viernes, 26 de diciembre de 2025

ABRIÓ EL HORIZONTE

 

ABRIÓ EL HORIZONTE


Ella se asomó por la ventana colocando sus codos en el alfeizar con las manos sujetando su rostro, tal y como lo hacía cada mañana. Esta vez no era distinto, el sol al fondo intentando hacerse paso desde el Este desde detrás de las montañas, los olivos estratégicamente colocados en el jardín de en frente, y los tejados de los cortijos lejanos. Olía sin embargo aquella mañana, a la lluvia caída horas antes. Pero esta vez su aroma no le agradó, sino que le infundió un sentimiento de añoranza, melancolía y tristeza. El reflejo de la aflicción que cargaba sobre sus hombros desde tiempo atrás, agudizado, que intentaba, como ella, gritar pero acababa ahogado en la garganta.


El horizonte quedaba detrás de aquellas “emes” rotas por el hombre en algunas partes, cubiertas por vestimentas de plástico. Aquella mañana necesitaba ver más allá, expandir su mirada, respirar, por lo que abandonó el cómodo rincón diario y subió a la planta más alta de aquella casa que caía ladrillo a ladrillo, piedra y piedra, sobre cada uno de sus huéspedes. Desde allí podía mirar al sur, donde el azul del mar se perdía en el horizonte. Colocó sus manos para evitar ver los tejados cercanos y los edificios lejanos que rompían la reconfortante vista. Gritó, gritó y gritó, pero esta vez sin enfado, sin frustración ni enojo, como lo había estado haciendo este último año, pensando quizás que las pocas nubes que aún quedaban, la escucharan antes de desaparecer. Puede, presintió, que como siempre, sus gritos, sus palabras y susurros se quedasen en nada, bailando alrededor de sus receptores como una danza loca sin fin que no apreciaba nadie. Daba igual.


El teléfono sonó en alguna estancia de la vivienda. Lo ignoró, no sin gran esfuerzo y haciendo el gesto inconsciente de llevarse la mano al bolsillo trasero del pantalón para cogerlo. Pero allí no estaba. Comenzaba a rechazar aquél aparato endiosado que la esclavizaba, un paso del que era consciente, como también lo era de que aquello no quedaba allí. Quizás su voz no se escuchase y rebotase como eco entre paredes en ruina, al igual que sus llantos, su desesperanza. No obstante, ella prescindía poco a poco de la niebla interior, atendiendo a su yo, sabiendo que aquello no tenía más que una solución.


Ni las atenciones, ni las caricias, los besos ocasionales ni el amor sincero podía acomodar la irritante situación que la violentaba, molestaba, pero especialmente la cansaba con la constante carga de nunca ser tomada en serio.


El estridente sonido del teléfono volvió a intentar devolverle a la ventana con sus codos clavados bajo el dintel. Esta vez se escuchaba más lejos. Sonrió. Sí, quizás era el momento de cubrirse, prepararse, amortiguar cada dolor, cada desagradable día en aquél lugar, para girar su mente y quizás pronto, su cuerpo, hacia ese horizonte libre.

©Mª Teresa Martín González

martes, 19 de octubre de 2021

 Había aprendido a perpetuar aquella sensación en su interior, tanto que la tenía clavada en aquel alma cada vez más oscura. Se congraciaba con su pasado y estudiaba los momentos para aprender más de cada acto realizado, todo para alcanzar la perfección deseada. El sabor a culpabilidad hacía tiempo que había mutado y el amargor ya no rondaba su boca, sino un dulzor que agradaba a su paladar. La única lección aún no controlada era la prudencia, le gustaba, no, le encantaba admirar su obra aunque ello supusiera un riesgo y una deuda moralmente inasumible. Cuanto más se acercaban los pasos, más temblaba su ojo derecho, un tic que se acentuaba cada noche, pero la adrenalina agregaba otro ingrediente deseado al menú y el peligro crecía con tal intensidad que generaba pequeños y gratos calambres en su piel. Le atraparían alguna noche, acabaría entre las sombras, vencido por el acero y con su sangre desparramada por el suelo, probablemente confundida con su última victima. Vendrían a por él los brazos negros procedentes de ese infierno que él recreaba en su mundo, entonces les mostraría sus manos llenas de vidas arrancadas y lágrimas vertidas, ellos le escucharían con entusiasmo y en el clamor de las almas perdidas le conducirían al trono de fuego..

miércoles, 21 de marzo de 2018




Entre las esmeraldas nació el sol, que las envidió. Se alzó alto para evitar competir con ellas. Se negó a mirarlas, omitiendo su existencia, pero entonces explotó en luz por la rabia de no ser tan linda piedra, haciendo que los miles de rayos reflectasen el color de los verdes minerales. Entonces un felino secuestró en su avance los millones de destellos que se desplegaban por el aire, pequeñas virutas de esmeraldas bailando en el espacio. Le dijo entonces al sol: "no te escondas de su cristalina hermosura, que yo las guardaré como si joyas tuyas se tratasen. A cambio tú me darás calor todos los días desde lo más alto del cielo, y serás mi faro por la noche para permitirme ver". Así, el gato mantuvo su promesa durante la infinidad de los tiempos, y en los ojos de sus descendientes el gran astro puede ver su preciado tesoro.


©Mª Teresa Martín González

domingo, 4 de diciembre de 2016

Un trozo de arcoíris

Parecía una nube sobre la chimenea, o un trozo de arcoíris desprendido. Me negaba a darle un nombre mientras lo observaba flotar, primero sobre los sauces del jardín y después ascender rebotando de tres en tres tejas. Noté el empujón de mi hermano pequeño para que me acercase a la escalera que había colocado mi padre aquella mañana para quitar los adornos de Navidad. Aunque reticente al principio, no podía negar el interés que aquél objeto causaba en los dos niños que con ojos curiosos lo examinábamos.
No más de diez pasos me separaban de la escalera plegable, pero suponía una tentación demasiado peligrosa, no por la inestabilidad de la misma, sino porque quedaba demasiado a la vista y mi acto sería duramente reprendido. Subimos al desván, desde allí parecía una mejor opción salir al tejado y acercarme, aunque el objeto flotaba de un lado para otro e inspeccionaba en ese momento la veleta con forma de gallo. Puse el primer pie sobre el alfeizar, no permitiéndome un solo paso en falso, aunque no me preocupaba demasiado y mi único interés seguía siendo los colores cada vez más intensos a los que me iba acercando.
Dos pasos, tres, descanso, uno, agarrarse bien, no mirar hacia abajo, y mi meta cada vez más próxima. Y entonces el viento comenzó a mover las ramas de los árboles y pronto se empeñó en jugar con lo que ya consideraba mi regalo tardío de navidad. No, no se me escaparía. Corrí sujetándome en la endeble vaya decorativa y llegué. Las sensaciones que me embargaron fueron muchas, decepción, asombro y alegría por ese orden. Ya junto a mi objeto, parecía un globo, con su pequeña cuerda incluida, con la que se había mantenido sujeto los últimos minutos junto a la veleta, enredada, pese a que el viento empujaba cada vez más fuerte. Pero su tacto, sus colores, ese brillo, no, seguía perteneciendo a esa clase de piezas extraordinarias y mágicas que de vez en cuando se dejaban ver en nuestro mundo. Sin miedo me apoderé de su cuerpo, lo abracé, impregnándome de su luz, de las diminutas partículas de brillo que surgían de su interior. Cerré los ojos cuando el viento quiso arrebatármelo con furia. Y nuevas sensaciones me invadieron, la soledad, la desesperación, la tristeza. Quería, no, amaba ese objeto, mi objeto, mi pequeño trozo de arcoiris, por lo que cuando ya se estaba alejando, sin atender al peligro de mis actos salté, salté tan alto que la Señoríta Emilita me hubiese puesto matrícula de honor en gimnasia. Tome entre mis manos la cuerda y ascendí, ascendí, asombrado y emocionado, sin darme cuenta que sobrevolábamos el pueblo, los tejados nevados y el campanario, que huíamos llevados por un huracán de emociones a algún lugar maravilloso.


©Mª Teresa Martín González


domingo, 27 de noviembre de 2016

Que me haces llorar, lo sabes. Que me haces girar y agarrarme a la valla que acompaña mis pasos, lo sabes. Que me revuelves los cabellos con furia  y deslizas mis recados por la avenida, lo sabes. Con brío sales cuando quieres y muestras tu poder, sin pensar en nada, sin estimar si merece estudio tu enfurecimiento o es un mero juego. Me causas enfado, me atormentas, alargas tus manos y me refugias en tus brazos nerviosos. Y después abandonas, llevando tu energía, dejando calma y huella.


©Mª Teresa Martín González

domingo, 21 de agosto de 2016

Soy fuego

No lo ví venir mientras se encendían las bengalas del rencor y el dolor iba consumiendo el aire que respiramos. Pero no importa, porque soy fuego, llama que consume, que no se apaga.

Arrastro mis palabras y acabo impregnada con la sal de mis lágrimas, ascendiendo a la locura. Pero no importa, porque soy fuego, calor que arde, que no se enfría.

Perseguir sueños antiguos no hace revivir las pasiones aunque bebamos de la misma copa. Pero no importa, porque soy fuego, ascuas que resisten, que no perecen.

Y porque soy fuego, cual fenix revivo desde el interior de este corazón desgarrado, liberándome, liberándome.

sábado, 6 de agosto de 2016

Tarde

Y el cielo cayó sobre nosotros, agasajándonos con sus terribles truenos y las mareas de fuego. Pero yo miré con indiferencia sus ojos sin perder de vista el rostro cruel de aquellas palabras que se repetían constantes en mi mente. Adiós le dije, adiós, dejando escapar de mi corazón el único sentimiento que me quedaba.

miércoles, 16 de marzo de 2016

El humor del viento

Simulaba cada movimiento, asimilando el vaivén de las hojas que le acompañaban aquella tarde de otoño en su rítmico baile. La calidez de la mañana le había procurado una agradable temperatura, por lo que rozaba a los viandantes agasajándoles con su suave toque sin que la toscas lanas impidiesen el acto. Tras varios intentos por introducirse en sus casas, fracasó en el deseo de husmear en las instancias, revolver las pertenencias ajenas y dejar huella en su avance, pero centró su atención en una pequeña zona ajardinada, donde una joven recogía sus largos cabellos en una trenza. Corrió, corrió como torbellino pero manteniendo su carácter de brisa cuando se acercó, la abrazó y soltó aquellos mechones rojizos, acariciando las mejillas rosadas y sus largas pestañas. Enredó las vestimentas apretando las curvas de la muchacha, notando entonces el temblor que recorría todo su cuerpo. Temió haberla asustado, por lo que se alejó llevando consigo el aroma de ella, aunque enfurecido por no seguir notando su piel templada.

