sábado, 13 de noviembre de 2010

EL BESO DEL PERDÓN

XIII CERTAMEN LITERARIO "PLAZA DE LA LIBERTAD"-MOTRIL 2007 1º PREMIO

Bajo la cúpula de material traslúcido y arcos de hierro tintados del color que extrañamente le confería el óxido, llegaba el sonido de un batallón de gotas que pretendían evadirse de la tormenta que las expulsaba con fiereza. La pequeña estación localizaba estratégicamente los charcos en los lugares más molestos para los pasajeros y viandantes ocasionales: escalones, accesos, taquilla y por supuesto en el andén. Allí esperaba Ethan, revisando por cuarta vez que no se había dejado el billete sobre la mesita de su habitación en el Hotel Imperial. Cada tres minutos un pitido lejano hacía prever la próxima entrada de un tren. Pero las esperanzas de que su transporte llegase puntual comenzaban a desvanecerse al mismo ritmo que el pequeño tentempié adquirido en la cafetería D’Luxe para el viaje: un bocado demasiado irresistible como para mantenerlo mucho tiempo aislado de su incipiente gula. No pudo evitar mirar su reflejo en uno de los cristales. Aún era irresistible pese a los años trascurridos, a ella le seguirían enamorando aquellos rasgados ojos color avellana y su atlético porte conservado sin gran esfuerzo.

Un nuevo pitido pareció anunciar el final de aquella negruzca tarde. Otro singular sonido, esta vez nacido del silbato del revisor, aconsejaba a los futuros pasajeros guardar una distancia prudencial con el borde del andén. El esperado tren llegó, cubierto de agua, desprendiendo un olor a carbón mojado y a metal. Los viajeros se agolparon con ansiedad, gritándose y dejando a un lado los modales. Ethan observaba curioso, ajeno a aquella especie humana de la que no quería formar parte. La tormenta aumentó, provocando un temible estruendo que parecía querer tapar el ensordecedor alboroto de la marabunta formada por sombreros, corbatas, gabardinas, plumas y visones, y algún que otro uniforme de soldado. Finalmente, accedió resignado y hastiado al largo vagón, mientras que en la estación se encendían los primeros faroles que anunciaban la noche.

Cuatro personas más ocupaban el compartimiento. Una niña de corta edad garabateaba sobre la ventana previamente ahumada con su aliento, extraños símbolos de esos que sólo comprenden los niños cuando empiezan a escribir. Entonces, por un corto espacio de tiempo, le pareció entender aquel galimatías infantil, percibiendo un nombre: “Johanna”. Pero fue sólo un momento, un instante, una insignificante milésima de segundo en el que sus recuerdos acudieron a mecerle en el pasado, o quizás a atormentarle. “Johanna”, susurró.

―¿Siiiiií? ―la pequeña se giró hacia Ethan, sus ojos permanecían completamente abiertos, sorprendida de que aquel señor conociese su nombre.

―Dime, pequeña ―murmuró extrañado porque la niña se dirigiese hacia él.

―Has dicho mi nombre, has dicho mi nombre ―la niña colocó en jarra sus bracitos y se balanceó moviendo su gracioso vestido de algodón rosáceo.

Ethan la miró, observando las trenzas doradas y sus ojos despiertos. Una de las mujeres sentadas frente a él agarró a la niña mientras ésta intentaba zafarse de su abrazo.

―Disculpe, caballero ―dijo la dama. Su voz aunque cálida surgía cansada, triste―, mi hija puede ser a veces muy molesta.

La niña se escapó de su madre no sin gran esfuerzo, volviendo a la ventana para mirar como las personas iban empequeñeciéndose a medida que el tren se alejaba del andén. Ethan sonrió lacónicamente, se quitó el sombrero mostrando sus cabellos blanquecinos.

―No, señora, no hay nada que disculpar, leí el nombre de vuestra hija escrito en el cristal y sin querer surgió mi pensamiento ―explicó―. Es normal y de educación que vuestra hija atendiera al pronunciar su nombre.

La dama asintió con la cabeza, no sin antes volver a rodear a su hija quien esta vez acogió el abrazo de buena gana.

