señora infringieron la gran herida del orgullo y el poder en su alma. Y entonces lloró, extrañada porque nunca lagrima alguna había corrido por sus mejillas hasta el territorio virgen de sus labios. Aquella jugarreta de los dioses. Más de cincuenta años buscando un lugar, y sólo tenía que esperar, viendo en lo que se convertiría el suyo. Ignorando no obstante, que si no se hubiese marchado, las cosas podrían haber sido distintas. Si hubiese valorado más su tierra…

El medallón cayó a la tierra junto a sus manos, y el primer rayo de sol rozó débilmente su brillante composición. “Los siento padre. Mirad en lo que convertí la heredad de vuestros ancestros.” Los destellos resbalaron del colgante hacia el suelo. Allí donde las lágrimas de Narial habían humedecido la tierra una raíz brotó con lento baile. Creció mirando al sol, hasta que una espléndida flor abrió sus vestidos para que aquellos guerreros pudiesen observar su color que la dotaba de gran hermosura. Aún la humanidad no estaba perdida.

El viento comenzó a soplar alejando la letanía del lugar y trayendo un nuevo sentimiento, la esperanza, el arma inmortal y eterna, la más fuerte.

© Mª Teresa Martín González

viernes, 19 de noviembre de 2010

Soñé contigo


Soñé una noche contigo. Pensé que era un error y desperté somnolienta.

Soñé al día siguiente nuevamente con tus ojos. Pensé que quizás algo se me olvidó comentarte.

Soñé ya al tercero, que tu mano rozaba la mía. Pensé que por la mañana me sentiría incómoda a tu lado.

Soñé esta noche que robabas mis besos y desnudabas mi cuerpo, me amabas y vestías con tus caricias. Pienso que hoy no podré resistirme a decirte “te quiero”.


© Mª Teresa Martín González