Dedicado a JR

©Mª Teresa Martín González

sábado, 2 de enero de 2016

PARTIR ENTRE LLAMAS



Ayúdame a que el fuego no consuma mi cuerpo, único vehículo de mi alma condenada. Asegúrate de que los vientos se lleven las llamas y que arrasen con el mal que se refleja en mis pupilas cansadas.  Rogaré entonces entre gritos de agonía mientras se quiebra la tierra que piso, que siga la luz escapándose entre las rendijas de la desidia, que mis cabellos caigan marcando el camino al infierno para que nadie me alcance y que con cada mirada que haga desde mi trono de llanto sea una advertencia.

Ayúdame a mantener los recuerdos inalterables porque es lo que quedará de mi ser. Asegúrate de escribir con líneas de sangre cada retazo de las décadas vividas con amor y sin rasgo de arrepentimiento. Rogaré entonces mientras graban el hierro de las cadenas en mi piel que las espinas de azufre no saqueen vuestros hogares ni el puño del horror llame a vuestras débiles puertas.

Ayúdame a comprender en mi regreso las pasiones de aquellos destinados a yacer bajo mi mano. Asegúrate de alejar cualquier signo de esperanza de los primeros de mi lista porque ellos caerán con lentitud y disfrutaré del desgarro de su carne mortal. Rogaré por evocar tu nombre cuando llegue el turno de los inocentes para que tu trance sea rápido e  indoloro, y que reconozca quién fuiste para mantenerte a mi lado hasta el final de los tiempos.

Siento cada pensamiento puro evaporarse con el calor de las brasas bajo mis pies y las páginas caducas de mi historia quemarse al mismo ritmo que estoy perdiendo la noción de mi misma. Huye de estos brazos que alguna vez te abrazaron, huye ya de estos labios que besaste, huye mientras se disipa el último retazo de mi corazón.


©Mª Teresa Martín González

jueves, 5 de marzo de 2015

No dejo de mirar

No dejo de mirar y sentir que acaba todo. No puedo impedir que mis lágrimas vuelva a viajar donde tantas veces terminaron. No llego a respirar con facilidad cuando necesito seguir adelante. No siento la fuerza para contarle lo que mi corazón pierde con cada palabra.

Sí necesito que los límites queden expuestos a la luz de nuestras intenciones. Sí limpio los capítulos de nuestra historia. Sí acaricio con cierto temor las ilusiones que se abren hacia mí. Sí contesto a la vida con una sonrisa. Sí deseo dejarte atrás, deseo convertir mi vida en millones de tonalidades donde no estás tú. Sí amanezco aún con los ojos llenos de recuerdos.

Pero caminaré, lograré, superaré, venceré, hasta que el susurro de la vida sea mi anfitrión.

©Mª Teresa Martín González

jueves, 15 de mayo de 2014

El brillo de una promesa

Brillaba junto a ella, en su sencillez, distraía al ajeno de la importancia de aquél gesto. Lo miraba y remiraba en lo que parecía ser una larga tarde de primavera, pero que en realidad sólo había supuesto unos segundos, intranquilos eso sí, pero un mísero instante que, en aquellas circunstancias, comenzaban a ser una pesada piedra atornillada entre su corazón y la cabeza.

Brillaba junto a ella, deslumbrándola con ensoñaciones y promesas, con poemas de amor que surgían  de  su cuerpo dorado. Ella en cada parpadeo veía sin embargo cansancio y tristeza, miedo y metas incumplidas, un rostro expectante, un corazón palpitante, pero un alma perdida.

Brillaba junto a ella, como símbolo de una petición, de un paso más que quizás estaba dispuesta a dar, sí, pero no en aquella dirección, dónde los reflejos la dejaban ciega y confundían las señales del camino.

Dejó de brillar, renunció la luz a bañar su corona de diamante. Ella mudó su rostro asombrado para esbozar una ligera sonrisa. Cerró la cajita que contenía el regalo y, mirando a los ojos del portador del obsequio, distrajo su esperanza con un suave pero firme "NO".

©Mª Teresa Martín González

domingo, 2 de marzo de 2014

EL LATIDO II continuación...



II

            ― Milord, el amanecer está cerca y la “vieja” dice que está lista –informó el soldado mientras hacía un gesto despectivo hacia la extraña anciana que jugueteaba con restos de huesos cerca de un carro.
           El caballero de los ojos negros cerró los párpados, descansando la mirada que había mantenido durante largas horas fija en la lejanía, más allá de las brumas que se levantaban en el lago, puesta en aquellos torreones que le separaban de ella. Caminó entre los caballos con paso firme, como era habitual en él, y se detuvo ante la anciana, lo que provocó que ésta se encogiese de temor.
        ― Habéis tardado mucho “vieja” –recriminó–, y espero que los resultados me satisfagan y alejen de mí esta ira que me ha provocado vuestra presencia durante estos meses.
           ― Claro mi señor, claro mi señor –aseguraba mientras bajaba la cabeza y comenzaba a recoger sus utensilios, dejando mostrar en su rostro una ligera pero bien perceptible mueca.
           El caballero pisó con su bota uno de los utensilios, a riesgo de dejar bajo el cuero los huesudos dedos de la mujer. La anciana retiró bruscamente su brazo e intentó que sus mechones tapasen su cara, pero para él era perceptible sin duda alguna la sonrisa bajo los grises cabellos.
            ― ¿Os estáis riendo? Porque será un placer enorme compartir vuestro júbilo cuando os aparte de mi vista y deje de acompañarnos el hedor de vuestra carne –escupió – Ahora recoged vuestras cosas y mostrarme el camino –sus iris parecían conseguir lo imposible, parecer aún más negros.
           La anciana se levantó, se remangó sus faldones y caminó hasta la orilla. Intentó que sus pies no rozasen el agua maldita. Cogió un puñado de tierra, con dificultad estiró su cuerpo, alzó los brazos mientras pronunciaba unas palabras y arrojó el contenido de su mano al frente. Miró hacia atrás apenas un instante, confirmando que el caballero permanecía allí, alerta. Y entonces sopló, sacudiendo hacia delante el polvo de tierra que flotaba como si de pequeños insectos se tratase, mostrando en su avance un puente de piedra roja sobre las aguas.
           ― Montad –ordenó el caballero sabiendo que su voluntad sería inmediatamente cumplida y haciendo él lo propio–. No quiero trucos, vieja, seréis recompensada como acordamos a la vuelta –indicó mientras el corcel ponía los cascos sobre los primeros zócalos del puente. Entonces apreció aquella sonrisa diabólica entre las arrugas de la boca de la mujer.
           ― Entonces me daré por recompensada con vuestra muerte, porque nunca regresaréis –casi carcajeó–. Ella no os dejará vivir.
            El caballero por una vez dudó, por ahora la leyenda parecía ser cierta: el bosque maldito, en el que había perdido a más del tercio de sus hombre; el lago negro de Aguas Turbias que fundía desde la piel mas fina hasta el más rudo metal; el Palacio de los Siete Torreones en mitad del lago; y el camino secreto que conducía hasta su gran puerta de sangre. Pero en su corazón no había miedo, no temía que aquellas piedras rojas que les sostenían y que se movían al paso de su trote, desaparecieran y les dejaran a ciegas en mitad de aquel infierno de líquido oscuro, no temía la puerta de sangre cuyo color empezaba a apreciar en la distancia y al ser que había detrás de los muros de la fortaleza, no, no temía a la muerte, pero una congoja le invadía cuando pensaba en lo que supondría su derrota. Rozó suavemente el zurrón, sintiendo entre su poderosa mano lo único que les garantizaría la victoria.
            Sus pensamientos se detuvieron cuando ante ellos comenzó a vislumbrarse el brillante rojo de la gran puerta. Si bien no era sangre lo que formaba las dos enormes hojas, los rubís que la cubrían en toda su extensión eran de un rojo tan cristalino que reflejaba el movimiento del agua, lo que provocaba la ilusión de ser un torrente de sangre.

  Continuara…


Primera parte en http://elvuelodealasnegras.blogspot.com.es/2013/09/el-latido.html



©Mª Teresa Martín González





sábado, 7 de septiembre de 2013

EL LATIDO



Quizás la noche más oscura que había caído jamás sobre aquella avejentada fortaleza. Lejos de enorgullecerse de los salones desvencijados que otrora fueron atractivo de las fiestas de la familia Londstand, mantenía con soberbia sin embargo, los siete altos torreones que se podían divisar desde la cabaña al otro lado del lago de Aguas Turbias. Cinco eran los jinetes que, aposentados sobre sus caballos, observaban con cautela el pequeño mar que ante ellos se desplegaba como una alfombra de sombríos y lúgubres secretos. Uno de ellos levantó la mano, girando su rostro y observando a través del yelmo con sus extraños ojos negros. Otro de los hombres se llevó un cuerno a la boca y mientras que el resto bajaba de sus monturas, hizo sonar el objeto llevando el estruendoso sonido a través del Bosque de Llena. Después, regresó el absoluto silencio, roto nada más que por el extraño latido que surgía del interior de un zurrón.

         Elya dejó el pincel sobre la mesa. El aviso llegado desde la orilla no había pasado desapercibido para ella, ni para el cuervo que inquieto se movía en el alfeizar. Limpió los restos de pintura en sus vestimentas y salió de la recámara. “Ya han llegado” susurró con una voz que apenas reconocía como la de ella. Intentó no arrastrar con sus ropas las numerosas telarañas que se habían ido formando durante décadas en el pasillo y en las escaleras que descendían a las estancias inferiores. Sabía que no se atreverían a entrar hasta el amanecer, pero para entonces, estaría preparada.