La niña estaba escribiendo su nombre, pensó Ethan; no era ningún mensaje ni un engaño de su imaginación, simplemente se llamaba igual que ella, quizás llevaba mucho tiempo viajando o los años comenzaban a provocar absurdas conclusiones. Ethan abrió su maleta y sacó un libro, acarició con ternura la añeja portada, desplazó la primera página y se dispuso a leer la dedicatoria de la autora como tantas otras veces durante la última década. Cerró el libro ocultándolo bajo sus manos y miró a través de la ventana. Las gotas de lluvia no podían evitar ser arrastradas por el cristal debido a la velocidad. Un agradecido silencio invadió el interior del tren, los murmullos se apagaron, los viajeros dejaron de moverse entre los vagones buscando un sitio libre mejor que la plaza adquirida. En ese momento sólo se escuchaba el traquetear de aquella máquina de hierro y en su mente un verso, una caricia transformada en palabra, “Para mi querido Ethan, en su amistad, en su amor; en su compañía he visto la ilusión de compartir y soñar, de creer que vivir es algo más que una forma de expresar que respiras”.

El transporte tardó varias horas en llegar a Hareswille, una creciente ciudad que solía ser destino para aquellos que apreciaban los espacios abiertos, los verdes jardines entre los edificios victorianos y las hermosas vistas al mar. Destacaba entre los tejados y las terrazas de losa naranja la antigua catedral de Saint George, cuyo reloj marcaba el paso del tiempo siempre con cinco minutos de retraso. Varias veces había sido arreglado, pero el minutero disminuía su paso hasta el momento elegido. Allí la besó por primera vez, al pie de la escalinata. Johanna leía un libro de Emilia Pardo Bazán, y de vez en cuando hacía anotaciones en su cuaderno con una pluma cuya tinta le manchaba los delicados dedos. Ella sonreía apasionada por la lectura, quería ser una gran escritora, mientras que varios rayos de sol hacían brillar su ya de por sí dorados cabellos recogidos en la nuca con un prendedor de nácar. “Bésame”, dijo Johanna de improviso, riendo a continuación por la expresión del joven Ethan. “Bésame” repitió, “No puedo ser una gran escritora si no sé de lo que escribo, no puedo darle pasión a mis personajes si ni siquiera conozco el aroma de un beso, el sabor y calidez de los labios de un hombre”. Y él la besó y la amó, la amó tanto que la hizo su esposa.

La pesada máquina cruzó la ciudad invadiendo sus calles con el olor a carbón. Como aquella mañana de antaño, el amanecer prometía un día soleado. Las nubes habían quedado atrás con el dolor; la luz daba paso a los hermosos recuerdos y a la añoranza. Nunca había sido tan feliz como en aquellos meses. Un pitido le sacó de su ensoñación, cogió su maleta sin soltar el libro de entre sus manos y salió del tren, llegando a un andén repleto de pasajeros cansados, familiares pesados y llantos de alegría. Respiró, sacudió el arrugado sombrero y lo dispuso ligeramente ladeado sobre su cabeza. Comenzó a caminar entre el gentío, sorteando varios baúles, y rezando porque el hostal no estuviese completo. Entonces sintió un tirón de su gabardina, ligero, pero suficiente para hacerle girar.

―¿Nadie viene a recibirle? ―susurró la niña del compartimiento que ahora agarraba con grácil postura la grisácea tela. El comentario sorprendió a Ethan, era una pregunta demasiado indiscreta incluso formulada por aquella infantil mente. Sin embargo la pequeña Johanna mantenía los ojos fijos en él, ofreciéndole una mirada astuta, despierta, inteligente, podría decir que incluso adulta.

―Disculpe de nuevo, Caballero ―la madre de la niña se acercó exhausta y aferró a su hija del brazo obligándola a soltar la prenda ajena―. No suele alejarse de mí. Siento mucho las molestias.