            …mientras tanto, en un lugar lejos de allí…

Miraba taciturno al noble, detrás del biombo construido con las dudas y desconfianzas ajenas. El rojo y el púrpura peleaban por ser el color que más resistía al oxido que consumía el escudo familiar, mientras las llamas del tiempo devoraban los tapices, los muebles e incluso la vieja escalera que abría sus brazos hasta el gran balcón. De vez en cuanto vaciaba de aliento su pecho, esperando que con cada suspiro volviera a palpitar su corazón como lo hizo antaño, con ritmo, emoción, al fin y al cabo, con vida. Igual que las cortinas que rasgadas se habían dejado llevar poco a poco, trocito a trocito, por el viento que entraba por la ventana, él se dejaba caer, vencido.
―¡De que os sorprendéis! –replicó frente a su interrogante mirada– ¿No me habéis llamado acaso? ¿No rogáis cada día de vuestra miserable existencia lo que yo os puedo ofrecer?
Un lamento salió de sus huesos del hombre cuando su acompañante hizo ademán de coger su desvencijada espada. Se acercó, reprimiendo el acto de colocar sus manos sobre aquel cuello y hundirlas en su carne. “Aún no, aún no”.
―Supongo que es un regalo, digamos...divino –susurró, imitando las palabras que antaño habían surgido en una primera conversación muchas, muchas décadas atrás.
―Me engañaste –apenas salía un hilo de voz.
Sonrió ausentándose de la mirada suplicante del hombre, provocando que él aumentase el temor y angustia. Se acercó aún más para robar sus pensamientos, cauteloso para evitar contagiarse de la agonía de aquel incauto que una vez lo quiso todo a cambio de lo único que ahora serviría como moneda de cambio por su vida.
―Es un verdadero calvario ver morir poco a poco a tus seres queridos, ver que el tiempo avanza y tus hijos son abrazados por el descanso eterno –se enfrentó a su rostro con una sonrisa que provocó la caída instantánea de sus párpados– pero lo es más el envejecer y darte cuenta de que tu cuerpo y mucho menos tu alma, nunca alcanzarán esa paz. ¿Es eso lo que deseabas realmente aquella noche en la que nos conocimos?
Una ligera brisa removió la estancia, trayéndole un olor conocido. Ella estaba cerca. Podía notar su presencia, le resultaba agradable pero ahora no le interesaba que posase sus manos sobre su "socio" y su aciago destino, que en cierta forma, le pertenecía.
―¿Podrás con ella? –el hombre consiguió esbozar una pequeña sonrisa con sus labios comaldos de yagas pese al temblor que recorría cada uno de sus huesos humanos.
―Vaya. Era demasiado desear que no se hubiese hecho notar. Por lo que he de cambiar mis planes, llegó el momento, nuestro acuerdo finalizará esta noche.
Puede que tuviese razón, bastante había disfrutado ya con el sufrimiento de ese indeseable. Quizás el trato llegase a su término antes del amanecer, pero eso no le evitaría disfrutar de unas cuantas horas, siempre que lograra convencer a la dama cuyos pasos ya se escuchaban detrás de la puerta de roble.

  
            Continuara…


©Mª Teresa Martín González
 

domingo, 14 de abril de 2013

El honor y la batalla



Alzó alto el brazo y sonrió mientras bajo sus pies el imperio sangraba. Reflejado en los agresivos ojos de su enemigo golpeó su furia contra el insensato que había osado retarle. La mueca sorpresiva de su adversario en aquel duelo entre samuráis, se transformó en un rictus inexpresivo, indefinido, mortal. Sus ancestros, que como aquella noche mil batallas habían vencido, se mostrarían agradecidos por su honor y valía. Rió con la katana fija en su mente, abriéndose paso en el mar de desesperación mientras que los cinco elementos le acompañaban, le mecían apesadumbrados y rabiosos ante aquel frenético caos. La noche se oscurecía aún más con el pesar de las almas errantes, de los samuráis atraídos al jigoku.


Las flores del cerezo blanco se tiñen de rojo. El amanecer no traerá otro día, sino el  despertar de una era en la que las hojas de acero se mantendrán en un obi de seguridad y paz. Pero aquella noche maldita arrastraría junto a la victoria, el fuego y devastación de una tradición, de un pasado en que las calles de Kyoto o de Edo se vestían de gala para recibir a sus memorables guerreros.

Por última vez miró más allá de los caídos y de los cuervos negros invitados al festín. Se arrodilló, ofreciendo una reverencia en su locura. Porque el perfume a cerezo blanco no se mantendría en aquella nueva era, gestada entre sangre y muerte.

© Mª Teresa Martín González

sábado, 30 de marzo de 2013

SIN TÍ

Adoraba sentir el poder de mi voluntad sobre su pequeño cuerpo de madera. Disfrutaba controlando sus brazos y sus piernas, dirigir su rostro de cerámica hacia el público. Pero los hilos han dejado de mandar sobre ella, ya no puedo respirar, no puedo manejar sus actos, ya no puedo sentir los aplausos indirectamente recibidos durante tantos años. Qué será de ella sin mi, que será de las tardes en el parque, que será del telón que se abría para descubrir sus cuentos.

¿Por qué no se abre el telón? ¿Por qué no se apartan las cortinas? Quiero escuchar las risas de los niños. Ya es por la tarde, ¿por qué no siento tirar de mi cuerpo, por qué no me hacen bailar? Quiero moverme pero estos hilos no se estiran como otras veces, ni oigo esa voz que me habla antes de iniciar la sesión y narra los cuentos como si fuera yo. Quizás pueda levantarme y andar sin él, o esperar, al fin y al cabo no se hacer otra cosa. 



© Mª Teresa Martín González
 

martes, 26 de febrero de 2013

CREACIÓN


 
En algún momento de su vida fue vulnerable a las palabras de Dios. Promesas infundadas en falsos deseos le llevaron a soñar con un paraíso extinto ya en la tierra de los hombres. En su honestidad e ignorancia predicó la bondad y el buen camino. Su juventud no supuso obstáculo para seguir la senda correcta. Y las dificultades de aquel lugar en ninguna parte, lejos de toda ley y orden, no habían hecho más que acrecentar su fe y las ganas de servir al que mira desde lo más alto. Pero algo surgía desde su interior, una emoción más fuerte que cualquier creencia, una sensación, y como él lo definía con pena, un obstáculo para su alma.
    Un lustro había tardado en recaudar el dinero suficiente, rondando los altos cargos, aceptando inmorales regalos por injustos perdones. Finalmente, tras décadas de ensoñaciones y palabras vanas, se iniciaba su sueño, la reforma de la pequeña Iglesia de San Jorge.
   Caminó varios metros observando las desgastadas pinturas de los techos y de las paredes con una sonrisa. Esquivó un andamio, sorteó varios cubos y evitó con suerte un resbaladizo suelo. En ese momento la vio por primera vez, hermosa, virtuosa, prohibida, surgiendo con cautela tras una columna.
   ―Vengo a confesarme, padre −susurró avergonzada. Sus largos cabellos peleaban por mostrar toda su extensión bajo su blanquecino velo. Alzó los ojos y miró a los tres ángeles que coronaban la estropeada pintura religiosa tras el confesionario−.He de saciarme con vuestro perdón y redimir mis pecados, Padre Miguel.
   Él la miró sorprendido, observando el fino rostro de la dama. En todo el largo tiempo como misionero en aquellas tierras sureñas, jamás había visto semejante hermosura. Sin embargo, aquella mujer no tenía parecido alguno con las nativas, de por sí portadoras de exquisita y sensual belleza. Sus cabellos dorados y su piel bañada por el más puro nácar, aquellos ojos que susurraban aún más que sus palabras, y un secreto, un pecado que necesitaba ser confesado, supusieron el mayor reto a la castidad de toda su existencia al servicio del Señor.
   ―Padre… −murmuró esta vez. Con delicadeza recogió parte de su vestido dejando apreciar sus pequeños tobillos. Giró, volvió a mirar los tres ángeles vigilantes y se introdujo en el estrecho habitáculo del confesionario.
   El Padre Miguel ocupó la estancia contigua, escuchando a través de la rejilla de madera el crujir del particular vestido de la dama, blanco, bordado y de gran envergadura. No cabía duda, era un atuendo único, especial e inconfundible.
   ―¿Qué clase de pecados puede tener, hija mía? Me azora y desconcierta vuestra necesidad de confesión. ¿No deberíais estar en otro lugar en estos momentos? −intentó serenar sus palabras pero le envolvió la incipiente curiosidad.
   La mujer terminó de acomodarse y el crujido cesó. Dejó caer su cuerpo sobre la pared contigua, apoyando la frente sobre el enrejado.
   ―Mariel −dejó escapar de forma débil.
   ―¿Mariel? −repitió él.
   ―Mi nombre es Mariel, así dispusieron aquellos que me engendraron −el padre Miguel comenzó a sentir el cálido aliento femenino a través de la reja de madera.
    ―No es menester que conozca vuestro nombre, si de pecados ha de tratar nuestra conversación podéis ocultarme vuestra identidad. Dios es quien os perdonará y quien sabrá donde dirigir su misericordia.
   La mujer giró la cabeza y sonrió, mirando fijamente el sereno rostro del hombre.
   ―No hay anonimato que me interese −dijo, prosiguiendo siempre con un suave hilo de voz−. Si en la complicidad de este habitáculo incómodo he de confesarle mis intimidades e infortunios, prefiero que sepáis mi referencia, así podréis interceder por mi alma.
   El Padre Miguel acarició la cruz plateada que pendía de su cuello. Suspiró y comenzó su trabajo, realizando con premura el símbolo de la santificación.
   ―Comenzaré desde el principio. Pero no desde mi principio, sino desde que la vida me habló −aclaró. Su ojos se alimentaron de esperanza, abrió los parpados mostrando la claridad de su iris, anhelando una palabra alentadora del atento oyente. El Padre Miguel permaneció en silencio.


   «Hace tres siglos, los primeros colonos que llegaron a este recóndito lugar construyeron una pequeña iglesia. Le dieron el nombre de San Jorge por los extraños amuletos con forma de dragón que pendían de los cuellos de los nativos. La rudeza de esta tierra hizo que los extranjeros no se amoldaran a las yermas montañas, por lo que con el tiempo se trasladaron a zonas más cercanas al nivel del mar. Los colonos se marcharon y con ellos la imposición religiosa, quedando olvidado este pequeño santuario hasta vuestra llegada.
   Durante los años que sobrevivieron las nuevas gentes en estas altitudes, como bien le he dicho padre Miguel, mostraron dedicación exclusiva “en domar” los infieles corazones de los lugareños, y en enseñarles piedra a piedra, sudor a sudor, que Dios todopoderoso estaría agradecido con ellos a cambio de un precioso templo donde rezar.
   La iglesia se terminó. Todos se sintieron satisfechos por la obra. Sólo faltaba lo más importante y que haría a esta casa de Dios mejor que otras. El oro. Sí, el oro que nacía en lo más recóndito de estas montañas, cuyo valor de cambio jamás había sido apreciado por los nativos, pero que era utilizado como materia prima en muchos de sus utensilios y objetos ornamentales.
   El Consejo de Mayores convenció al Vaticano para que las pinturas de las paredes y techos fueran realizadas por un joven oriundo, Tensan, de quien decían había sido honrado con dotes divinas para dicho arte. El joven pintor comenzó su gran obra, ansioso por el gran encargo pero también temeroso por no agradar al Señor.
   En su primer día de labor Tensan dudó. En sus manos portaba pinceles hechos a mano por sus orgullosos vecinos, tarros con pinturas de variados colores y muchas ideas en su mente. Pero no sabía por donde comenzar. El joven cerró los párpados y giró sobre si mismo, recordando un viejo juego de la infancia. Abrió los ojos y vio la bóveda, virgen de color alguno, y la pared sobre la que plasmaría el primer mural.»

   La puerta principal se abrió. Un suave y helado viento llegó hasta el confesionario, lento, apacible, sereno. Nadie entró, nadie salió, la gran madera de roble volvió a su sitio. El viento cesó y en su lugar les llegó un aroma dulzón.
   ―Hija mía, no desconocía cómo fue erigida esta Casa, ni que fue un lugareño con sueños de grandeza quien la pintó −señaló algo incómodo−. Pero ¿qué relación puede tener con los pecados que decís querer purgar?
   Mariel respiró profundamente dando por respuesta el sonoro gesto. El confesor pudo imaginarse como el oxigeno invadía el interior de la muchacha y llegaba al centro de su cuerpo, a unos pulmones intensos bajo el bordado escote. Evadió la imagen demasiado tarde de su mente e imitó un desconsolador tosido.
   ―¿Lo oléis Padre?
   El religioso calló.
   ―Es el aroma a almizcle, linaza, estuco, añil, albayalde, malaquita. Son los materiales conformados en las imágenes divinas trazadas por una mano humana. Es parte de la pintura salida de un corazón terrenal, cuyos trazos sencillos brindaron de color este Santuario seco de comprensión.
     Desde la extensa balconada diseñada sin ningún fin, pero en cuya base dormía un órgano estropeado, surgió una leve melodía, pasos que respiraban música a través de los tubos de latón. El sonoro palpitar fundió las notas al aroma prendido entre las piedras y los rosetones, haciendo más intensa la sensación de divinidad y de vida.

     «Padre, no todas las creaciones nacen de la mano de Dios. Aquel humilde artista nacido entre gentes sencillas supo captar la virtualidad y la esencia de la propia existencia.
     Tras varios días, Tensan comenzó a trazar el boceto de la primera pintura, un trío de ángeles a cual más hermoso y divino».

   El padre Miguel alzó el rostro mirando el techo de madera del confesionario, trasladando su vista a la desdibujada pintura de la bóveda que les protegía, imaginando con dificultad la obra en todo su esplendor, sin humedades ni fragmentos perdidos entre la piedra y los siglos.

   «Los tres ángeles, como le dije padre, eran hermosos, nacidos de la imaginación de un humano que jamás había conocido belleza tan grande. Pero uno ellos destacaba entre sus dos compañeros. Su rostro celestial parecía haber brindado santidad a un lugar que nunca había sido bendecido por la gracia de Dios, otorgando luz y calidez a cada rincón. Su etérea mirada acompañaba al joven pintor mientras trabajaba y Tensan se encandiló de aquellos fieles ojos. Continuó con la siguiente pintura mientras sentía la cercanía del primer ángel concebido con sus manos. Comenzó a hablarle, a susurrarle sus inquietudes y sus sueños, explicándole la razón de cada trazo dado con el pincel. Allí, bajo la edificación construida con el sudor de sus congéneres se sentía libre y en una extraña paz mientras conversaba con su creación.
   Los meses transcurrieron y el final de su trabajo se hacía más y más cercano. El Consejo de Mayores se regocijaba en pensar la recompensa del Señor por aquella ofrenda tan magnánima, emocionados por la confirmada visita del propio Papa, a quien sentarían en un trono de oro en el altar de la Iglesia.
   El primer día de otoño Tensan guardó sus pinceles. Aquella mañana el sol entraba débil y tenue entre los pequeños rosetones. Por primera vez se había negado a mirar a su ángel, entristecido. Ya no habría quien le escuchase con tanta atención ni le observase dulcemente. Había conseguido un buen trabajo al otro lado del océano como pintor, lejos de las desnudas montañas, de sus gentes y de aquellos exacerbados religiosos, pero lejos de él. Salió cruzando el umbral dorado mientras su corazón se encogía, entonces se giró, no podría marchar sin ver por última vez la figura eterna de su ángel».

   Nuevamente hubo silencio en el confesionario. El sonido afónico del órgano se había transformado en un incómodo zumbido. Pero había algo más que perturbaba al siervo de Dios, que lo balanceaba entre irreconocibles sensaciones. El corazón se sacudía sin esfuerzo en aquel cuerpo cubierto con sotana negra, mientras su garganta se apresuraba a gritar un lamento que no lograba salir.

     «Padre. Lo que vio Tensan le extrañó. Parte de la pintura del rostro del primer ángel parecía emborronado en la distancia. ¿Cómo era posible? Se preguntaba mientras se acercaba a la plana figura. Fue entonces cuando un dolor intenso le partió en dos el delicado corazón que latía en su interior, al  ver que una lágrima surcaba la hermosa mejilla del ángel. El joven se retiró temeroso, perdiendo el equilibrio sobre las altas tablas de madera. La imagen parecía tomar cuerpo, querer salir del mural del que había nacido. Una mano surgió de la pintura, después un brazo, y así el resto del cuerpo. El llanto surgía ahora del rostro de Tensan, que miraba con tremenda admiración aquel ser perfecto que había tomado forma. Era el primer ángel, su ángel, quien respiraba, caminaba y le acariciaba la cara acercando su boca a la suya, sumiéndole en unos tiernos labios carmesí.»

   El Padre Miguel salió del habitáculo asfixiado, apartando el sudor frío de su frente con la manga del traje eclesiástico. Mariel le siguió, alzando por primera vez la voz que retumbó sin gran esfuerzo.
   ―Sí padre. Ese fue el pecado del humilde pintor, plasmar la imagen de un ángel que desde los cielos le escuchó. Fue tanta la pasión puesta en la creación de aquella figura divina, que sus sueños, sus deseos y su corazón bondadoso alcanzaron el alma del ángel. Un ser inmortal que se condenó por amar a aquel humano que le había retratado.
   ―No… no me encuentro bien −se retiró encogiéndose, alejándose de la muchacha cuyo olor le parecía más y más exquisito.
   ―Pero Dios, el más divino de todos se enteró de aquel profundo amor entre el humano y el ángel, y envidioso les condenó −las enaguas del vestido blanco crujían mientras se acercaba al escurridizo Padre−. Jamás volverían a encontrarse. Morirían y renacerían mil vidas el uno alejado del otro hasta que se olvidase su ofensa. El ángel perdió sus alas y se volvió mortal, y el joven Tensan se hundió entre las aguas del Atlántico.
   El Padre la miró tras varios minutos, percibiendo inquietud en la muchacha. Se incorporó serenándose sin ocultar sus vidriosos ojos.
   ―¿Cuál es vuestro pecado, hija? ¿Cuál es la poderosa causa que os lleva a narrarme esa historia inverosímil el día de vuestra boda?
   Mariel sonrió con una mueca que no logró disipar su belleza, alisó el pulcro vestido y colocó unos mechones sueltos bajo el transparente velo que coronaba su figura.
   ―Mi pecado es no haberos recordado hasta hoy −sostuvo una mirada arrebatadora y a la vez de reproche−, el vuestro… intentar eliminar el mural que creasteis y me llevó hasta vos. Sólo quiero saber si me recordáis, solo quiero saber si esta broma de Dios al marcar vuestro destino como religioso tiene algún sentido tras tantos siglos separados.
   Por primera vez el Padre Miguel reconoció que ansiaba tocar la piel de la joven, abrazarla, tenerla entre sus brazos y arrancar de su delicado cuerpo aquel traje nupcial que no había sido puesto para él.
   ―No…no os recuerdo −negó duramente mientras recuperaba la compostura−. De hecho no tengo tiempo para mostrar más paciencia con vuestras bromas, hija.
   Mariel acercó su rostro al de él como reacción a sus palabras, dolida, perdida en la desazón, dejando que él apartase el suyo con lentitud y le diese la espalda. Sin esperanza avanzó hacia la puerta dejando atrás al padre Miguel.
   ―Tengo un compromiso y mucha gente que me espera −susurró sin sentimiento alguno, con voz altanera pero manteniendo el candor en sus palabras−. Adiós, Tensan.
   Él la siguió lentamente en la distancia, viéndola perderse entre la luz de la mañana otoñal. Finalmente se apoyó en la entrada, y allí, bajo el descolorido umbral dorado su corazón se encogió atrapado en un puño invisible. Se giró, como antaño el joven pintor, y miró el mural de los tres ángeles, observando con desgarradora tristeza como el desolado llanto del primer ángel, de su ángel, emborronaba la hermosa imagen haciéndola desaparecer por completo entre la fría y húmeda piedra del santo lugar.


© Mª Teresa Martín González



                                                                                      
                                                                      

Un premio para mi blog



Este premio me lo ha dado la creadora del blog http://abzurdahzenizientah.blogspot.com.es/  con cuyo blog disfruto mucho, tiene el don de ser muy profunda en sus escritos y saber comunicar sin dificultad. Gracias.