Ethan vaciló, mostrando al final una sincera sonrisa. La dama se giró y ambas se dirigieron a las enormes puertas de hierro que daban a la Gran Avenida, perdiéndose, desvaneciéndose en aquella estación de bienvenidas y recibimientos, de saludos y regresos. Y mientras miraba las caras desconocidas de aquellos que le rodeaban intentando encontrar algún rasgo de su infancia y juventud, sintió una mirada que le localizaba, le imbuía de nuevo en la nostalgia. Se giró turbado, asustado pero sin causa alguna que le hiciese temer más que sus propias inseguridades. Titubeó agarrando con fuerza el libro junto a su corazón mientras el ruido del lugar se alejaba en su cabeza, el silencio le aislaba y las personas se movían a su alrededor de forma antinatural.

En el exterior se acumulaban varios taxis pero Ethan optó por caminar hacia su destino para despejar su mente. Tomó la primera calle que llevaba al parque Foster. Atravesó varias manzanas más deteniéndose frente a una gran mansión. Aún podía percibir el olor del pan recién horneado, la leña prendida en la chimenea cuando él llegaba de sus viajes, la radiante mirada de su hija recién nacida. Pero también se precipitaron en su mente las dudas, las presiones y la incertidumbre. En aquellos años las deudas crecían y el antes fluctuoso capital de su familia peligraba. El país se sumía en un caos económico y la bolsa bajaba a niveles preocupantes y suicidas. Su aventura en los negocios había acabado mal y la única solución que estimó posible para no arrastrar a su familia a la pobreza y ver sus bienes embargados fue desaparecer, huir, morir para toda la sociedad.

Aún permanecía el almendro plantado en el jardín, más alto, más esbelto y elegante, salvaguardando todas sus hermosas flores del bosque de piedra y contaminación. Así era ella, fuerte, resistente y protectora, siempre supo salir adelante, seguir sus sueños y triunfar pese a la carga de su corazón.

Ethan continuó caminando. Contaba con tiempo suficiente para recorrer algunos lugares marcados en la ruta de su particular mapa sentimental, la catedral de Saint George, el restaurante Napoli, el puente Dasfor. Finalmente se detuvo frente a una gran verja negra completamente cubierta de rosales que alcanzaban el letrero principal. Se introdujo en el lugar con paso lento, pausado, mezclándose con las estatuas marmóreas y los mausoleos, las solitarias lápidas y el silencio. Le invadió el olor a olvido y a hierba recién cortada, y entonces les vio. Un reducido grupo de personas rodeaban un féretro oculto bajo una montaña de coronas de lirios, margaritas, crisantemos y violetas. No quiso acercarse demasiado y observó a una prudencial distancia. Allí estaba ella, vestiría un elegante traje y llevaría el pelo recogido como solía gustarle, su rostro pálido habría perdido el color risueño de las mejillas, sus labios jamás serían besados de nuevo, ni sus manos trazarían historias en el interior de aquella caja mortuoria. Junto a la reciente lápida envejecía la piedra de otra en cuyo frontal aún se podía distinguir un nombre “Ethan Lustdon, esposo y padre fiel”. Todavía le avergonzaba aquélla palabra, “fiel”. Quizás la verdadera fidelidad hubiese estado en mantenerlas a su lado y no obligarlas a llorar frente a una tumba vacía. Durante veintidós años leyó todos los libros que publicaba, reconociendo el estado de ánimo de Johanna en cada historia, en cada personaje, sustrayendo de cada novela mensajes a su difunto esposo. “No puedo ser una gran escritora si no sé de lo que escribo”, había dicho ella ignorando que varios años después conocería el dolor, la soledad, el miedo, pero a la vez la fortaleza, el arrojo y la valentía, sentimientos que invadirían todas sus obras.

Se preguntó cuál de los asistentes al entierro sería su hija, ninguna de las señoras parecía conservar los rasgos de Johanna. Quizás fuese la mujer cuyo rostro se ocultaba bajo un velo y que mantenía una singular calma. Ethan aferró con fuerza el libro que aún portaba entre sus manos, esta vez le invadió un olor dulzón, suave y liviano. Escuchó un murmullo alrededor, un leve hilo de voz y unos pasos sobre la tierra. Se giró, apreciando aún más el dulce aroma, reconociendo la fragancia a nata, fresa, canela y… a ella. “Johanna” susurró.

―¿Siiií? ―surgió una voz infantil.