Quiero compartir este premio, por lo que expongo los pasos a seguir que me han dado y que he cumplido también:

1)      Nombrar y agradecer el premio a la persona/blog que te lo concedió, además de hacerte seguidora de su blog (esto último lo dejo a elección).
2)      Responder a las 11 preguntas que se te hacen
3)      Conceder el premio a 11 blogs que te gusten que acaben de empezar o que tengan menos de 200 seguidores.
4)      Informar del premio a cada uno de los blogs
5)      Visitar los blogs que han sido premiados junto con el tuyo

De esa forma compartiremos las palabras, nuestras palabras y sentimientos, nuestros sueños y aventuras, los poemas y los grandes relatos.

Muchos son los blogs que me gustan, y por falta de tiempo no los disfruto tanto como querría. Se merecen este premio y muchos más, por estar ahí.

http://susurrosybaladas.blogspot.com.es/ El blog de Juanma Martín, mi compañero de aventuras y desventuras, un gran amigo, cuyos relatos no me canso de leer.

http://modista8.blogspot.com.es/   es un placer ver como ha ido mejorando en la escritura, sus relatos siempre contienen una gran emotividad. No deja de sorprenderme. Me alegra de haber conocido a una persona tan llena de vida y compartido una tantas horas de escritura.

http://jotajotajuanjo.blogspot.com.es/  porque se merece un premio, no, millones. Por lo profundo de todos sus escritos, por ser una persona tan especial. Por todos aquellos buenos momentos de mi infancia.

http://malgastaresfuerzos.blogspot.com.es/ tiene una forma especial de escribir. Sus personajes me atraen y sus historias, tan reales pero a la vez curiosas, me impiden dejar la lectura hasta el “punto y final”. Es directo y mordaz, sin que falte en muchos de sus escritos es toque sarcástico y de humor. Todos sus escritos tienen personalidad propia.

http://lacasadelalluvia.blogspot.com.es/ el blog de Ana Galindo. Pocas personas tienen el don de que ella tiene. Funde las palabras, las baila, las casa con imágenes, de tal manera que sus poemas se leen, se visualizan, se sienten y se viven.

http://gorkaoyarzabal.blogspot.com.es/ porque se merece un premio, por sus dibujos y esas frases tan impresionantes que nos deja en el facebook.

http://serenity-aradia.blogspot.com.es/ su blog es ensoñador, sus poemas de otro mundo.

http://riodarro.blogspot.com.es/ otra de las amigas del Taller de Escritura Guadalfeo que se merece este premio. Disfruto mucho de lo que escribe y en especial de sus microrelatos.

http://antoniarodriguezlupianez.blogspot.com.es/ siempre cuenta historias con mucho trasfondo y de las que aprender algo.

http://gigyan.blogspot.com.es/ el blog de una amiga de la infancia. Escribe muy de vez en cuanto, pero cuando lo hace, muestra una parte de sí que muchos compartimos.

http://angeladulzuras.blogspot.com.es/ Ángela nos traslada siempre muchas experiencias en sus escritos. Nunca le falta un toque de humor y sabe muy bien cómo integrarlo en sus escritos.

Y estas son las preguntas que he preparado para vosotros y que me gustaría que respondierais, podéis dejarlas en Comentarios a esta entrada, o en vuestro blog.

  1. ¿Qué es lo primero que ves cuando te levantas?
  2. Un deseo inconfesable.
  3. ¿Sobre quién te gustaría escribir?
  4. Si fuera el fin del mundo y solo pudieses salvar un libro, sabiendo que todos los demás quedarían destruidos, ¿cuál escogerías?
  5. Un animal que te defina.
  6. ¿Qué te parece mi blog?
  7. Una cosa que siempre dejes para mañana.
  8. Tu mejor escrito.
  9. Una injusticia.
  10. Tu escrit@r favorito
  11. ¿Cómo le describirías un amanecer a una persona que no pudiese ver?

Gracias a todos los que dedicáis un pequeño pedazo de vuestro tiempo en escribir y compartir con los demás.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL CUENTO DE SELENE

Relato integrante del libro Copos de Nieve, realizado por el Taller de Escritura Creativa Guadalfeo.


     Selene se acercó a sus hijos y les brindó un sonoro beso en la mejilla. Llegaba el momento en el que la casa se quedaba en silencio y los juegos daban paso a los sueños y a la tranquilidad. Apagó la luz después de acomodar a sus dos chiquillos entre multitud de muñecos de trapo y un cobertor creado a partir de retales de viejas mantas. Caminó sonriente a lo largo del pasillo, cogiendo el lápiz situado en su oreja y llevándoselo a los labios. Finalmente pasó a una habitación que se iluminó instantáneamente al entrar. La puerta se cerró y ella, como cada noche susurró “Buenas noches mis pequeños, ahora es momento de trabajar”.
     En el cuarto sólo había un ventanal al que cubría una roída cortina, la humedad de las paredes formaban deformes figuras cuyos bordes habían sido repintados en esas horas largas de creatividad. Selene se sentó en una sillita que apenas soportaba su cuerpo de adulto, abrió el cuaderno y comenzó a escribir sobre la mesa de reducidas dimensiones. Entonces la estancia se llenó de colores que alumbraron cada rincón, surgieron seres alados, objetos brillantes que danzaron alrededor de ella, flores que se dibujaron en el suelo, regaderas de madera que hacían brotar raíces de las esquinas,  muebles discutiendo sobre la decoración, y una serie de personajes singulares que reían y jugaban,  mientras Selene imponía sus particulares normas.
   Aquella noche un leve llanto se dejaba apreciar entre los renglones de la historia que emanaba de la imaginación de la escritora. Un llanto lejano, enternecedor.

     Bibiel recogió amargamente entre sus diminutas manos los pedacitos de la esfera escarlata. El tesoro más hermoso del árbol de navidad había resbalado entre sus dedos precipitándose contra el suelo. Muchas más bolas navideñas adornaban el abeto, la Esfera de Plata, la Esfera Celeste, la Esfera Esmeralda, la Esfera Dorada y otras tantas que sin tener el privilegio de ser admiradas por su poder y belleza, engalanaban el árbol con acertado encanto. Sin embargo, la falta de una de sus hermanas no pasaría desapercibido para el Consejo, los reprochadores ojos de los ancianos caerían sobre ella sin remedio, condenándola fuera de los jardines, exiliándola a las Tierras Yermas del Este. Bibiel envolvió con cuidado los trocitos de aquella tragedia en una prenda de terciopelo, arrancó varios de sus mechones anaranjados con los que trenzó un fino cordel que deslizó alrededor de la tela, secó las lágrimas con la manga de su chaqueta y escondió el preciado objeto en su zurrón, implorando para que nadie prestase atención al árbol antes de que ella consiguiese subsanar su error. Sólo el más sabio de todos los habitantes podría asesorarle, Domenaicus, alquimista y trasnochador incorregible,  quien tras varias horas divagando mientras separaba las especias en distintos botes, dedujo que la solución se encontraba fuera del país. Y más allá de las fronteras es donde la joven tendría que encaminarse.
   Deslizó su cuerpo por los pasillos, esquivando a los Maestros del Invierno, que solían hacer acto de presencia en cuanto aparecían las primeras nevadas. Dentro de dos semanas llegaría el Día de Navidad, tiempo de plazo para solucionar el problema. Salir del Gran Palacio del Jardín Imperecedero no supondría demasiado esfuerzo puesto que años atrás había descubierto cual de las ciento quince puertas daba al Vergel de la Luna que a su vez conducía al mundo exterior, prohibido para los jóvenes de su casta. Seguir los mapas de Domenaicus El Sabio resultaría algo más complejo y una acto de enorme imaginación.
   Tres jornadas tardó en dejar atrás su hogar hasta llegar a las primeras casas, fuera del límite del Gran Palacio del Jardín Imperecedero. Las viviendas iban en aumento a media que se acercaba a la aldea de Viento Alegre. Los vecinos se preparaban para las fiestas que se avecinaban, colgando racimos de extraños objetos brillantes en las puertas y luces alrededor de los filos de sus tejados nevados. Bufandas formadas por deslumbrantes hilos, angelitos de madera, estrellas blindadas con papel de argenta. Aquel pueblo rebosaba espíritu navideño, y en cada aldeano se mostraba una agradable sonrisa. “Busca a la Princesa Parsimonia, ella podrá ayudarte”, le había dicho Domenaicus. “Pero, ¿dónde podré encontrarla?”, preguntó a continuación Bibiel, segura no obstante de que el sabio, ahorrativo tanto en jabón como en palabras, ya había soltado su cupo aquel día.
     Palpó con cuidado el extremo izquierdo del zurrón colocado a su espalda. Rebuscó en su bolsillo varias monedas y se dirigió a la “Posada del Cansado”, tal y como rezaba el curioso nombre en el cartel que pendía peligrosamente sobre la puerta.
     −Agua de Saldul, por favor –aclamó la atención del tabernero.
     −Tiempo hace, sí, mucho tiempo, que nadie reclamaba esta bebida –reconoció gozoso el hombre−. Aunque no es del gusto de las gentes de por aquí, es de lo mejorcito que tengo. La elaboro yo mismo en primavera, con los adecuados conocimientos y paciencia, nace el mejor licor de toda la región.
     El hombre no ahorró en detalles narrando la técnica de la preparación de lo que él consideraba su gran invento. Bibiel le escuchó atenta, escéptica ante la idea de que detrás de cada uno de sus sorbos realmente hubiese tantas horas de investigación y trabajo como hacía suponer el posadero. Sonrió mientras intentaba tragar el mejunje disimulando el ardor de su garganta. La primera vez que oyó hablar del Agua de Saldul fue en la Sala de Reuniones del Consejo, escondida tras un biombo que ninguna utilidad tenía más que la de ocultar las miles de actas de las sesiones que durante decenios se amontonaban sin que nadie osase ordenarlas. A los Consejeros parecía encantarles la bebida, y se pasaban la mayoría del tiempo hablando de su procedencia y  detallando las innumerables propiedades curativas del licor, en un intento de excusar su afición. Bibiel aguanto estoica el último trago. Sabía que si existía alguien en aquel lugar que pudiese darle la información deseada, ese era el dueño de la Posada del Cansado, creador de aquel espantoso líquido y viajero incansable en su juventud.
   −¿Sabéis dónde vive la Conocedora de los Destinos, la Madre de los Tiempos, la Concededora de Deseos, la Dama de los Imposibles? ­−preguntó en susurro Bibiel.
   −Hacía tiempo que no escuchaba tantos apodos de la Princesa Parsimonia −río provocando que Bibiel abriese los ojos de forma desmesurada.
   −Entonces, ¿sabéis dónde puedo encontrarla?
    El posadero se cruzó de brazos, utilizando su mano izquierda para acariciar inconscientemente su codo derecho.
    −El Palacio del Suspiro es fácil de encontrar, sólo hay que seguir las indicaciones.
    −¿Indicaciones? −repitió removiéndose en su asiento.
     −Bueno, realmente lo de las indicaciones, en mi opinión, es una burda leyenda para esos flacos aventureros de hoy en día. Yo conocí a la Princesa Parsimonia por casualidad y fue ella quien me llevó a su residencia. Si mal no recuerdo, en aquel entonces yo pertenecía a una expedición en las tierras del Este, pero no sabría decirte exactamente −finalizó encogiendo los hombros.
     −Pero las tierras del Este son muy grandes –se desanimó.
     Bibiel rebuscó en su zurrón y extrajo uno de los planos de Domenaicus. El posadero se sorprendió de la antigüedad de los dibujos, los remiró, olió y palpó, colocándolos a contraluz, para finalmente concluir con una negación. La joven salió desmoralizada de la posada, cabizbaja y con una botella de Agua de Saldul de regalo. Poco había sacado de su primera escala en el viaje, pero sería suficiente para redirigir sus pasos hacia el Este, que si bien la extensión suponía un problema, quizás encontrara esas indicaciones o señales si prestaba atención.
     Durante dos jornadas mantuvo el peso de la culpa arraigado en su corazón. ¿Volver? Podría ser la solución, contarlo todo, explicar que fue un descuido, aguantar el castigo y abrigar la esperanza de que no fueran muy duros con ella. No. Regresar supondría aceptar nuevamente un fracaso, y por primera vez necesitaba que sus planes saliesen bien. Además, cualquier castigo no sería peor que el soportar las crueles miradas de todos, acusándola de perturbar la Navidad. Los días siguientes apaciguó su soledad conversando con algunos comerciantes y viajeros a quienes preguntó sobre la Princesa Parsimonia. Los comerciantes lograron sacarle algunas monedas a cambio de unos cuantos utensilios inútiles que fue amontonando sobre su espalda, aunque ella logró algo de información, que si de poco le sirvió, al menos la ilustró de lo perturbada que puede estar a veces la mente de los humanos. Algunos decían haberla visto, otros hablado con ella, y los más atrevidos juraban y perjuraban poseer cabellos de la Princesa a buen precio.
     Al atardecer del octavo día se adentró en una extensión yerma, donde las montañas daban paso a enormes llanuras que permitían la visión del horizonte en toda su extensión. Cuanto más se adentraba en el lugar, más pequeña le parecía su estatura en comparación con las rocas gigantescas que, como único adorno, se distribuían sin orden alguno. De vez en cuando manadas de caballos pasaban junto a ella al galope, mostrando sus hermosas crines y presumiendo de libertad. Finalmente llegó a una aldea muy pequeña cuyos habitantes la acogieron con extrema curiosidad. Las casas estaban compuestas de tela y troncos, constituidas por una sola habitación en cuyo centro bailaba constantemente una hoguera que desprendía multitud de olores agradables y humo de extraños y diversos colores. Los miembros más pequeños acariciaban la melena de Bibiel sorprendidos por su tono anaranjado, pero era la pequeña extranjera quién más atónita observaba los largos cabellos negros de sus nuevos amigos cubiertos de plumas, sus pieles curtidas por el sol y la enorme facilidad que tenían para comunicarse con todos los animales que rodeaban el poblado.
     Los tambores resonaron durante los días que Bibiel les honró con su presencia. Pese a que nadie habló de la Navidad, sí que aquellas gentes parecían prepararse para algún acontecimiento. Las mujeres cantaban junto al río con alegría y los hombres pintaban sus rostros, mientras que los niños colgaban sonajeros de madera en las cuerdas prendidas entre las tiendas de tela. Fue al momento de reanudar su marcha cuando Águila en Vuelo, jefe de la tribu, intentó convencer a Bibiel para que demorase su partida hasta después de la “Fiesta del Sol”. Ella denegó amablemente la invitación, consciente de que el plazo para encontrar a la Princesa Parsimonia se acortaba considerablemente, y que ninguna señal o indicación se había cruzado aún en su camino. La visitante agradeció el cariño ofrecido, obsequiando a sus nuevos amigos con varios de los objetos adquiridos por los comerciantes: un espejo, varios collares y una pequeña cajita de música. Águila en Vuelo silbó, perdiéndose el agudo sonido más allá de las rocas arrastrado por el viento. Tras varios minutos una manada de caballos se acercó desde la gran llanura, provocando una nube de polvo que por momentos cubrió el horizonte. De entre los enormes rocines surgió uno rojizo, de lomo brillante y largas crines doradas. “Te acompañará durante tres días y dos noches”, dijo el jefe acariciando el cuello del animal. Ella agradeció la ayuda, preguntando por el nombre del honorable caballo. “No tiene nombre dado por los humanos, sino aquél que le da el viento y la libertad, impronunciable para todos nosotros hasta que la madre tierra nos otorgue su gracia”, explicó siseando el gran jefe mientras Bibiel subía con dificultad sobre el enorme corcel y se alejaba perdiéndose finalmente a la vista de todos.
     Tal y como fue prometido, el hermoso caballo galopó durante los tres días junto a ella, atravesando la enorme llanura hasta que los prados dieron paso a extensos océanos de arena donde Bibiel se despidió de su montura. Ante ella se abrían peligrosas dunas que fundían sus pies y la absorbían hasta los tobillos con cada paso. El sol quemaba sus mejillas y se reflejaba en aquel desierto como un espejo infernal. Cuanto más avanzaba hacia el Este más se acrecentaba su desesperación. De vez en cuando palpaba con cuidado los trozos de la esfera roja, temerosa de que fuesen a desaparecer junto a ella en aquella marea. Dio un paso, y otro más. El zurrón, la comida, la esfera e incluso la propia alforja de agua le pesaban y comenzaban a ser un estorbo. La noche llegó con lentitud, pero los fríos vientos no supusieron ningún alivio para ella. Finalmente observó luces en la distancia, donde varios árboles rodeaban un cristalino estanque. Corrió hacia el agua que recogía con precisión el estrellado cielo nocturno. Temerosa de que se tratase de uno de esos espejismos de los que hablaba Domenaicus, tanteó el líquido reparador antes de zambullirse en él.