La reconoció, como aquella vez en el tren la pequeña Johanna contestaba por la anciana. En sus manos sujetaba flores recogidas del suelo formando un improvisado ramillete. La niña sonrió y separando una de las flores del ramo se la ofreció a Ethan. Sonrió por última vez y corrió hacia la mujer del velo negro, abrazándola, aferrándola con calidez y cariño, dejando finalmente sobre el ataúd la selección silvestre. Entonces el pasado se hizo futuro, Ethan sintió el roce de la brisa y un beso de perdón le llegó desde el recuerdo.

© Mª Teresa Martín González

sábado, 6 de noviembre de 2010









La fantasía es el cristal donde los deseos y el desconsuelo de una vida simple se reflejan en esperanzas y sueños, pero donde la realidad pierde sentido y dejamos de vislumbrar quienes somos, para convertirnos en algo que los demás nunca podrán ver.


© Mª Teresa Martín González

lunes, 1 de noviembre de 2010

La noche aúlla

La noche aúlla, mientras la niebla insiste en penetrar en mi casa, cuyas ventanas permanecen abiertas dispuestas pero temerosas. No oigo los árboles vencidos por el viento, pero sus ramas arañan el techado lleno de humedad vertiendo las tejas sobre el jardín. Leo tus cartas en mi alcoba, guardando mis lágrimas con ardor dentro de mis ojos. Espero tu llegada con una ansiedad que empieza a dejar de lado el miedo de los primeros momentos. Sé que no serás el mismo, pero me darás la mano mientras cruzo a ciegas el mar de muerte que me invade esta medianoche.

Las paredes se resquebrajan consintiendo el paso de la lluvia que moja mi camisón, permitiendo apreciar mi abatido cuerpo. Mi corazón quiere salir para dar la bienvenida a la niebla que ya rodea mi cama y me ahoga poco a poco. No veo tu mano, no escucho tus palabras de aliento, pero noto que estás cerca, siento que me acompañas en esta lenta agonía.


© Mª Teresa Martín González

domingo, 17 de octubre de 2010

Cualquiera

Cualquiera. Podría ser yo, podrías ser tú.
Cualquiera se asoma al balcón a despedirme. Cualquiera me llora en la distancia. Cualquiera me recuerda una vez marchada la estela triste de mi persona.
Cualquiera se sume en la tristeza. Cualquiera seca sus lágrimas. Cualquiera se acerca y le provoca una sonrisa. Cualquiera observa el nuevo amanecer.
Cualquiera, pude ser yo, pudiste ser tú. Cualquiera me abraza, lejos, cerca. Cualquiera invade este mundo que nos separa. Cualquiera se rinde a nuestra voluntad. Cualquiera nos reencuentra.

Un beso dado, cualquiera lo recibe, cualquiera lo guarda. El amor que vaga por el universo, cualquiera lo quiere, cualquiera lo espera, cualquiera lo retiene.

© Mª Teresa Martín González

martes, 28 de septiembre de 2010

Cualquier lugar

Es increíble que la luna siga mostrando mi sombra sobre este lago de arena turquesa. En este lugar los tres soles y ella parecen convivir sin muestra alguna de disputa, lo que me demuestra la debilidad de los sentimientos humanos. Aún no he encontrado rastro alguno de vida inteligente, pero sí a seres vivos que me observar con curiosidad tras los árboles que con sus desnudas ramas plateadas silban a cada paso. Es extraño el olor que me llega en lo que parece ser un largo amanecer, que se convierte en un florido aroma cuando el mayor de los tres soles aumenta su intensidad. En mi avance, en estos últimos días, encuentro más y más vegetación que voy clasificando no sin dificultad en mi cuaderno. No he advertido nube alguna pero al atardecer la brisa lleva consigo cierta humedad que alivia el calor. Lo más sorprendentes son los manantiales que surgen de la tierra desordenados. No me he atrevido a probar de sus aguas, aunque el resto de seres parece que se alimentan del extraño líquido dorado. Aunque los permanentes soles impiden ver el resto de estrellas más lejanas, el horizonte se forma por una línea tan brillante que en algunos momentos parece que un anillo de luceros protege esta tierra. Es curioso que desde el espacio este planeta parezca una simple piedra oscura y pobre de luz, es como si no quisiera ser descubierto. Me asusta pensar que soy un violador en estas tierras vírgenes y que de un momento a otro formaré parte de esos animalillos que me siguen desde hace varias horas.

Estoy cansado y bastante despistado en cuanto al horario. Tengo miedo, una sensación tan intensa que me está ocasionando un dolor de pecho. No temo por mi vida, pero creo que este informe no llegará a su destino, la humanidad no está preparada para perturbar y destruir otro paraíso.


© Mª Teresa Martín González

viernes, 17 de septiembre de 2010

DIANA Y EL OVILLO GIGANTE


La pequeña Diana, conocida como una niña muy inquieta y traviesa, no se detenía ante nada que alertase su curiosidad. La bicicleta nueva y el verano compaginaban perfectamente con sus ganas de alejarse de la granja y escudriñar más allá de lo permitido. Pero aquellos meses las nubes no se marcharon y el sol prefirió tomarse unas vacaciones en Agosto. La aventura sin embargo, la acompañó al pueblo de Villasbuenas donde les esperaba la sorprendente mansión de la abuela paterna.

Ningún rincón se opuso a su insistente energía, cada habitación fue aprendida y revisada por su pequeño cuerpo, incluso su corta estatura no fue un impedimento para inspeccionar los estantes. Buscaba con obstinación ese enorme gato al que mencionaba mamá con enfado y que según ella robaba los pasteles. Pero una tarde encontró una trampilla entre los matorrales del jardín. “Seguro que aquí se esconde ese enorme gato”, se emocionó, imaginando que un felino cuya única dieta se constituía de dulces tendría que medir por lo menos como ella. ¿Pero cómo atraer a semejante minino?

Se acercó al garaje, husmeó, seleccionó, registró y encontró los elementos necesarios para elaborar su plan. Convertiría el manillar de la olvidada bicicleta del abuelo, en un huso gigante. Enrolló el oxidado metal con las primeras tiras de lana saqueadas en la cesta de mimbre que hacía de costurero. Horas más tarde no existía hebra alguna en aquella casa que no formara parte de ese ya invisible metal.

Vecino a vecino, reunió la suficiente lana para abrigar a muchas ovejas y formar un fabuloso y peludo cebo. Cada mañana había algún habitante de aquel retirado pueblo preguntándose qué sucedía con su jersey nuevo, o con los ovillos secuestrados. Nadie sospechó jamás que la jovencita recién llegada, coleccionaba y seleccionaba el mayor surtido para elaborar un ovillo de su tamaño.

Empujó la enorme bola haciéndola rodar a lo largo de jardín, sorteando las mimadas flores de la abuela y el socorrido huerto. Abrió la trampilla con cuidado, más que por no romperla, para no espantar al enorme minino con el ruido metálico. Y una vez hubo dejado caer la madeja redonda, fue tras ella.

Poco se veía con la escasa luz proveniente del exterior, y menos animal alguno. En una de las paredes se vislumbraba una oquedad. “Sí, este debe ser su escondrijo”, murmuró mientras descubría un túnel. Caminó los primeros pasos dándose cuenta de la extensión del conducto, pues aquello que en principio parecía un simple paso se amplió en varias galerías. Ante ésto su curiosidad también se acrecentó. “Espero llegar para la cena”, sonrió. Ató fuerte el inicio del ovillo a un saliente de la roca, y lo arrastró avanzando por uno de los pasillos.

El camino se alargó más de lo debido, y aunque allí no entraban los enfermizos rayos del atardecer, una atrayente luz invadía el lugar, algo que aumentó sus ganas de fisgonear. El ovillo acabó mostrando el viejo manillar y el último retazo de lana. Ante ella se abrieron tres nuevos túneles. Poco importaba, porque a escasos pasos descubrió la razón de aquella luz.

Una enorme flor presidía la estancia proyectando luminiscencias con olor a fresa, melocotón, primavera y algodón recién cortado. De ella surgían riachuelos de diversos colores donde multitud de seres alados sumergían sus pies. La grisácea roca del suelo convertida en suave césped hacía de esponjosa alfombra. Y lo más impresionante, en la enorme extensión de pared rocosa, surgían nuevos túneles y galerías con nuevas y distintas luces.