     Una vez renovada por el baño, centró su atención en los farolillos que colgaban de varios maderos estratégicamente colocados alrededor de la orilla. Una docena de palmeras rodeaban el lugar, ofreciendo un respiro en aquel desierto, como un pedacito de paraíso se había alojado sin apenas esfuerzo. Varios camellos la observaron volviendo enseguida a sus menesteres. “Supongo que tendréis hambre pues no noto mucho peso en vuestro saco”, carraspeó una figura que salió tras uno de los descomunales arbustos con el zurrón de Bibiel. La voz era sin duda de mujer, serena y dulce pero a la vez firme, aunque a simple vista suponía un reto adivinarlo tras tantos metros de tela y el velo que cubría parte de su rostro. La viajera salió del agua apreciando la luna en los enormes ojos negros de la dama.
     ­−Mi nombre es Bibiel ­−saludó mientras escurría sus ropas.
     ­−Yo soy Azhar ­Bennasar −mencionó, apartándose el velo y dejando ver su hermoso rostro­−. Es un lugar peligroso para alguien que no esté acostumbrado.
     ­−Creo que me perdí en mi viaje hacia el Este ­­−reconoció Bibiel con gesto pesaroso.
     ­−Bueno pequeña, es fácil perderse entre las dunas si no se saben seguir las indicaciones.
     Bibiel abrió los ojos. ¿Indicaciones? ¿Serían esas las señales a que se refería el dueño de la Posada del Cansado? La joven preguntó, pero la dama y los acompañantes que descansaban bajo una de las palmeras poco sabían sobre la Princesa Parsimonia. Aquellas gentes viajaban interpretando los astros. “Las estrellas son el mejor mapa que se ha pintado, uno tan exacto y grande que Alá lo pintó en el cielo para que sus hijos no se perdiesen”, anunciaba con emoción Azhar. Bibiel observó cómo su nueva amiga le descubría en el cielo una estrella que destacaba de las demás: “Esa es Thâbet la estrella que estamos siguiendo ahora, la más hermosa y bella, que nos conduce al hogar para la celebración de Al-Menha que dará inicio al mes sagrado de Al-Muharram”.
     Quizá tendría que seguir esa estrella, pero se alejaba considerablemente de su ruta hacia el Este. Azhar le aconsejó que les acompañase hasta la ciudad, allí podría preguntar más acerca de la estrella y quizás algún anciano supiese algo de la Princesa Parsimonia.
     Al llegar a la ciudad de Zuhayr, Bibiel pudo observar en sus calles todo lo que Azhar le había estado narrando durante horas. Unos rezos surgían en coro desde una mezquita, las gentes de aquel lugar, vestidas con túnicas de colores y turbantes, llevaban de un lugar a otro bandejas de mimbre repletas de grandes cantidades de fruta, dulces, y una pasta blanca amasada en forma de lazos. En cada puesto del mercado, casa o rincón olía a especias y un intenso aroma se desprendía de las hileras de flores de azahar que decoraban las puertas y ventanas. Quizás aquellas personas no conocían lo que era la Navidad, pero Bibiel podía ver en ellos el mismo nerviosismo y emoción que acumulaba su propio pueblo cuando se aproximaban estas fechas.
     Azhar la condujo hasta una enorme casa de adobe y ladrillo rojo, en cuyo interior no había más mueble que una mesita baja sobre una enorme alfombra cubierta de cojines de agradable aspecto. Sobre un almohadón de considerables dimensiones permanecía sentado un hombre de mediana edad, fumaba absorbiendo el humo desde un artilugio extraño que parecía una tetera con una larga boquilla. Tras las presentaciones, Bibiel se acomodó frente al sabio y bebió de una taza con té que le fue ofrecida.
     −¿Señales? −repitió las palabras de la joven con una enorme sonrisa− Claro que las hay. Son miles, cientos, pero hay que tener ojos para verlos, pero no unos ojos normales, sino que se debe mirar con el corazón a través de éstos −gesticuló desplazando el parpado inferior del ojo izquierdo mostrando una pupila blanca y vacía, para después soltar una sonora carcajada ante el sobresalto de su invitada.
     −Disculpad, pero no parecíais ciego− musitó avergonzada Bibiel.
     El hombre apartó el artilugio para fumar y se pasó las manos por la barriga.
     −Y no lo soy, pequeña. El ojo perdió su color cuando osé robarle un beso a la Princesa Parsimonia −su rostro cambió para transformase en una mueca de nostalgia.
     −¡Entonces la conocisteis! −exclamaron Bibiel y Azhar al unisono.
     El sabio se levantó no sin dificultad, mostrando su enorme estatura. Se acercó a una de las oquedades destinada a ventana y miró al exterior.
     −Fue hace mucho, mucho tiempo. Tanto tiempo que yo era joven −volvió a reir−. Supongo que ella aún permanecerá lozana y hermosa como entonces. Sí, la conocí.
     El sabio aconsejó a Bibiel seguir una estela de estrellas que le indicó cuando llegó la noche. Su camino se desviaría considerablemente hacia el Noreste, pero dado los escasos resultados y el poco tiempo restante para el Día de Navidad no tenía muchas opciones. Por la mañana reanudaría el viaje con un rumbo diferente y de nuevo con la única compañía que los trocitos de la esfera roja.
     Dos jornadas después encontró un pequeño torrente entre las dunas. Poco a poco el flujo de las aguas fue en aumento, convirtiéndose en un vasto río. Los árboles, la hierba, los pájaros, las montañas y las primeras viviendas fueron acoplándose al paisaje hasta la ciudad de Puerto Esperanza. Allí las casas se amontonaban unas junto a otras en un espacio que parecía ser aprovechado al máximo en aquel valle. Bibiel caminó entre sus calles a medida que el sol se ocultaba en el horizonte. Pocas personas quedaban en las avenidas empedradas tras el ocaso. Los vecinos abrieron sus ventanas con tranquilidad y una vez descansado el día comenzaron a colocar en el alfeizar candelabros de nueve brazos. El aceite contenido en cada extremo fue prendido, desde el centro al exterior, hasta que toda la ciudad quedó vestida con aquella indumentaria tan excepcional. La joven pudo observar como en el interior de las viviendas también se habían encendido las lámparas y las familias se reunían a su alrededor. Un leve cántico, sereno y reconfortante se elevaba mecido por la suave brisa que procedía del mar cercano.
     Una vez llegado al puerto parpadeó asombrada por la magnitud de aquella masa de agua que se extendía frente a ella. Como en los viejos retratos a carboncillo de Domenaicus, las olas golpeaban unas contra otras estallando en multitud de gotitas, rebozadas en una espuma fosforescente que brillaba al captar entre sus partículas la luz lunar. Los cabellos de Bibiel se liberaron de las trenzas para danzar con el aliento que surgía de aquel océano que tenía frente a sí. Durante minutos quedo suspendida en un estado de júbilo, mientras que los cánticos emprendían su vuelo desde los tejados hasta el horizonte, quedando toda su piel embebida de la solemne melodía.
     En el muelle permanecían gran cantidad de navíos de distinto tamaño, pero sólo uno destacaba sobre los demás, “La Marea”, rezaba en el casco, y un marinero que con tesón se afanaba en abrillantar el letrero que portaba el curioso nombre llamó su atención despertándola de su embelesamiento. “Bienvenida al Festival de las Luces, extranjera”, le gritó haciendo exagerados gestos que arriesgaron su estabilidad sobre los cabos que le sujetaban. Finalmente el hombre saltó a la cubierta, invitando a Bibiel a subir a bordo, dispuesto a narrarle todas y cada una de las aventuras vividas en aquel navío en cuanto la joven susurró avergonzada que era la primera vez que veía el mar. Bernad, que así le había puesto su madre que en paz descanse la muy buena señora, hablaba y hablaba mientras caminaba de proa a popa seguido de ella, alzaba la voz emocionado en algunos momentos e incluso en ocasiones parecía discutir consigo mismo sobre algún extremo no muy claro de la historia narrada.  Una vez examinado cada rincón, tabla, bidón, vela y cabos de la cubierta, se sentaron junto al timón en silencio. No tardó demasiado en reiniciar nuevamente su retahíla de lances, abordajes y tesoros escondidos en tierras inhóspitas. Allí sentado el hombre no parecía sentirse a gusto, debiendo ser su estado natural el continuo vaivén, como las olas que luchaban contra el dique, por lo que redirigió su energía hacia las manos jugueteando con una cuerda entre sus dedos. Bibiel pudo contar veintitrés nudos distintos creados a partir de esa soga mientras él se explayaba en sus relatos. Nudos realizados con gran facilidad y soltados con la misma destreza con la que creaba aquellos extraños lazos, hasta que la fibra del cordón empezó a rasgarse trasformandose en una masa revuelta de hilos sueltos. La joven sonrió ante el gesto impaciente de su acompañante. Rápidamente y frente a la mirada de sorpresa del marino, Bibiel cortó uno de los mechones más largos de su melena, para a continuación y con gran habilidad, tejer un resistente cordel que ofreció a Bernard.
     −Es tan resistente como el acero. Nunca se romperá y tus nudos serán como sellos que no se soltarán a menos que tú lo desees −explicó−. Es más efectivo que una caja fuerte −sonrió.
     −Gracias −balbuceó Bernard impresionado con el regalo. El hombre la miró con los ojos inquisitivos−. Quieres decir entonces, que si te ato a mi muñeca no te desprenderás de mí hasta que yo quiera −bromeó, pero por un momento la joven temió el perverso comentario del desequilibrado marino.
     Bibiel aprovechó el resto de la noche para contar su propia historia y preguntar sobre la Princesa Parsimonia sin mucho éxito. El amanecer hizo presencia sin que se diesen cuenta, y casi al mismo tiempo que surgían los primero rayos, multitud de marinos surgieron del interior del barco, bostezando, rascándose lugares imposibles de la espalda, ignorando la presencia de la joven y ocupando cada uno su puesto. “Amarres soltados, Capitán Morrow”, “Velamen a barlovento, Capitán Morrow”, “Tripulación en su puesto, Capitán Morrow”, vociferaban los hombres y mujeres subiendo y bajando de los mástiles, repitiendo aquél nombre y mirando constantemente a Bernard que les vigilaba con el rostro firme, el ceño fruncido, y los brazos cruzados sobre el pecho henchido.
     −¿Deseáis pequeña dama acompañarnos? No perderéis de vista vuestra estela de estrellas si atravesáis estas aguas hasta la Ciudad Innombrable −ofreció sin perder el gesto pero con un especial tono dulce hacia ella.
     Bibiel sonrió asintiendo con la cabeza.
     −¿Capitán Morrow? −preguntó risueña.
     El hombre se agacho sobre ella y le susurró.
   ­−¿Creéis acaso que Bernard es un nombre respetable para un pirata? −rió, mientras el navío comenzaba a alejarse de Puerto Esperanza.
     Durante los días que navegaron sobre las bravías aguas hacia el Nordeste, la fiesta, el ron, la música y las serpentinas coparon los minutos libres de la tripulación. Aquellas gentes rudas curtidas en la mar cantaban villancicos con infantiles letras que contrarrestaban los malos olores, el lenguaje vulgar y los charcos formados por los esputos surgidos de unas bocas adictas al tabaco de mascar. Fue un acierto obsequiarles con la botella de Saldul, consiguiendo así la amistad y atenciones del pintoresco grupo. El último amanecer sorprendió a Bibiel, hermoso, espléndido después de la tormenta nocturna que había azotado el casco de forma violenta. Miró en la distancia acostumbrada ya al continuo movimiento del barco. Una niebla espesa impedía ver el horizonte, pero a medida que el sol fue colmando de calor la cubierta, la neblina fue transformándose en un leve velo, permitiendo que los viajeros divisasen los primeros edificios de la Ciudad Innombrable. La joven apretó sus manos nerviosa, notando la mano amiga de Bernard en su espalda. “Es impresionante, ¿verdad?” opinó el capitán mientras que los grandes rascacielos, los puentes, las torres y aquella extraña bruma grisácea que sobrevolaba todo el lugar, se reflejaba en las pupilas de todos.