Un ronroneo la hizo girar y con enorme sorpresa vio al gato más grande y barrigudo que jamás pudiese haber imaginado. “Te estaba buscando”, dijo un tanto temerosa mientras lamentaba no contar en esos momentos con el ovillo gigante, desconociendo que ella había seguido otro ovillo, un cebo más grande y engañoso.

La voz del gato prometía ser chillona, y sin cumplir lo esperado, aquel felino susurraba hilando palabras con suaves ronroneos. A pesar de su elevada estatura, seguía siendo un minino. “A veces, criatura, confundimos la curiosidad con la impertinencia y el descaro” la amonestó mientras le daba la espalda. Diana cruzó los brazos en un intento de aparentar más años de los que sumaban las velas de la tarta de cumpleaños. “Tu curiosidad puede que no, pero tu buen olfato te condujo a las tartas de mamá” replicó la niña. El comentario provocó las risas de unos pequeños seres alados, espectadores singulares del insólito encuentro. Un apetitoso aroma invadió desde una de las oquedades, Diana miró y restregándose los ojos observó incrédula como allí donde la oscuridad se batía con las extrañas luces, se cocía sobre una enorme llama el bizcocho más sabroso, jugoso, y adornado que jamás gato o niña alguna hubiesen deseado en sueños. “Yo no necesito los pasteles de aquellos que reciben en calor del sol, crecen bajo cielos inmensos, algodonados o brillantes cuando reina la dama Luna; no necesito nada de aquellos que pasean en prados verdes rellenos de hermosas flores, bañan sus sueños en refrescantes ríos y desembocan sus enraizadas esperanzas en mares que reflejan su desgana y apatía”, el minino la miró con gesto sereno mientras el ronroneo emanaba emotivo y triste. “¿Qué buscáis los humanos que no se encuentre ya entre vosotros?”. La niña cerró los parpados ocultando su mirada perpleja. “Si quiero pasteles, bizcochos o dulce chocolate, solo tengo que pensarlo, como puedes ver”.

Puede que el anochecer hubiese hecho presencia ya en el exterior. El gato notó la inquietud de la niña y la condujo frente a los tres túneles por donde había llegado a la enorme estancia rocosa. Diana no recordaba cual de ellos le había servido de conducto de entrada. “Tienes tres caminos, vías o rutas. Elige la gruta que más desees para llegar a casa, pero cada una tiene algo especial”, alzó la voz el felino como si fuese el presentador de una escena circense, los seres alados se emocionaron y aplaudieron. “Tres son los caminos, vías o rutas….”, repitió acercándose a la oreja de la invitada y susurrándole al oído.

Desconocía el trayecto recorrido y los minutos llevados para ello, pero las piernas desobedecían a los impulsos de un corazón con ganas de llegar al hogar. Bostezó una vez, otra y luego repetidamente, manteniendo y recordando las últimas palabras del gigantesco gato. “Tres son los caminos, vías o rutas”, había dicho “…, el primero te llevará a lo que tú llamas hogar, pero jamás sentirás curiosidad por lo ajeno, te embargará una total indiferencia por lo que te rodea. El segundo, te conducirá a lo que los humanos denomináis hogar, pero lo vivido hoy sucumbirá al olvido. Y el tercero,…”. Diana elaboró un largo bostezo. No lograba recordar el tercero, ¿cuál era? Las rodillas perdieron su fuerza, el sueño la invadió y la fría roca del suelo hizo de almohada en aquel húmedo lugar perdido en ninguna parte. “El tercero…, no logro recordar,… pero si es el camino que escogí”.

© Mª Teresa Martín González

martes, 27 de abril de 2010

Humo al amanecer

Observé humo en la lejanía. Enseguida me pregunté que podía haber ocasionado aquellas nubes negras y ese olor que embargaba la zona, pese a la distancia, con bastante desagrado. A mi mente acudieron muchas imágenes y sonidos que habían quedado atrás, en esos recuerdos que uno arrincona, que aunque duros y dolorosos, se mantienen para poder avanzar por el presente con paso correcto. Pero en esta ocasión no había escuchado ninguna explosión, ni gritos, simplemente aquella torre imponente se retorcía y avanzaba hacia el pueblo. Habían pasado más de 60 años desde la última vez que había visto las casas blancas escondidas por la ceniza. El sol debería de haber nacido ya, jugueteando tras la colina, asomándose lentamente mientras evapora el rocío de los campos. Sin embargo, sospeché que aquella mañana tardaría en aparecer siquiera alguno de sus radiantes brazos tras aquel cortinaje que avanzaba con desazonadoras expectativas para los vecinos.

A medida que caminaba hacia el límite de pueblo acompañado del resto de mis paisanos, el cielo consumía la poca claridad que aún conservaba sumiéndonos de nuevo en la noche. Pronto descubrí dos cosas, la primera es que los demás no me seguían, sino que lejos de tener la misma curiosidad que yo, se cobijaron en la capilla. La segunda, que junto al olor a hollín se apreciaba un ligero aroma. Tan suave llegaba aquel olor, que subía por mis piernas de jubilado y me hacía cosquillas en la espalda hasta llegar a mi nariz.

Ascendí poco a poco por el sendero que me conducía, kilómetros más adelante, a la carretera de la ciudad. Cada vez necesitaba apoyar más mi bastón en la tierra húmeda, aumentando al mismo ritmo que mi corazón el interés por despejar mi incertidumbre. A cada paso el humo se hacía más intenso y la visión del siguiente metro más difícil, me costaba respirar y aquel aroma se hacía más y más fuerte, hasta que mi cuerpo cayó vencido.

**

Abrí los ojos, el reloj del salón daba las siete de la tarde. “Menuda sienta, Antonio”, escuché desde la cocina mientras me desperezaba e incorporaba a duras penas de la mecedora. Me acerqué con la rapidez que me permitían mis cansados huesos, siguiendo el aroma que sin duda provenía del fogón. “Todavía no. Aún no están hechos, no me molestes”, gruñó mi señora mientras aplanaba mi nariz con la puerta. Decidí dar un paseo para apaciguar mi estómago, tomé mi sombrero y salí al aire libre.

Tras varios minutos comenzó a sorprenderme no ver a nadie por las calles, ni siquiera las dos hermanas de mi mujer habituales en la puerta de la iglesia para “conocer las últimas novedades del pueblo”. Al llegar a la plaza los bancos estaban vacios y la pista de petanca sin el público habitual. Ni siquiera había niños invadiendo los columpios o usando la fuente como piscina improvisada. Escuché algunos ruidos a través de una ventana, me acerqué observando en su interior a varios de los menores jugando con esos endemoniados aparatos de videojuegos. Me giré, acordándome de la rueda, el pilla pilla, el escondite y cuando Enrique y yo íbamos a coger renacuajos al río y de los veranos colándonos en la piscina de Don Anselmo y del sol, sobre todo del sol acariciando nuestros rostros jóvenes y saludables. Tras media hora de paseo haciendo turismo por las ventanas y observando a mis compañeros de dominó absortos con eso que llaman internet, regresé a casa. Omití detenerme a la vuelta en el Bar Manolo, ya que, Manolo, había sustituido sus famosas tapas de carne con tomate, patatas al ali oli, salamandroña y migas, por cosas que él denominaba “delicatessen” y cuyo nombre nadie se atrevía a repetir.

Entré en la cocina por la puerta del patio. Aún permanecía el sabroso olor. “En la mesa camilla, Antonio. Pero no te hinches, que te sube el colesterol”. El colesterol y el azúcar, cómo no me iban a subir, si desde que mi mujer se había hecho con el Cheff 3000 hacía tantos platos como en un restaurante y siendo yo el único comensal habitual, me temblaba la dentadura. Entré en el salón, esperando ver en la bandeja el único plato que mi mujer seguía haciendo a la vieja usanza. Allí estaba, aquella montaña de buñuelos alpujarreños junto a mi copita de anís. Tardé medio segundo en cortar la tele de plasma, que nos había costado la paga extra de la pensión y en mirar con desconfianza la antena tan fea que nos había colocado el técnico. Encendí la radio, me senté en la vieja mecedora y cogí un buñuelo. Suspiré, sonreí, saboreando los años buenos.

© Mª Teresa Martín González