     No tardaron en poner pie en el puerto, desde donde surgían multitud de calles ensombrecidas por las altas estructuras de cemento y vidrio. Pocas esperanzas ponía Bibiel en su misión a estas alturas del viaje. Derrotada, vencida, y compuesta por todas las dudas y temores acumulados durante las dos semanas, deambuló entre las avenidas de la Ciudad Innombrable, entendiendo la razón de que nadie hubiese podido encontrar cómo llamar a semejante lugar. El gris no solo dominaba en las paredes, sino que también parecía ser el color predilecto en las vestimentas de los habitantes, quienes caminaban de un lado a otro sin mirar al semejante, absortos, fundidos en una confusión y frenético ritmo que comenzó a hacer aún más mella en el estado de ánimo de la joven. Dirigió sus pasos hacia un cruce de avenidas dónde Bernad le había aconsejado investigar a cerca del paradero de la Princesa Parsimonia. Varias horas después y con sus pies asomando peligrosamente por los laterales de su calzado, llegó al lugar. Frente a ella se alzaba el único edificio que se diferenciaba del resto. No era alto ni imperioso, no tenía su fachada llena de cristales ni carteles anunciado el refresco de moda o un viaje económico. Parecía más bien un abuelo agachado, soportando su ancho cuerpo sobre siete bastones, mirando con sus ojos vidriosos a un sol que nunca llega a alcanzar con su afable candor la piel de mármol. Bibiel entró en aquel palacio ensombrecido por sus hermanos mas jóvenes y saludó a un guarda que disimulando un bostezo señaló con su dedo una gran puerta de roble.
     No hubo más secreto en aquel lugar, tras las hojas pesadas de la puerta apareció una sala que se perdía a los ojos de Bibiel. Incontables estanterías copaban la estancia resistiendo el peso de millares de libros, una fila de mesas toleraba el polvo con orgullo recordando tiempos mejores, y las lamparitas pese a estar encendidas, temblaban de vez en cuando reclamando un mínimo mantenimiento. Sólo una silla permanecía ocupada, cargando con el menudo cuerpo de un muchacho cuya cabeza dormitaba irremediablemente sobre varios libros. La joven cruzó la estancia observando los volúmenes apretados unos contra otros disputándose el espacio. ¿Cómo podría encontrar un dato, una respuesta, una dirección en aquel alboroto literario? Definirlos como muchos suponía ser demasiado optimista.
     Regresó de nuevo sobre el asfalto, sufriendo una mochila que pesaba más de lo habitual, generando que sus hombros se precipitaran hacia delante y su cuerpo formase un arco imposible. Paso a paso recorrió durante horas las calles de aquella gran urbe evitando ser arrastrada por las enormes máquinas que las atravesaban a gran velocidad. Rendida, contagiada de la soledad e indiferencia que abrumaba la metrópoli, descansó apoyada en el ladrillo, moviéndose de vez en cuando para impedir que la humedad traspasase sus ropas. Fue en esa lid cuando divisó un callejón entre dos edificios. Numerosos colores aparecían y desaparecían con rapidez tiñendo la pared de uno de los inmuebles. Bibiel se levantó y avanzó hasta la entrada de aquel angosto pasillo sin salida, pisando el suelo constituido por baldosines negros que habían perdido todo orden y forma, y que conducían irremediablemente a una puerta de madera. Sin embargo, sus ojos prestaban atención a un frondoso abeto que se elevaba varios metros y cuyas raíces surgían recias de entre la piedra. Los colores que hasta entonces pintaban los muros se reflejaban ahora en la joven, surgidos de incontables luces que junto a otros adornos embellecían las ramas. Quizás, por fin, había encontrado una señal.
     No hubo resistencia al girar el picaporte, introduciéndose en un jardín donde una niña le dio la bienvenida de una forma un tanto particular: “La Princesa te está esperando desde hace más de una hora, ¡rápido, rápido!”, desdeñó apurada la infante arrastrando a Bibiel hacia una carpa construida con brotes de hiedra y jazmín. “¡Rápido, rápido!”, insistió sin dejar pronunciar palabra a la recién llegada.
     −Pasa y deja el pedido en la mesa­ −ordenó una mujer que trenzaba sus cabellos con unas enormes manos llenas de callos.
     −¿Princesa Parsimonia? −preguntó dubitativa Bibiel.
     La dama se giró patosa, se pisó las enaguas y cayó sobre un sillón repleto de papel de regalo, todo ello sin soltar en ningún momento la trenza que parecía resistírsele. Finalmente miró a la joven.
     −Sí, pero prefiero que no me llamen así. ¿Has traído los mazapanes? −insistió, mostrando unas mejillas ruborizadas y unos excesivos ojos violetas. El aspecto de aquella mujer se alejaba con diferencia de las descripciones oídas por Bibiel y del idílico retrato que su mente había efectuado.
     Bibiel, sin aclarar la confusión de la Princesa, sacó de su zurrón el paño de terciopelo que envolvía la causa de su desesperación, retiró con cuidado el cordel anaranjado, cayendo el lienzo al suelo cuando alzó en sus manos los trocitos indemnes de la Esfera Roja. Parsimonia se acercó frunciendo el ceño y agudizando la mirada a través de sus párpados semicerrados. La joven deseó salir corriendo, subir de nuevo a “La Marea”, quemar sus pies en las dunas o enfrentarse al Consejo antes que soportar el pestilente olor que surgía de la anfitriona.
     −Ummm. Hubiera preferido los mazapanes, pero esto es aún más interesante −sopesó la dama poniendo definitivamente punto y final a su peinado con un regio adorno−. La Esfera Roja y en pedacitos. Cuando hace más de tres siglos dejé las Esferas de Poder en custodia de Domenaicus, no me imaginé que la próxima vez que  viese una de ellas sería en estas condiciones.
     La Princesa no mostraba síntoma de enfado, pero sí una gran curiosidad por saber qué grandiosa catástrofe había podido romper su importante regalo, sonriendo con sorpresa al descubrir que la simple torpeza de una jovencita fue la causante del destrozo. Bibiel le narró su viaje con detalle, teniendo la sensación de que la Princesa no desconocía los acontecimientos. La dama le explicó entonces que su morada no permanece en el mismo sitio siempre, y de ahí la dificultad en encontrar el Palacio del Suspiro. En aquella época de cambios, prisas e intereses individuales, su presencia debía de estar en la ciudad que más reflejaba esas particularidades, a fin de intentar mantener el equilibrio y el orden.
     No mucho después llegó al jardín una muchacha nerviosa con una bandeja cubierta por un mantel de fino hilo que quitó frente a la regia dama, dejando al descubierto decenas de mazapanes con forma de estrella. Bibiel rechazó el ofrecimiento de su acompañante, observando como ésta zampaba los dulces sin medida ni decoro. De repente Parsimonia dejó la degustación y lamiéndose los dedos observó fijamente a la joven con reproche, para formar a continuación una mueca de resignación.
     −No puedo hacer nada… en este caso −afirmó, confirmando los temores de Bibiel−. La Esfera en principio es irrompible, si se multiplicó en tantos trozos tras caer de tus manos, no hay nada que pueda hacer.
     La Princesa Parsimonia ocupó su trono en el centro del jardín, invitando a la joven a sentarse junto a ella. Pasaron horas hasta que Bibiel tomó consciencia del tiempo y de que sólo quedaba un día para Nochebuena. La Princesa le ofreció un transporte especial con el que, si los vientos eran favorables, llegaría a tiempo para explicar su acción al Consejo.
     Caminaron durante minutos por aquel vergel que poco tenía que ver con la ciudad en la que se ubicaba. Bibiel subió a lo que parecía un barco pero que en lugar de velas se suspendía del cielo gracias a un globo de enormes dimensiones. En alguna ocasión un transporte de similares características atravesaba el cielo de su ciudad, pero nunca tan grande como aquel. El ascenso comenzó, recordando entonces las últimas palabras de la Princesa: “Eres una muchacha insegura pero con una valía que aún no sabes reconocer. Desde que has entrado en mi casa has reflejado en mí tus temores, angustias y deseos confinados. La Esfera Roja significa la vida, y el poder que tiene en su interior se nutre con las esperanzas y los latidos, de esos sentimientos que extrañamente surgen o son más fuertes durante la Navidad, de ahí su importancia, y que deba estar prendida del árbol, para que esa sensación dure hasta la próxima celebración. Pero no olvides una cosa, sigue siendo un objeto insignificante en comparación con el corazón humano”. Bibiel palpó el paño de terciopelo que nuevamente guardaba los fragmentos, dispuesta a confesar su falta al Consejo y reparar el daño. Parsimonia tenía razón, las estrellas, los lazos y las luces, los símbolos, todo ello no significaban nada sin no existía alguien que desprendiese esa energía, ese espíritu de paz y amor. La joven sonrió sintiendo un ligero candor en su interior. Miró por última vez a la regia dama que caminaba lentamente despidiéndose con un delicado movimiento de sus finas manos, mientras su imagen se transformaba poco a poco hasta adoptar un porte majestuoso, divino, que avanzaba con pasos elegantes y precisos, portando una tiara de cristal sobre su cabeza y desprendiendo un olor a flores silvestre que invadió el lugar. La Princesa juntó sus labios y sopló provocando una ligera brisa que empujó la nave a las alturas y la cubrió de una ligera escarcha, permitiendo una visión amplia del Palacio del Suspiro así como de la ciudad, siendo aquel infinitamente mayor que la propia urbe que la rodeaba.
     Durante horas Bibiel mantuvo el deseo de llegar a tiempo para la ceremonia mientras disfrutaba del viaje de regreso. Una vez tomado tierra en el Gran Palacio del Jardín Imperecedero corrió hasta el árbol de Navidad dónde había empezado toda su aventura. Les miró. Dos semanas antes hubiese carraspeado, inclinado su cuerpo sobre un pie y luego sobre el otro, pero la joven alzó la cabeza, con el rostro triste pero firme, mientras pensaba una frase con la que convencer al pueblo. Desenvolvió el paño de terciopelo delante de todos los allí presentes, descubriendo entonces que la Esfera Roja permanecía intacta y más brillante que nunca.
     El día de Navidad llegó, provocando una fiebre de regalos y pasteles, villancicos y parabienes. Bibiel sonrió observando los acontecimientos, sorprendida al descubrir que nadie se había dado cuenta de la falta de la Esfera Roja hasta que ella llegó y preguntándose si la hubieran echado de menos. Nadie las miraba, ni las adoraba durante la ceremonia mientras bailaban y abrazaba a sus amigos y familiares, sin embargo las Esferas de Poder colgaban brillantes del árbol, y en concreto la de color rojo, más resplandeciente que nunca.

     Los primeros rayos diurnos se colaban entre la cortina. Selene cerró su cuaderno mientras la última amapola se fundía con el suelo, retornando el cuarto a la normalidad, las paredes recobraron su serio matiz y el techo volvía a pesar sobre aquella casa nuevamente. La escritora se levantó estirando sus acartonados músculos y atravesó de nuevo el pasillo parándose frente a la puerta del salón. Miró al interior, donde un pequeño árbol de navidad escaso de regalos pero empachado de serpentinas alegraba la estancia, y en medio de todo aquél adorno, una esfera, pero no una cualquiera, sino una colorada y luminosa, en la que se apreciaban unas ligeras grietas.
     Selene avanzó con nostalgia cambiando su rostro al entrar en el cuarto de sus hijos. “¡Feliz Navidad!”, exclamó, “Feliz Navidad”.



©María Teresa Martín González